Todas las ciudades tienen un buen motivo para reclamarnos, y el viajero inquieto lo encuentra, incluso en donde, aparentemente, nunca se detuvo la historia o el progreso se resiste a exponer proyectos espectaculares.
Castellón de la Plana es un buen ejemplo de ello. Sin ser un destino turístico de fama internacional ofrece todo lo que genera la actividad humana: arquitectura transformada en emblemas para vivir, árboles, frutos, monumentos, fuentes, ilusiones, fiestas.
Cerca o lejos dependiendo del modo de medir que tenga cada uno- de Barcelona, Valencia o Alicante, y pegadita al Mediterráneo, como queriendo abrazar la Costa del Azahar, la ciudad de Castellón se muestra orgullosa de sus comunicaciones, aunque no tenga un aeropuerto que pueda llamarse con ese nombre.
Situada al este de la península ibérica, y mirando a la Comunidad Valenciana desde arriba, casi en el centro geométrico de la comarca de la Plana, regala abrigo a 200.000 habitantes, entre los cuales hay muchos de la tierra y otros venidos del extranjero, destacando como primera fuerza migratoria los rumanos.
Prácticamente todo el término municipal es un valle, desde el que puede espiarse un horizonte de montañas; montañas viejas, cansadas, bajas, que le dan abrigo a la distancia, como si quisieran proteger a la urbe de algo que no se puede explicar.
Castellón podría tener para hacer honor a su nombre- un castillo grande, pero no lo tiene. No importa, el honor al nombre se lo regala La Plana y todo lo que crece en ella.
Lo primero que llama la atención al visitante son los árboles. Una de dos, o los árboles de la región son prodigiosos o en esa tierra se especializan jardineros excepcionales, capaces de conferir a olivos, plátanos, naranjos, ficus y moreras las formas más singulares.
Cientos de ejemplares, verdes, orgullosos, variados, que se muestran a la admiración del caminante, como los plátanos que crecen en la avenida que lleva a la Basílica de Lledó, conformando una especie de túnel verde y vegetal, con ramas que se buscan del modo en que se busca la naturaleza enamorada.
Lo segundo que llama la atención a ese mismo visitante son las fuentes y esculturas. En cada encrucijada de senderos aparece un monumento, una alegoría o una fuente, con agua o sin ella, de colores o blanca, alta o muy alta, de bronce, mármol o concreto.
Aprovechando el patrocinio de empresas, la mercadotecnia y el consumo se convierten en cultura, de formas y colores diversos, por fuera de las iglesias, en el mercado, en los jardines y paseos.
Elevando un poco el punto de mira uno puede sorprenderse por las casas, no las relativamente modernas que tienen poco o ningún atractivo - como ocurre en el ancho mundo que se dedicó a demoler sin complejos - sino las casas antiguas, las de siempre, aquellas erigidas con vocación de mostrarse.
Casi todas de tres plantas, estrechas, convierten sus frontis en metáforas del hierro forjado y azulejos. Una maravilla las casas señoriales de Castellón, y también algunos edificios construidos con ladrillos vistos, siguiendo planos y estilos modernos, que sirvieron para reparar todo lo que la maldita guerra civil rompió, como la Catedral de Santa María o el edificio de Correos.
No hay que caminar mucho en Castellón para encontrarle sus motivos, pero es bueno caminar, para ver al campanario de ocho campanas separado de la catedral, soltero de soledad, de allí el nombre en valenciano: Fadrí", que espera compañía desde el siglo XVI, o discurrir por el Parque Ribalta, encontrarle sentido a los pinchos del Museo de Bellas Artes y sacarle el sombrero al Tombatossals, para saludarlo y declararle nuestra admiración por ser un gran motivo.
Una placa, en la base, lo describe: Gigante de fuerza descomunal, hijo de Tossal Gros y Panyeta Roja, retoño de la tierra, nacido del amor de las dos rocas más importantes de la comarca de La Plana.
Tombatossals es el protagonista de un cuento del escritor José Tirado. Por lo visto partió nuestro héroe con su cortejo, un día de San Francisco, a la conquista de las islas Columbretes. Y lo consiguió, convirtiéndose primero en mito y luego en escultura, colosal, de hierro soldado, enfrentada a otra también de fantasía dedicada a otro personaje: Arrancapins.
Castellón tiene motivos, los míos, probablemente distintos a los suyos, tienen vida de fábula.
Daniel Molini
Si fuesen pesados todos los textos escritos sobre esta ciudad del Mediterráneo, glosada por maestros de todas las épocas y en todos los idiomas, las balanzas repletas de kilos se asustarían.
Libros y libros para intentar encerrar la luz y las formas, que sorprenden al entusiasta y también a quienes no se dejan conmover fácilmente.
Decir Barcelona es decir Miró, Dalí, Gaudí, y mil nombres propios más acentuados por el talento. Pensar en Barcelona es pensar en el Liceo, en la Sagrada Familia, en las Ramblas; eso resumiendo, porque si nos dejamos doblegar por la amplitud evocadora podríamos terminar mareados de mar, artes, mística, símbolos y el orgullo de un pueblo con hambre de nación.
Barcelona tiene tantas cosas conseguidas a través del tiempo que parece una exageración de ciudad, que ha sabido conjuntar lo ancestral con lo moderno, las antenas que apuntan al cielo para comunicar satélites con otras que señalan, como si fuesen dedos religiosos, el lugar donde se aloja Dios.
Si la historia había sido generosa con ella, plantando a lo largo de siglos barrios, catedrales, mercados, teatros y mucha cultura repartida en centros de danza, gastronomía y jardines, hechos recientes terminaron conformándola como una ciudad con todas las letras, a la que muchas metrópolis quisieran parecerse.
Mar por este lado, con barcos grandes y veleros, a la vera de una estatua de Colón que vigila el horizonte, como oteando el lugar por el que alguna vez se encaramó a la grandeza.
Montaña y funiculares por el otro, el metro por debajo, y a ras de tierra vida y movimiento.
Pero nos tenemos que olvidar del Museo Picasso y de la Sagrada Familia, del Parc Güell, de la Catedral y de la plaza de Sant Jaume, donde se enfrentan la política local con la autonómica: el Ayuntamiento y la Generalidad.
También nos tenemos que olvidar de las ruinas romanas que se entreveran con obras contemporáneas, de las fuentes de Montjuic, del Tibidabo, de la Gran Vía, y de todas las exclamaciones, porque debemos elegir un motivo, uno solo, que justifique el haber llegado y nos reclame volver: el Paseo de Gracia y las casas emblemáticas que en él se alzan.
En una misma época dos arquitectos virtuosos lograron que un estilo, el modernista, se vistiera de gala: Domènech i Montaner por un lado y Antonio Gaudí por el otro, que llegaron a un emplazamiento pequeño con ánimo de mezclar rectas y curvas de ladrillo y cerámica, con otras curvas y rectas de arquitectos precedentes, configurando una mixtura de caracteres modernos, neogóticos y estilo Luis XV que la gente terminó llamando como la manzana de la discordia.
La casa Batlló, de Antoni Gaudí, situada en el 43 del Paseo de Gracia, podría ser considerada como la casa mágica por antonomasia, de esas que sólo parece existir en la imaginación de un creador de películas de dibujos animados.
La casa Batlló nos permite tocarla y pellizcarnos, para saber si es verdad que estamos en una casa y no dentro de un sueño, que ya ha cumplido 100 años desde que el gran arquitecto renovara un inmueble siguiendo el encargo de un industrial catalán: don Josep Batlló i Casanovas, que no pasó a la historia por su dinero, sino por lo que hizo con él: permitir crear a un creador, a pesar de las trabas y cuestionamientos, de los gustos y los disgustos.
Un siglo después, perfectamente restaurada y apta para la visita, podemos seguir los trazados del artista por balcones y galerías, por la planta noble y desvanes.
Cristales, maderas y cerámicas adoptando formas caprichosas, regalan color y plasticidad a los hierros forjados, retorcidos, para pintar entre todos signos que a veces recuerdan animales, antifaces, o lo que cada uno quiere ver o recordar: huesos dragones, o escamas que culminan en el tejado con cruces de cuatro brazos.
Imagine por un momento - comprendo que esta es una propuesta inusual- que solo va a poder estar en Barcelona unas pocas horas y tiene que elegir algo para ver. Yo en su lugar no lo dudaría. Desde donde esté: aeropuerto, estación de trenes o autobuses se tarda media hora en llagar a la casa de los sueños, dos en ella y otra media para regresar al punto de partida.
Eso si no tiene más que tres horas, pero si acepta un consejo, ¡quédese más tiempo!, porque el fantástico Gaudí trabajó mucho en Barcelona.
Daniel Molini
Su nombre figura, en la mayoría de los mapas, con el mismo que hizo célebre a una Dama: Elche, pero conforme nos acercamos nuestra vista se acostumbra a llamarla como la designan los carteles: Elx.
En esta región tiene importancia el idioma valenciano, reivindicado con entusiasmo en calles y letreros, hitos y referencias. Por esta razón, nada más aterrizar, uno constata que el aeropuerto está en un punto equidistante de Elx y Alacant. Algunos kilómetros hacia la izquierda y tropezamos con Elche; unos pocos a la derecha y el golpe es menor, caemos en las playas de Alicante.
Elche es tan vieja que antes hablaba latín. Cuando los romanos regían y ordenaban imperio fundaron Illici, y de allí les viene, todavía hoy, el apellido a los nativos: ilicitanos.
Si uno camina con afán curioso puede ver vestigios de aquellos esplendores, no muchos, convertidos en bases o restos protegidos que hay que mirar a través de cristales.
Murallas que antes custodiaban hoy son custodiadas, y ladrillos que fueron, quizás, antiguas termas, mañana lunes ofrecerán depósitos a plazo fijo en el banco construido sobre ellas.
En Elche debemos olvidar la costumbre de ver a las ciudades como si fuese a través de un cristal de aumento, a lo grande, persiguiendo ese tamaño en los monumentos, museos o construcciones emblemáticas. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de que nos pueda parecer pequeño.
¡De acuerdo que no es enorme!, pero es la tercera ciudad - por población y recursos - de la Comunidad Valenciana. Dicho lo dicho se llega pronto al centro, donde todavía late la historia y conviven iglesias con mezquitas, torres con palacios y fortalezas moras con cristianas.
Elche tiene herencias que reclamaron la atención de la UNESCO declarándolas Patrimonio de la Humanidad. La primera, El Palmeral, nos permite utilizar los cinco sentidos en su disfrute; con la segunda, el Misteri, debemos conformarnos con algunos menos, ya que pertenece a los tesoros orales e inmateriales.
El Palmeral cuenta con más de 200000 ejemplares de palmeras datileras, que se alzan desde huertos que rodean al casco urbano. Algunos conservan su casa tradicional, red de riegos, vallas y pueden visitarse, como los Huertos del Cura, de la Torre, del Gat o el Parque Municipal, con ejemplares de todas las edades y tamaños.
El palmeral, que configura uno de los mayores espacios en su clase de Europa, pretendía ser en la antigüedad un oasis donde los fenicios pudiesen recrear, a golpes de nostalgia, un paisaje conocido. Capaz de sobrevivir a los siglos y a los hombres conserva su valor ecológico, estético y económico. Quien ha probado un dátil de estas palmeras puede decir que conoce un dulce sublime, nacido a partir de un carozo venido de lejos con ansias de trascender.
Además de regalar gusto y color, las palmeras ofrecen un medio de sostén económico para muchas familias: aquellas quienes las tratan, podan, recogen sus frutos, polinizan y otras que trenzan con sus hojas y cortezas obras de artesanía que estallan en Semana Santa.
En el Huerto del Cura se puede disfrutar un ejemplar maravilloso: una joya de siete brazos nacidos de un mismo tronco. Su perfil figura en guías de viajes, ofreciéndose como reclamo a los turistas.
El Misteri, el segundo emblema de Elche, es una obra gigantesca protagonizada por vecinos para representar la Asunción de la Virgen. Cada año, en el mes de agosto, y desde hace más de quinientos, se desarrolla en la Basílica de Santa María como testimonio vivo del teatro medieval. El Domingo de Ramos palmas y Misteri se unen para demostrar porqué la humanidad los cuenta dentro de su patrimonio.
Sin embargo, no todas son alegrías porque algo le falta a Elche: su Dama.
Esta mujer de piedra antigua, con peineta, rodetes de joyas y mantillas, símbolo de la cultura de los íberos, encontrada por un joven mientras removía la tierra en labores agrarias no está en el lugar donde volvió a la luz y es reclamada; aguarda en el Museo Arqueológico de Madrid.
Pero para que no todo sean disgustos, el visitante puede ver una réplica perfecta en la plaza de Santa Isabel. No quiero parecer inseguro, pero si la plaza del centro donde está la copia del monumento no es la de Santa Isabel será otra muy próxima, porque en Elche todo lo que se puede ver, tocar y sentir queda muy cerca.
Daniel Molini
Si las chispas, el fuego y los estallidos tuviesen que elegir un nombre propio para ser tratados, no dudarían en llamarse Valencia.
El fervor que sienten los valencianos por el ruido que provocan al explotar las tracas y petardos permite que su fiesta más importante concluya del mismo modo en que comienza: jubilosa, sin importar que auténticas obras de arte se transformen en brasas y el esfuerzo de muchos meses se reduzca a simple ceniza.
Es difícil entender para un extraño esa costumbre de festejar con humo, esa fascinación por las llamas que viene de siglos y se preserva con el mismo vigor que tienen las cosas nuevas. Las Fallas de Valencia, alumbradas como hogueras del gremio de carpinteros para homenajear a su Patrono San José, han transgredido todos los límites para convertirse en referencia de nivel internacional.
Es allí donde llega el río Turia, cansado después de recorrer bastante camino desde su nacimiento en Teruel, para regalar fertilidad y un apodo: capital del Turia. Acostumbrada a ofrecer mar, luz, historia, mantillas, peinetas, paellas y una playa glosada por escritores, como la de la Malvarrosa, la ciudad ha incorporado a sus reclamos empeños nuevos y una pasión por la modernidad, concretados en infraestructuras sorprendentes.
La ciudad de las Ciencias y las Artes diseñada por el arquitecto Santiago Calatrava, el museo Príncipe Felipe, el Palacio de Congresos de Norman Foster, el Oceanográfico y una variedad de puentes han ido cambiando la fisonomía de sus calles. Esferas, alas voladas y mucha cerámica se empeñan en pintar el aire de blanco, asustando a quienes creen que, en cosas de construcción y cemento, la ley de la gravedad debería exigir respeto.
Sin embargo, es en el centro histórico donde nació la grandiosidad, romana primero, musulmana después, para terminar siendo cristiana y catedral, casi tan antigua como lo que en ella se venera.
La Catedral de Valencia es una maravilla que mezcla un montón de estilos arquitectónicos. Iniciada su construcción cuando el año mil empezaba a desperezarse, sumó "ropajes" románicos, góticos y barrocos conforme el tiempo la veía hacerse mayor.
Hicieron falta muchos siglos para que el visitante que llega exclame loas a sus creadores y a todos aquellos que contribuyeron para hacerla posible.
Torres y fachadas señalan a los peregrinos un hito importante, invitándolos a traspasar sus puertas para deleitarse con los interiores, donde aguardan un museo catedralicio, el Aula Capitular, obras de orfebrería religiosa, reliquias y pinturas.
Al concluir la visita y salir hacia el Parque de la Reina - que confiere espacios y perspectivas a cruces y campanas- los afortunados pueden ver otra catedral, más pequeña y realizada en bronce.
Réplica exacta - ignoro a que escala-, esta "construcción" que parece de juguete, espera su turno para ser admirada, sin robar protagonismo a su jefa de verdad.
Unas inscripciones llenas de puntos y relieves explican, en el idioma de los ciegos, las características y atributos del edificio, invitándolos a ser recorrido y visto con sus manos, para tener una síntesis de lo que emociona a las personas con sensibilidad.
El Micalet o Miguelete, campanario de setenta metros de altura y trece campanas, puede ser acariciado desde su base hasta el punto más alto, que en este caso no pretende hacerle cosquillas a las nubes como el original, sino simplemente a la piel de quien lo está "contemplando".
A la diestra, la planta octogonal de la iglesia aparece seccionada, indicando el sitio donde se alzan columnas, distancias que las separan e información de los volúmenes del monumento.
Desgraciadamente no puede mostrar los cuadros de Joanes y Orrente, los lienzos de Goya, las esculturas de Alonso Cano, las obras de Benvenuto Cellini, ni la tumba de Ausias March, pero deja palpar la puerta de los Apóstoles, donde se celebraban los juicios públicos del antiguo Tribunal de las Aguas.
La plaza del Ayuntamiento, la Estación del Norte, el Mercado Central y la Bolsa, tan gótica y hermosa que servía hasta para hacer negocios, le agregan a la Catedral puntos cercanos de interés turístico, conformando un destino que no defrauda las expectativas, como no podía ser de otra manera en la tercera capital española.
Las actividades que en ella se desarrollan: congresos, competiciones deportivas, ferias, así como sus rincones viejos, el antiguo cauce del río, los museos de siempre, el de arte moderno, las vías arboladas y murallas demuestran que el interés está en todas direcciones.
Por eso Valencia exige ser caminada. Nadie sufrirá decepciones por haber convertido curiosidad en ejercicio físico; la ciudad de las fallas no acostumbra hacer trampa con las ilusiones.
Daniel Molini
A bordo de un colectivo repleto se inició, hace ya muchos años, un periplo que alumbraría mi pasión por los viajes.
Al tiempo que Rosario iba quedando atrás, con sus calles oscuras y luces encendidas, un señor que parecía pequeño incrustado en el asiento del conductor, abría huellas por delante, con destreza, sin dejarse impresionar por el tamaño del gigante de ruedas, ruidos y metal.
Ha llovido mucho desde entonces, e igual Renato -ese era su nombre- se encogió en la evocación por culpa de las décadas transcurridas, aunque permanezca inalterable su pericia de chofer, demostrada al devolvernos a todos, satisfechos y con salud, al punto de partida.
A bordo todo era alegría y no podía ser de otro modo pues los interiores rebosaban amistad, familia y juventud, y lo que se intuía por parabrisas y ventanas, al hacerse la luz, era un horizonte desconocido y toda la vida por delante.
Treinta años después de aquella excursión reveladora de lo que enseña el turismo, del anchísimo mundo que tenemos frente a nosotros dispuesto a ser descubierto, quiero revivirlo como homenaje a los paisajes, a sus gentes y todo lo que ellos nos regalan.
No he vuelto a Bariloche, pero cuando la suerte me permita redescubrirlo, espero encontrar la misma emoción que aquella vez, cuando cedí ante el embrujo de la nieve y de la naturaleza cuando decide presumir de blancura.
Acostumbrado como estaba a inviernos más o menos amables, al deambular pertrechado con mucha lana y ofreciendo a los vientos fríos el perfil menos vulnerable, se me congelaba la sonrisa, sobre todo sabiendo que aquellos hielos y glaciares se sabían, en su magnificencia, protagonistas.
Fue un acontecimiento tropezar con montañas altas, lagos transparentes y acantilados, pues eso significó acostumbrado como estaba a los grandes llanos- tropezar con otro mundo, uno que tenia idealizado, con la pasión que la mente le sabe poner a sus cosas cuando las imagina perfectas.
En febrero de 1975 no estábamos solos en el sur de la República Argentina. Bariloche ya era un destino turístico consolidado, habían pasado por allí los precursores y existían funiculares, hoteles, artesanía, ¡incluso dulce de rosa mosqueta!
No fuimos nosotros los encargados de descubrir el Lago Victoria, el cerro Otto ni el Bosque de los Arrayanes; nos esperaban ya famosos, y todavía hoy lo siguen haciendo, para demostrar a quienes sostienen que la excelencia no existe lo equivocado que están.
Nos aguardaba el paisaje, con toda su flora y la fauna que se dejaba ver u oír: agua cristalina, hojas verdes, ocres, rojas, trinos, incluso un hermoso ciervo pintado en una pared blanca, que propició bromas del guía al hacernos preparar las cámaras porque atravesaríamos una zona de ciervos.
En 1975 existía la vocación de los lugareños por agradar, el reconocimiento de los profesionales del turismo por haber elegido aquel destino y haberlos elegidos a ellos, por eso ejecutaban el trabajo como debe hacerse: con profesionalidad, intentando hacer inolvidable una estancia que, en rigor a la verdad, no necesitaba tanto esfuerzo porque por sí sola concluiría siendo inolvidable.
Cuando vi el mar por primera vez me lo quise beber de un solo trago. La consecuencia fue que dos salvavidas tuvieron que rescatarme de las olas con aplausos, que significaban la misma cantidad de congratulaciones para ellos que vergüenza para mí.
En cambio al ver la nieve por primera vez no intenté beberla. La palpé, imaginando los mil sitios en donde residía, y terminé emocionado, pensando que algo largamente deseado era por fin una bendición satisfecha.
Hoy, muchas lluvias después, creo que todo el mundo debería tener la posibilidad de ver y sentir la nieve, porque conocerla, igual que todo aquello que nos queda lejos, enriquece al ser humano.
En Bariloche nos sentimos privilegiados, y creo que no fuimos los únicos, porque todavía puedo ver, en muchos hogares, esas fotos apaisadas, anchas, anchísimas, donde puede verse un grupo a carcajadas, delante de un funicular, de un remonte o al lado de la escultura de Roca que se alza en el Centro Cívico, con la intención de recordar, desde un portarretrato, que cuando el sueño se convierte en realidad debe mostrarse.
Hasta no hace mucho decir Argentina, en Europa, era decir Buenos Aires, Iguazú o Bariloche. Afortunadamente hoy se suman nuevos nombres, pero Bariloche sigue siendo lo que era, un homenaje a la belleza. Cerro Catedral, Tronador, ventisqueros por un lado; ríos, lagos por el otro, y más allá lengas y arrayanes, que cambian de piel con las estaciones.
Así como los coihues abren como manos abiertas sus ramas, dispuestas a atrapar todo el aire, sol y humedad que puedan, Bariloche hace lo propio con el visitante, dispuesto a dejarlo cautivo para toda la vida.
Daniel Molini
Hicieron falta más de cinco siglos de
historia para convertir una fundación austera en una ciudad
repleta de títulos y atributos: Muy Leal, Noble, Invicta y
Muy Benéfica Ciudad, Puerto y Plaza de Santa Cruz de Santiago de
Tenerife.
Larguísimo nombre oficial, igual de largo que su trayectoria
invicta, a pesar del almirante Nelson, quien en 1797 pretendió
desembarcar, ayudado por el fuego y la fuerza de la flota que
dirigía, a súbditos de su graciosa majestad.
Las intenciones de conquista del británico se saldaron con una rendición firmada con dificultad, por una bala de cañón que le robaría un brazo para siempre.
Muy benéfica después de una epidemia de cólera, que en el año 1893 removió los sentimientos más nobles de sus pobladores, quedando para la posteridad, el escudo y la bandera, aquella orla solidaria.
Olas y piedras, mar y macizos montañosos, le ponen límites a Santa Cruz, que intenta por todos los medios expandirse allí donde encuentra algo de luz, aunque le cuesta encontrarla ya que pertenece a un territorio limitado, el de Tenerife, que con 2000 kilómetros cuadrados la superficie más extensa de las siete islas canarias- no deja de ser pequeño.
Tenerife amable o Santa Cruz, una ciudad para vivir, son los reclamos que pueden ver los turistas nada más llegar a cualquiera de los dos aeropuertos de la isla, uno situado en el norte: Los Rodeos; otro en el Sur: Reina Sofía, que vinculan la tierra estrecha con el continente amplio: África a 300 kilómetros, Europa a casi 2000.
No engañan los enunciados de la propaganda; Santa Cruz, a pesar del tránsito y últimamente de los ruidos, es una ciudad amable, digna de ser vivida.
No hace falta elevarse mucho para comenzar a disfrutarla; a ras del suelo o un par de metros por encima se encuentran innumerables motivos para hacerlo, animados e inanimados, hechos de pluma o de metal, con hojas o sin ellas.
Jacarandaes, palmeras, dragos, laurel de indias, tuliperos del Gabón o braquiquitos ponen la nota de vida y de color. Cientos de estos árboles se alzan en los paseos y ramblas, dando cobijo a infinidad de mirlos que compiten por la mejor ubicación. Eso por arriba, donde vive la fronda; debajo, donde se nutren las raíces, aguardan las esculturas.
El patrimonio escultórico de Santa Cruz comenzó a enriquecerse a raíz de una exposición en las calles, organizada en la década de los setenta por la Demarcación Territorial del Colegio de Arquitectos.
Miró, Eduardo Paolozzi, Marcel Martí, Gustavo Torner o Martín Chirino firman algunas de las obras que se exponen sin limitación alguna, al alcance de la mano, para ser disfrutadas y tocadas.
Una de la más emblemática, situada en la Rambla del General Franco, visitada por niños después de las clases, jubilados a todas horas, e inadaptados que le pintan consignas, por las noches, es el Guerrero de Goslar, de Henry Moore.
Declarada Bien de Interés Cultural, el Reposo del Guerrero, como suele llamarlo la gente, es una obra que no tiene precio, y si habría que ponerle alguno sería el que cuesta más, el más valioso.
A pesar del porte y del bronce, de los 3 metros de ancho y del escudo gigante, cuando uno pasa cerca siente ganas secretas de protegerla, quizás porque su autor la construyó para evocarnos debilidad más que poder, paz más que guerra, sensibilidad más que gloria.
Desde el ingreso de España a la Unión Europea y dada la llegada de fondos comunitarios, podría decirse que Santa Cruz de Tenerife vive en obras.
Recinto ferial y Auditorio primero, ambos con la autoría del arquitecto Santiago Calatrava; el plan Urban luego, permitiendo remozar frentes y vías públicas; y finalmente un macroproyecto para acercar el centro histórico al puerto - la plaza de España a las olas-, el tendido de los rieles del tranvía hasta la ciudad de La Laguna y el Museo Oscar Domínguez, tienen a los vecinos caminando entre palas y surcos, pidiendo al cielo que pronto se acaben las faenas, en todas las acepciones que tiene la palabra, para comenzar a disfrutarlas.
La Farola del Mar era el último destello que alumbraba antaño- la marcha de los emigrantes, y la referencia con la cual debutan quienes llegan en crucero. Instalada en 1863 para situar en el horizonte al puerto de Santa Cruz, la Farola se convirtió en emblema y motivo recurrente para poemas y canciones.
Su alcance de 9 millas, cuando funcionaba encendida, se ha multiplicado hasta el infinito hoy, a pesar de permanecer desde hace cuarenta años- apagada a la señalización.
Esta noche no alumbra / la farola del mar/ esta noche no alumbra / porque no tiene gas dice una copla popular, la misma que cantan cada uno de los 223000 habitantes de la ciudad.
Santa Cruz de Tenerife pertenece, junto a Rosario y Cañada de Gómez, al grupo de ciudades entrañables, al grupo de ciudades donde uno podría vivir.
Daniel Molini
Suponga que usted llega a Santiago de Compostela de noche, tarde, muy tarde, y comprueba que el aeropuerto esta vacío, que no hay taxis ni autobuses esperando.
Tras la suposición, imagino, empezará preocuparse, sobre todo cuando espíe con curiosidad los aledaños y no vea más que sombras, cercanas y lejanas.
No se preocupe, quizás pueda llegar un poco tarde al hotel, con algo de agobio y cargado de maletas y desencanto, pero en cuento amanezca todos estos sentimientos serán mutados en una sorpresa superlativa.
Santiago de Compostela es una ciudad que atrae por muchos motivos: religiosos, académicos, arquitectónicos, culturales. Todos ellos se dan la mano, para saludarse en varios idiomas, en la Plaza del Obradoiro, justo enfrente de la catedral. Allí acuden peregrinos de todo el mundo para abrazar al apóstol Santiago.
Desde hace siglos la imagen interior más venerada ofrece su espalda a peticiones y agradecimientos. Espalda, porque al apóstol se lo abraza desde atrás, como si fuese a traición, sorprendiendo, al tiempo que se observa, más allá de la trascendencia, a la inmensa nave resplandeciente de columnas, filigranas y al gigantesco botafumeiro que vuela en ceremonias contadas, repartiendo incienso a los cuatro vientos.
En una superficie relativamente pequeña, dibujando los límites de la plaza, se alzan hitos que figuran en letras de moldes en todas las enciclopedias que ensalzan el arte bien hecho: catedral, hostal de los reyes Católicos, palacios, instituciones, en síntesis: barroco, cúpulas, saber; gótico, agujas y santidad.
De pronto, a uno le entran ganas de aplaudir, y debe reprimirlas para seguir disfrutando de la perfección, ¿cómo es posible tanta?
Pero es posible, y aguarda al visitante en las paredes donde se abriga el musgo, en los monumentos, en cualquier rincón donde la humedad o el hierro forjado dibujan figuras imposibles.
Santiago de Compostela invita, por la disposición de sus calles y callejas, a ser caminado, a gastar sus adoquines, de aquí para allá, con el objeto de descubrir sus plazas, reclamos y sitios centenarios.
Caminando y preguntando se llega a la colegiata de Santa María de Sar. Cualquier viandante, con uniforme o sin él, informará que está casi al final de la Rúa das Madres, porque todos la conocen.
En cuanto uno llega siente, por segunda vez en el día, ganas de aplaudir. Cuesta creer lo que se está viendo: una estructura equilibrada a base de magia, que se mantiene en pie para seguir siendo ejemplo del románico más perfecto, antiquísimo, con columnas que parecen a punto de curvarse, y que no lo hacen gracias al apoyo que le ofrecen arbotantes incorporados en el siglo XVII.
A cambio de sesenta céntimos de euro se puede pasar al claustro, pleno de luz, donde la admiración y las exclamaciones deben ser aspiradas, para evitar romper el silencio que lo cubre todo.
Debería ser la colegiata de Santa María, con sus paredes oblicuas y cansadas, una visita impostergable, sin embargo no hay público, pena que compartimos con la señora que espera, sola, en la sacristía.
En pleno centro comercial está el bar Derby, donde palpita parte de la historia de la urbe. Paredes casi desnudas, algunos platos de cerámica azules y blancos y un vitral con el nombre señalan el local donde acudía Valle Inclán.
Viendo la vajilla, y con un pocillo humeante en la mano, nos trasladamos a otras décadas, donde las tertulias producían literatura.
Campus, colegios mayores, alameda, iglesias y plazas, marcan los hitos de una ciudad con ganas de agradar. Uno siempre espera regresar a los lugares que conoce, pero por las dudas, nunca está de más repasar y fijar en la memoria, allí donde se alojan las cosas buenas, el color de la piedra, los perfiles de plazas y palacios, las puertas y monumentos.
Torres y capillas, el Pórtico de la Gloria, Palacios de Rajoy y Fonseca, Ayuntamiento, casas de Troya y de la Parra, volverán a demorarnos, como hacen desde hace muchos siglos a todos los que llegan.
En Galicia la gastronomía es un arte, por eso es un ejercicio necesario levantarse temprano para encontrar el mercado en todo su esplendor.
De allí al Pueblo Gallego no hay más que cuatro pasos. Podrá verse un edificio precioso donde antes había una iglesia, frente a una construcción moderna donde reside el museo de arte contemporáneo.
Cuando concluye la visita, con el espíritu repleto y las entrañas vacías de ganas de irse, uno concluye, de nuevo en el aeropuerto, que las preocupaciones iniciales eran absurdas, porque en Santiago vive el milagro.
Daniel Molini
El Ministerio de Turismo de Polonia, a través de sus publicaciones, nos recibe de modo amable: Bienvenidos a Varsovia, una ciudad para ser conocida a fondo, que posee su propia atmósfera y en la que vale la pena pasar varios días.
En el aeropuerto, sus mostradores y aledaños, la campaña explícita del Ministerio continúa: Varsovia es única. Situada en el centro de Europa, en el cruce de las rutas de transporte que recorren el continente de este a oeste y de norte a sur, encanta al visitante con su carácter particular, lleno de contrastes, donde coexisten monumentos históricos con una moderna arquitectura, en la que palacios, edificios y complejos arquitectónicos del pasado, destruidos durante la guerra fueron reconstruidos con tal fidelidad que es imposible saber cuál es auténtico y cuál no
Toca a los recién llegados constatar cuanta verdad encierran estos enunciados, los mismos que ponderan a una capital de casi dos millones de habitantes y que, a la luz de los datos que reflejan los mapas puede ser recorrida sin problemas con los medios convencionales, uno derecho y otro izquierdo, ambos calzados.
No habla el gobierno, por innecesario, de la temperatura: 14 grados bajo cero en invierno, ni de la noche que llega pronto, ni de las calles desiertas de gentes y repletas de sal para evitar patinazos congelados, ni de las bandadas de aves que migran en formación desordenada- de parque en parque buscando donde guarecerse mejor.
Tampoco dice nada uno lo descubre pronto- de la amabilidad de la gente, de sus ganas por integrarse definitivamente a una Europa multicultural, ni de su forma de hablar, rotunda, cortante, como si estuviesen enfadados.
Cuesta creer que con esa gramática hecha idioma se haya construido un patrimonio literario tan maravilloso, pero Aniuska, nuestra guía, nos lo refrenda: es posible.
Aniuska habla un español bien aprendido, y la escuchamos con atención: Los primeros documentos que nombran a Varsovia son muy antiguos, del siglo XIII. Más tarde la ciudad se transforma en capital del ducado de Mazovia, incorporándose en 1526 al reino polaco. A finales del siglo XIV, concretamente en 1596, se incendia el castillo de Wawel en Cracovia donde estaba instalada la corte- y el rey traslada su residencia a Varsovia.
Avanzando dinastías, derrotas e invasiones Aniuska llega al trágico año de 1943, fecha en que los nazis arrasan íntegramente la Varsovia histórica y el 80 por ciento de su periferia.
El orgullo polaco hizo posible la epopeya de la reconstrucción, siguiendo las líneas de planos, pinturas y grabados que se salvaron de la devastación.
Entusiasmados con la charla llegamos, sin darnos cuenta, al parque Lazienki, residencia de verano del último rey polaco: Estanislao Augusto Poniatowski. Muy cerca del Palacio sobre el Agua y el Teatro de la Isla se alza una escultura hermosa, homenaje a Chopin.
La vemos blanca de nieve por todos lados, pero cuando lleguen los calores y el verde transforme Polonia, la plaza se hará concierto y el espacio quedará convertido en un gran auditorio.
Pero estamos en invierno, y los árboles simulan espectros negros, dibujando formas caprichosas que son visitadas por cientos de pájaros. Todo es libertad: cuervos, ardillas, palomas, pavos reales, patos, todos cercanos, todos apretaditos, como si fuesen una sola especie enfrentada a la intemperie.
El bronce que glorifica a Chopin muestra un sauce llorón, remedando a una sabina de las que crecen en la isla de El Hierro. Debajo aguarda el artista, como si estuviese vigilando la llegada de una musa inspiradora. Cuando uno circunda la obra y la observa de perfil, el árbol se transforma en una mano mágica, dispuesta a ejecutar, en un teclado imaginario, un acorde prodigioso. Haciéndole requiebros a un río medio congelado, el Vístula, existen dos calles emblemáticas que conforman el trazado real: Nowy Swiat y Krakowskie Przedmiescie.
En Krakowskie Przedmiescie está casi todo lo que hay que ver: universidad, iglesias, palacios, bibliotecas, gente, vida. En la iglesia de la de Santa Cruz, que tiene en el frontis una imagen de Jesús derrotado por el peso de la cruz, se llevan a cabo las celebraciones importantes de la universidad. En una de sus columnas interiores está el corazón de Chopin, único resto del artista que se conserva en su tierra natal.
Nowy Swiat ofrece menos historia a los visitantes, pero a cambio les regala tiendas y el Café Blickle, un establecimiento a la altura del Tortoni de Buenos Aires, del Greco de Roma, o del Florian de Venecia, con enjundia hasta en la máquina de preparar expresos.
A pesar de la temperatura, Varsovia es cálida, incluso en los recuerdos, como los que se custodian en la casa donde vivió Madame Curie, cuando se llamaba Marja Sklodowska y no imaginaba que aportaría dos nuevos elementos a la tabla periódica: el polonio y el radio.
Daniel Molini
Aunque en los textos fundacionales figura como San Miguel de La Palma, la gente la llama, familiarmente, Isla Bonita. Cada uno de sus 730 kilómetros cuadrados justifica esa denominación: arenas negras en las costas; plataneras, almendros y dragos en las medianías; volcanes, calderas, pinos, humedad y mucho verde por todos lados.
La Palma se recorre pronto, apenas cincuenta kilómetros de norte a sur y escasos treinta de este a oeste, magnitudes que alcanzan para dibujar un corazón de piedra y lava que parece latir en la inmensidad del océano Atlántico.
A bordo del trimarán más grande del mundo -como reza la propaganda- llegamos para disfrutar de una de las fiestas singulares de las Islas Canarias: la Bajada de la Virgen.
Hallándose pues este Prelado (Don Bartolomé García Jiménez, Obispo de Canarias) en Santa Cruz de La Palma en el año de 1676 y viendo la gran falta de lluvias que había entonces, informado de la devoción que los naturales tenían a la Virgen de las Nieves, dispuso se trajese a esta plaza con motivo de la calamidad. Y viendo la decencia del acto y veneración con se que celebró, juzgó seria conveniente que dicha imagen volviese cada cinco años a esta iglesia parroquial de El Salvador, repitiéndose el devoto culto con que se celebró en el año de 1676 y que comenzase el quinquenio en 1680.
Este párrafo, extraído de la Crónica de la Fundación de la Bajada, y cuya autoría corresponde al Visitador Eclesiástico D. Juan Pinto de Guisla, explica algo que se viene repitiendo sin interrupciones, para beneplácito de miles de palmeros que utilizan el hecho religioso como el reencuentro de la gente con su tierra, de la devoción con las tradiciones.
A bordo del barco viajan cientos de peregrinos, que reforzarán con su presencia una diáspora alegre que ha sido convocada a partir del primer acto de la fiesta: La Bajada del Trono, desde el Santuario donde se expone hasta la iglesia de El Salvador, situada en el centro histórico de la capital. Allí permanecerá hasta el día 5 de agosto, onomástica de Nuestra Señora de las Nieves, momento en que después de una eucaristía es trasladado, nuevamente en procesión, a su lugar de origen donde aguardará otro lustro para volver a brillar.
Esto da comienzo a la fiesta, con una semana de antelación al hecho culminante. Toda la plata del altar se transforma en piezas pequeñas, que migran -custodiadas por miles de romeros - a la parroquia matriz, mientras los pasos son acompañados con guitarras, timples y ecos de parranda.
Reensamblado en El Salvador aguardará a su Dueña, quien llegará acompañada de bandas, música, velas y cantos emocionados.
Esta fiesta le cambia, cada cinco años, la cara a la isla. Todos los frentes de las casas se adornan para deslumbrar a los más de 30000 visitantes que llegan con apetito de fervor y costumbres ancestrales.
La Bajada de la Virgen no defrauda las expectativas. Durante dos semanas, denominadas respectivamente Chica y Grande, se ofrecen decenas de actos, donde se mezclan liturgias antiguas con actos entrañables.
Cuando comienza la semana grande la mayoría de los negocios cierran por la tarde, y las calles se transforman en escenarios que convocan multitudes, donde los actores salen de las entrañas del pueblo, que sienten a su patrona y le regalan piropos a su paso.
Día tras día se suceden bailes clásicos, autos sacramentales como el Carro Alegórico y Triunfal, o la Danza de los Enanos, que transforma, de una forma prodigiosa, a caballeros serios, vestidos de negro y con capa larga, en simpáticos enanos con trajes multicolores.
Esta danza es el acto más esperado de la Bajada. Consiste en una marcha de treinta caballeros que cantan una loa a la virgen. Cuando esta concluye entran en una pequeña caseta para salir, sin solución de continuidad, transformados en enanos.
De tal forma, ataviados con ropa del siglo XVIII y un enorme bicornio, bailan una polca, con tanto éxito que tendrán que repetir la función a lo largo de toda la noche, en recintos cerrados y al aire libre.
Si la fiesta no alcanzase a satisfacer nuestras expectativas, Santa Cruz de La Palma ofrece otros atractivos, como sus casas ornamentadas con cruces y paños, la calle real con su arquitectura.
Escapando unos kilómetros del centro urbano uno podrá descubrir como se conservan las costumbres en las fincas rústicas, donde se sigue cultivando de manera artesanal los frutos de la tierra. Es una delicia caminar por senderos que cruzan la isla en todas direcciones, persiguiendo a la naturaleza para fundirse con ella. En la Caldera de Taburiente, uno de los Parques Nacionales de España, podemos tropezar con nacientes y saltos de aguas que ofrecen vida a bosques de tilos, o a zonas de laurisilva, una de las pocas que se pueden observar en el mundo y que constituyen reserva de la biosfera.
Una ruta, llamada de los Volcanes, muestra a lo largo de 19 kilómetros la forma que adquiere el horizonte cuando es forjado con fuego y lava. Acaba en el volcán de Teneguía, cuya erupción amable, el 26 de octubre de 1971, todavía se recuerda.
Daniel Molini
Las islas Feroe, plurales a pesar de su nombre singular, estén situadas en el inmenso norte, en un lugar donde las aguas entre Escocia e Islandia- parecen entreverarse con hielos y las noches se acortan o alargan según el capricho de las estaciones.
17 islas, del total de 18 que componen el archipiélago, figuran en los mapas a modo de pequeños referentes geográficos, como peñascos prácticamente deshabitados que conforman un territorio pequeño, donde todo aquello que no sea ola o marea tiene ambición de costa.
Tórshavn, la capital, se alza en la isla de Streymoy y está poblada por más de un tercio de la población de feroenses, que no llega a 50000 habitantes.
Los isleños tienen muchas cosas, y de todas ellas presumen: de su historia vikinga, de los paisajes, de su propia moneda, del idioma, de sus tradiciones y de la fama que tienen de buenos pescadores.
Quizás para no perder todo aquello de lo que presumen, o para enriquecerlo, desarrollan sus propios estatutos y normas políticas a pesar de pertenecer a Dinamarca, de tal modo efectúan intercambios con euros o dinero local, tienen su propia bandera, parlamento y no están integrados en la Unión Europea.
Estas islas estaban en el centro de los dominios vikingos, nos cuenta el taxista que nos lleva a recorrerlas, y todavía hoy podemos ver huellas de aquel poderío, cuando esos navegantes controlaban el Atlántico Norte.
No hacen falta grandes despliegues turísticos para visitar Streymoy y su capital. A pie de muelle, si uno llega por barco, o al ladito mismo de donde se recogen las maletas, si uno lo hace en avión, estará esperando alguien con intenciones de mostrarla.
El curioso termina aprendiendo, a fuerza de explicaciones, que los primeros ocupantes fueron monjes irlandeses que huían de alguna de las escabechinas que organizamos los humanos, y que luego llegaron los vikingos con sus pieles y sus naves, sus costumbres y dioses, como aquel Thor poderoso de martillo temible y justiciero.
Probablemente Tórshavn se llame así gracias a él, porque la palabra havn, en feroés, significa puerto: el puerto del dios Thor, punto de encuentro y referencia de precursores, marinos y pescadores, y hoy una de las capitales más pequeña del mundo.
Todo esto nos cuentan los nativos, y la ilustración se convierte en asombro cuando la naturaleza parece abrirse con el objeto de abrazar villas y poblados minúsculos, donde las rocas intiman con tierras, verdes y maderas.
Decir Feroe es decir montañas, llanuras apretadas, fiordos laberínticos y nombrar un sitio donde el agua tiene un protagonismo especial. Agua en forma de lluvia, indecisa, intermitente, rabiosa o amable, que se marcha sin avisar y regresa en el momento más insospechado, o en forma de nacientes y cascadas, que oradan y trazan surcos en su camino hacia el mar.
La niebla y el viento terminan de conformar un paisaje donde el basalto le da la mano al reino vegetal, muy presente, porque aunque no se vean árboles, en la isla todo es verde.
Sesenta mil ovejas, conviviendo con la población, deambulan tranquilas en caminos, laderas y ciudades, y lo hacen sin complejos, como si supiesen que están protegidas por una ley que obliga a quien las atropelle o les haga algún daño, a indemnizar al propietario.
Ovejas, cabras y vacas, todas en libertad, pastando en lugares imposibles, sobre todo estas últimas, comportándose como si estuviesen contagiadas de sus primas en la escala zoológica.
La singularidad se extiende por poblaciones con nombres repletos de K: Kaldbak, Koliafjordur, Kvivik , asentadas en costas agrestes, irregulares, cortadas a pico, y donde a pesar de la bruma pueden identificarse casas antiguas, las mismas que han sido ocupadas por 40 generaciones de la misma familia.
Los techos de las casas, todos a dos aguas, mantienen el tono vegetal, haciendo bueno que si lo verde es recomendable para las montañas también tendrá que serlo para las casas.
Turba y césped mantienen resguardados a los lugareños de un clima exigente, aún en verano.
Las iglesias protestantes completan un panorama urbanístico donde nadie se eleva demasiado, para no romper una armonía que se conserva desde hace siglos.
En el Centro de Visitantes de Tórshavn leo: Islas Feroe: un lugar para descubrir. Escuche el silencio, deténgase en el tiempo, respire, vibre con el aire puro, vea la luz. El eslogan parece hacerse verdad cuando al levantar la vista uno encuentra, a corta distancia de la capital, animales sueltos o la ausencia de prisas y de vehículos, la quietud de las calles y se sumerge en una paz que consigue invadirlo todo.
Incluso los dos hoteles abiertos a la modernidad logran enfrentarse de una forma distinta a las rutinas de los servicios.
A partir de las cinco -el horario de verano concluye a las cuatro- la vida se traslada a los hogares. Fuera se quedan los visitantes y los símbolos, como las esculturas en homenaje al escritor más difundido: William Heinesen, quien a principios del siglo pasado, desde el ático del almacén de su padre, imaginaba los techos de hierbas de Tórshavn como paraísos habitados por criaturas prodigiosas.
Tarira, una joven preciosa de bronce, mitad encanto mitad gracia, se muestra satisfecha de ser el icono de un lugar donde las casas se resguardan con vida, donde los chicos circulan en bicicleta protegidos con cascos, donde viven millones y millones de pájaros y sus habitantes tienen un elevado respeto por el entorno.
Daniel Molini
Aproximadamente 100000 kilómetros cuadrados le alcanzan a Islandia para acumular glaciares, fallas, lagos y macizos de lava, haciéndolos protagonistas de un paisaje donde lo ancestral se revela como novedoso y la naturaleza actúa como suprema prestidigitadora.
Con su varita de renovar el planeta, la madre de todos los paisajes de pronto hace explotar el fondo marino alumbrando una isla, o convierte a un volcán en chimenea, indicando con señales de humo que está preparado - en caso de recibir la orden- para comenzar a toser.
Islandia es un territorio donde las tierras fértiles, pocas, compiten con lava estéril, mucha; donde los ovinos, muchos, son observados por aves marinas, también muchas; y donde los nativos, pocos, atienden con devoción a los turistas que llegan, también pocos, aunque cada vez sean más.
En la capital, Reykjavik, se aloja más de la tercera parte de una población acostumbrada, en invierno, a tratar al sol de usted, pues solo se digna mantener su presencia pocas horas, o a tutearlo con alegría en los meses de verano, convertido en un visitante con ganas de alumbrar, fabricando jornadas larguísimas repletas de luz.
En Islandia los extremos parecen tener privilegios: extremo de frío en nieves y glaciares: extremo de calor en géiseres y estaciones geotérmicas; extremo de belleza en los colores, donde los ocres minerales, decididos, contundentes, se hacen amables gracias a los verdes, tímidos, de plantas bajas, musgos y gramíneas; extremo de contraste en las zonas de cultivos, donde las tierras quedan pálidas tras la siega, al tiempo que cilindros de forrajes, enormes, amarillean en los costados; extremo de accidentes geográficos, como los de la enorme falla donde dos placas tectónicas euroasiática y norteamericana- se separan, irreconciliables, provocando un socavón irregular que se recorre con respeto.
Acostumbrados a luchar contra los elementos, a la necesidad de tener que resguardarse del frío, la lluvia y los temblores, de las erupciones y de todos los pronósticos, los islandeses saben que viven en una tierra de prodigios, por eso mantienen renovada la leyenda que habla de la puerta del infierno.
Según los antiguos reside en el volcán Hekla, al que nunca se le ve la cima, envuelta en brumas y nieblas permanentes. Según la tradición este ocultamiento es un buen augurio, porque en caso contrario podría considerarse como si la fumarola y todos los azufres en combustión estuviesen aguardando al desafortunado testigo.
Islandia es un país de novela, lugar donde Julio Verne inicia su prosa increíble hacia el centro de la tierra, donde hay una escultura dedicada a Leif Ericson, islandés y navegante, considerado el primer hombre europeo desembarcado en América del Norte
Islandia es un país limpio, ordenado, donde no se puede conducir a más de noventa kilómetros por hora, un país que a pesar de ser maltratado, en algunos momentos de su historia, por los más de 200 volcanes que se turnan para despertar, los siguen respetando y estudiando, incluso al Laki, que en 1783 ocasionó la muerte de miles de personas.
Islandia es un país con los niveles sanitarios más desarrollados del mundo, que extraña, porque no existen, víboras, sapos o ranas, y donde se mantienen parques nacionales que pueden ser visitados en circuitos de un día, de dos o de tres.
El más popular, durante muchos años, fue el Golden Circle, que partiendo desde la capital se acerca a Geysir, accidente que le puso nombre propio a todos los chorros de agua caliente que surgen de las entrañas de la tierra.
En el área de Geysir, zona de piedras, paisajes bravos y flores silvestres, destaca el géiser Strokkur, y lo hace como el más confiable, capaz de lanzar sus bufidos al aire cada cinco minutos.
Es muy interesante el fenómeno de la expulsión de vapor. Uno llega a un lugar donde la corteza tiene una capa dura, a fuerza de años y años de trasiegos de sílice y sulfatos. En ese sitio existe una oquedad especie de ombligo superlativo- que va recibiendo agua, la misma que fue expulsada previamente. Favorecido por el declive y las ganas de tragar se va llenando poco a poco, y aunque a veces parece desbordarse se contiene.
Detrás de unas referencias que pretenden ser vallas la gente aguarda, expectante, y de pronto grita en sus idiomas respectivos, ahora, ya, pero ahora o ya no sucede nada; hay que seguir esperando.
El agua hierve, asoma, se arrepiente, regresa al interior, hasta que en un momento determinado explota con una tensión insospechada, elevando una columna de espuma y vapor a 20 metros de altura, repitiendo el fenómeno un par de veces hasta que se agota, mientras los expertos anuncian la próxima función en apenas cinco minutos.
Afortunadamente existen más espectáculos naturales, por todos lados, se mire hacia donde se mire. Atravesando la península de Reykjanes se llega a una cascada impresionante que se nutre del segundo glaciar, en tamaño, de Islandia. Algo más de 70 kilómetros cuadrados de hielo que el tiempo ha "amarronado", cansado de contarle la edad.
En las últimas temporadas el flujo turístico ha llegado también a Blue Lagoon, una estación de aguas termales modélica, con piscinas humeantes al aire libre mientras por fuera la temperatura ruega calefacción.
Al final de las jornadas siempre espera Reykjavick ubicada en un lugar donde la tierra suele confundirse con el hielo, convertida en la capital más septentrional del mundo.
Desde cualquier posición puede verse la catedral luterana, recordando una columna de lava, perfectamente tallada, que se alza hacia el cielo. A nivel del suelo aguardan museos, el Conservatorio de Música, o la Galería Nacional.
Es muy posible que al final del viaje alguien pueda preguntar que es lo que más nos gustó de Islandia, y es muy posible que se dude en responder. ¿Cómo elegir lo que más cuando todo es lo que más?
Daniel Molini
La mayoría de las personas que llegan a Groenlandia a menos que repriman voluntariamente la curiosidad geográfica lo hacen repletas de información.
De tal modo saben, perfectamente, que pondrán los pies en un territorio singular, con todos los atributos de una isla inmensa, la más grande del mundo, gracias a sus 2.175.000 kilómetros cuadrados.
Una isla tan grande que transforma todos los datos que contiene en superlativos: 40.000 kilómetros de costa, tres horarios diferentes; 750.000 kilómetros cuadrados de Parque Nacional y el 83 por ciento de su superficie ocupada por una profundísima capa de hielo, anclada a las rocas desde hace miles de años, formando una masa blanca, fría y frágil de más de 4 millones de kilómetros cúbicos.
La población es casi testimonial: 56000 habitantes, que viven diseminados en 16 ciudades, dedicados a la pesca - 95 por ciento de las exportaciones dependen de ella- y al turismo, pues los recursos provenientes de la minería, antaño muy importantes, están prácticamente agotados.
Groenlandia pertenece a esos lugares donde el asombro, que comienza con la información previa y continúa in situ, se retroalimenta a sí mismo, haciéndose mayor conforme la realidad que aparece ante nuestros ojos se encarga de reducir, a tamaño microscópico, todo lo imaginado.
Como un anticipo del gran espectáculo, y antes de dejarnos en tierra, el barco que nos traslada desde Islandia atraviesa el canal de Prins Christiansund: 70 millas de un estrecho que vincula en el sur de la isla- mar de oriente con mar de occidente, trazando un surco festoneado donde el único elemento ajeno a la naturaleza parece ser la chimenea del navío.
La experiencia de navegar en un fiordo estrecho, de apenas 100 metros de ancho, acomodados en un barco de 20 toneladas que lo ocupa casi todo, es interesante. El color del agua, de un azul intenso, provoca un efecto hipnotizante, que el movimiento lento de la nave consigue incrementar.
El fiordo de Christiansund tiene un trazado caprichoso, repleto de acantilados, entrantes y salientes que convierten el paisaje en un panorama de ensueño, como el de esas fotos irreales que promocionan países, o viajes, o modas, donde se muestran espejos de agua, montañas y naturaleza incontaminada.
Prisioneros del asombro, uno retrotrae la percepción a la de los primeros exploradores, aquellos que le pusieron nombre a la geografía que nos deja con la boca abierta.
Afortunadamente, la función es continua: costa irregulares, erosionadas por siglos de viento; cataratas generadas por la fuerza del deshielo; icebergs de formas diversas que compiten contra el mar que los quiere engullir, en una contienda que termina siempre igual: disueltos un poco más al sur.
En el horizonte todo se tiñe de blanco o marrón; blanco transparente, puro de hielo y marrones de piedras, las más antiguas del mundo.
Varias horas de navegación después, el barco llega a Narsarsuaq, y lo que puede verse desde lejos rompe un poco con la armonía de la tierra virgen.
Anclados en una especie de bahía el poblado no tiene un puerto importante- nos trasladamos a la costa en barcas pequeñas. Desde el punto del desembarco hasta el centro de Narsarsuaq existe una distancia que se acorta caminando 20 minutos.
El lugar, tremendamente recogido, nos espera con sus mejores galas y todas las infraestructuras que no son muchas- dispuestas: un aeropuerto minúsculo, una escuela, una oficina de turismo que hace funciones de cafetería y museo y dos antiguos autobuses amarillos, yendo y viniendo, hacia y desde el muelle precario, por el único camino asfaltado.
Cuando la vista consigue huir del horizonte inmediato y comienza a ver más allá descubre un mundo de montañas y glaciares, riachuelos de aguas que bajan frías y revolucionadas, otros productos del deshilo- que lo hacen más tranquilos, y un lago que se resiste a transformarse en valle, permutando las aguas de evaporación por las que le llegan de zonas vecinas.
Mas acá las huellas, con intervenciones poco ortodoxas, de la civilización y la minería. Materiales abandonados, restos que tardarán siglos en degradarse y cicatrices de maquinarias pesadas que provocan ayes de lástima y dolor.
Un hotel, quizás sobredimensionado para tan poca oferta, es la única referencia a un turismo incipiente, fundamentalmente constituido por caminantes, exploradores y montañistas que llegan en helicóptero o en las avionetas de Air Greenland.
126 groenlandeses habitan la ciudad de Narsarsuaq: Un área donde se desarrollan 240 especies de flores y plantas, con abundancia de focas y ballenas
Algo tiene que estar pasando desde la redacción de esta propaganda, porque en rigor a la verdad no se ven tantas flores ni plantas. Tampoco los enormes mamíferos marinos consiguieron mezclar su presencia con la nuestra.
Algo serio tiene que estar pasando para que el hielo se derrita de la forma en que lo hace, y la alegría de la vida se aleje de las costas.
Daniel Molini
Si es verdad lo que cuentan las crónicas, Erik el Rojo, uno de los primeros exploradores de las costas de Groenlandia, además de aventurero tuvo que ser un gran publicista.
Transcurría el año 900 y pico de nuestra era cuando el citado Erik abandonó Islandia. Desterrado tras una condena por homicidio, vagó por los mares del norte, hasta llegar a una isla que hizo suya: Greenland.
A pesar de ser blanca a fuerza de nieve y frío, Erik la bautizó Greenland: Tierra verde, quizás de allí lo de gran publicista- porque necesitaba reclutar colonos, o porque conocía a sus coetáneos, que sentían más atracción por aquellos tonos que podían alumbrar siembras u objetos comestibles, que por otros destinados a agradar a la vista.
Tras un alejamiento de tres años Erik el Rojo regresó a Islandia y consiguió setecientos pioneros que fundaron dos asentamientos pegados al mar, porque más allá de la costa el protagonista era, y sigue siendo, el hielo, que representa el 10 por ciento de la reserva de agua dulce del mundo.
Convertido el cuartel general de Erik el Rojo en restos testimoniales, la ciudad más vieja de Groenlandia es Nuuk, fundada en 1728 por un misionero -Hans Egede- que ha dejado su impronta en todo la región. Esculturas, iglesias y nombres de calles recuerdan al precursor, un adelantado en asuntos temporales y también en los del espíritu y la fe.
Antiguo centro religioso y comercial es hoy, con una población de 14.000 habitantes, la capital de Groenlandia.
Todavía se conservan, en el barrio colonial, casas de madera con techo a dos aguas, pintadas con colores vivos que hacen lucir, maravillosamente, el esplendor del tiempo pasado, al igual que los museos que atesoran artilugios de la antigua industria derivada de la ballena y su aceite: prensas, barriles, instrumentos de corte, maderas, aros metálicos.
Desgraciadamente, a pocos pasos del lugar donde perviven las tradiciones, la modernidad ofrece su rostro menos complaciente, en forma de edificios de muchas plantas o de muelles sin respeto por el entorno, conformando un muestrario perfecto de estulticia arquitectónica, que se atreve incluso a plantificar boleras como si fuesen un deporte autóctono.
Haciendo abstracción de los despropósitos, Nuuk está sembrada de símbolos y esculturas, representando figuras orondas, muy bonitas, extraídas del ideario colectivo y del folklore local.
El centro cultural Katuac demuestra que las obras, cuando hay vocación para ello, pueden ser modernas, estéticas y funcionales, armonizando con el espacio que las rodea.
El casco histórico se recorre en un periquete, y la caminata nos lleva a un mercadillo donde esquimales, la mayoría de ellos ancianos, ofrecen frutos de la tierra.
Si uno se limitase a observar sólo un trozo de ciudad, allí donde aparece el sello del siglo XVIII, podría considerar a Nuuk el destino ideal, con montañas, glaciares y el mar que lo contiene todo. Sin embargo, cuando la vista ensancha el horizonte y surge el hombre contemporáneo con sus intervenciones, el concepto de excelencia se nos desmorona.
Bastante más al norte de la capital, a una noche de navegación con el objeto de superar el Círculo Polar Ártico, se encuentra una localidad emplazada frente a la boca de un enorme fiordo de 40 kilómetros de longitud, que contiene el glaciar más productivo del hemisferio norte.
Su nombre: Ilulissat, que en idioma groenlandés significa iceberg. Allí viven 4500 personas y casi igual número de perros censados: samoyedos, huskies y malamutes, aprovechando la holganza del verano junto a sus camadas.
Tiempo tendrán, cuando cambie la estación, en mutar ocio por trabajo y cuidados de sus amos por servicios hacia sus amos, trasladándolos por kilómetros y kilómetros de senderos congelados.
Despertar en Ilulissat es abrir los ojos a un sueño, si esta expresión fuese posible. El barco que nos trajo esta rodeado de iceberg de todos los tamaños, en un mar azul de una transparencia inconcebible.
Una excursión imprescindible nos lleva a recorrer el fiordo, donde flotan cientos de témpanos enormes. Transparentes unos, blancos opacos otros, cortados a pico o fracturados en diagonal, dibujando bóvedas o túneles de muchos metros de altura.
De regreso a tierra nos queda tiempo para visitar los cementerios, dos, emplazados en los mejores lugares porque así lo exigen las creencias. Los difuntos reciben un tributo continuo, en forma de objetos preciados, además de flores, que se dejan en las tumbas.
En las calles nos acercamos a las costumbres de los lugareños, y volvemos a percibir algo constatado en Nuuk: los inuit parecen marginados. Quienes trabajan ocupan los puestos más bajos en la escala laboral, aquellos por los que los daneses no sienten ningún atractivo.
Los desocupados se abandonan por fuera de los centros comerciales, promocionando una especie de mendicidad que, sumado a la alta tasa de alcoholismo que padecen, habla de un tema que debe ser resuelto.
Knud Rasmussen, un grandísimo explorador, nació en Ilulissat, y la ciudad le dedicó un museo. De origen inuit estudió a sus hermanos, que llegaron a Groenlandia 3500 antes que Erik el Rojo. A pesar de ser los dueños de la tierra, muchos parecen haberlo olvidado.
Daniel Molini
El archipiélago de Cabo Verde, república independiente desde 1975, tiene la mitad de su población repartida por el mundo. Quienes no se marcharon, prendados de una tierra segmentada y sus tradiciones, miran con respeto a los que cantan, gozan y sufren por la patria desde la distancia, patria a la que, algunas veces, regresan triunfantes.
Los emigrados, que siguen pensando en criollo, saben que constituyen uno de los principales recursos de la economía caboverdiana, gracias a las divisas que giran desde los países donde fueron acogidos. De allí que las casas más significativas sean, precisamente, de retornados, que devuelven riqueza a las necesidades que les obligaron partir, sellando una vindicación trascendente que algunas veces sale bien.
Esa antigua costumbre de emigrar, que exigía un cumplimiento casi obligado, hoy amanece contenida por el turismo incipiente y todas las inversiones extranjeras dirigidas en ese sentido. No cabe duda de que las islas, volcánicas y deslumbrantes, parecen haber aplicado todas sus energías en ser bonitas en vez de productivas.
Los suelos, calcinados por el trópico en un mar de arenas y lavas, hacen pensar más en oro y minerales que en los frutos de la tierra o la agricultura. Ésta se limita al cultivo del café, plátanos y algo de maíz, práctica que se realiza siempre mirando al cielo, porque en los últimos anos llueve muy poco.
Fueron portugueses quienes constituyeron, en el año 1444, el primer asentamiento europeo en el trópico. Luego se aplicaron a una misión casi imposible: poblar las islas. Nunca lo consiguieron, como tampoco brindar prosperidad a sus habitantes, obligados a ver de cerca un infame tráfico, el de esclavos, que utilizaba el archipiélago como punto de avituallamiento de las naves que partían de África.
El territorio, fragmentado, de apenas 4000 kilómetros cuadrados, se compone de 10 islas que muestran su orgullo en la bandera, donde 10 estrellas doradas se disponen en círculo sobre un mar de azules con dos franjas blancas y una roja.
Aunque Praia, en la isla de Santiago, ostenta la capitalidad política, la hegemonía cultural parece residir en Mindelo, en la isla de San Vicente, ciudad pequeña, asentada entre colinas y montañas bajas, que muestra, a pesar de una austeridad que pretende invadirlo todo, una arquitectura digna y colorida.
Romina, una joven preciosa, con pelo ensortijado y risa grande, nos pasea por el centro y la periferia, mostrándonos el mercado, la zona de pescadores con sus puestos de venta al aire libre, y los lugares de artesanía.
Se entusiasma y nos entusiasma cuando describe plazas, Ayuntamiento, las referencias históricas y nos traslada al punto más alto, para que veamos desde él una antigua fortaleza- a su ciudad, ventosa y cálida, siempre amable.
Un camino de piedra, tallado con dificultad a lo largo de la isla, montañosa y volcánica, lleva desde Mindelo a Baia, ciudad de playas y festivales, de folklore y capoeira.
Es en agosto cuando Baia de Gatas engalana sus mejores propuestas compatibilizándolas con africanos y gente llegada de América, para gozar de una música que los invita a ser buenos, puros y sentirse mejor.
Lo mismo que el viento -que inclina y amarillea la vegetación- y el mar, las montañas y la arena, la música está presente en Cabo Verde.
Nuestra anfitriona nos cuenta que en su tierra no se concibe una vida sin música. Todo es música, y parecen tener el ritmo incorporado al idioma, que hablan como si fuesen maestros de percusión.
Cualquier ocasión es buena para cantar u oír cantar, y las gentes con sus instrumentos se reparten por bares, hoteles y locales públicos, donde actúan profesionales pero también espontáneos, sumados a la representación como si fuesen dueños de la orquesta.
Una canción tras otra, mientras una copa de groc, el aguardiente que se destila en el archipiélago, devuelve a su sitio los pelos de punta, a fuerza de escuchar sones que hablan de idas, venidas, sueños, padeceres, amores y distancias.
El mar es la morada de la nostalgia / nos separa de tierras distantes / Nos separa de nuestras madres, de nuestros amigos / Sin certeza de volver a verlos jamás
Manu, un taxista locuaz y buena gente, que luce una camiseta de la selección de Brasil, nos traduce los sonidos de la noche, y al tiempo que nos traslada por callejuelas de local en local, de música a música, nos habla de Cesaria Evora, de sus canciones, y recita versos en criollo, idioma que mezcla portugués, africano e inglés y retumba como una batucada.
En el último local de la noche, Manu nos presentó, casi en susurros y con mucha timidez, a una señora: La única mujer que manda en Cabo Verde, presidenta de la Cámara Municipal de San Vicente.
También ella apasionada del pentagrama, Isaura Gomes nos invitó a participar de un recital de una artista local, a su juicio indispensable: Jennifer. Luego, sin hacer proselitismo, nos aseguró que Cabo Verde es uno de los países africanos más seguros y con un sistema democrático encomiable, donde el presupuesto para educación multiplica por cuatro al de defensa, y la esperanza de vida es de 70 años.
En síntesis, y según sus palabras: Un país donde la gente ríe, ama y canta con alegría, porque quien no canta encanta y en Cabo Verde vivimos encantados.
Daniel Molini
Desde hace meses, muchos, no llueve en la cuenca del Amazonas.
Desde hace años, muchos, los hombres y sus máquinas están creando calvas en el mágico entramado forestal del Amazonas. Sin embargo, ni uno ni otro, ni la climatología adversa ni la avaricia desforestadora puede con la grandeza de este río, que anuncia el color que lleva en sus entrañas a muchísimos kilómetros de la desembocadura.
Nuestro viaje nos lleva desde Cabo Verde a Manaos, en un crucero donde el mar océano se continúa con la pasión fluvial, donde olas y profundidades dejan paso a remansos y camalotes.
Cuando el mapa de a bordo señala que estamos aproximadamente a 100 millas de la costa de Brasil, el agua comienza a adquirir un tinte amarronado. Los sedimentos que transporta el Amazonas tienen la capacidad de oscurecer el blanco de la espuma, como si los restos orgánicos, ese barro de vida imparable, pretendiese trascender el destino de río antes de morir, conservando todas las propiedades que lo hicieron grande, dulce y el más caudaloso del mundo.
Incorporados a su cauce al norte de Belén, no nos alcanzan los ojos para ver, desde el privilegio de un barco confortable, las costas y orillas, donde una batalla vegetal de verdes y ocres pugna por llegar lo más alto posible.
Alguna casita, construida sobre pilones de maderas ociosos, aparece de pronto en algún claro, para demostrar que siempre existen osados, aún en los sitios más recónditos.
Tras un día y poco de navegación río arriba, el horizonte, embotado de selva, se abre dando sitio a una ciudad, Santarém, en el estado de Pará.
De lejos parece un gran centro industrial donde muelles y silos adquieren protagonismo. De cerca, a pesar de las cúpulas celestes de la catedral y otras que recuerdan tiempos de colonia, se confirma la primera impresión, reforzada por el trasiego continuo de cargueros y máquinas pesadas.
Conocida por quienes la quieren bien- como la "Perla del Tapajós", Santarém es la segunda ciudad en importancia del estado de Pará, tras Belén, capital situada a 710 kilómetros.
Erigida prácticamente en el centro geométrico de lo que fuera patria de los indios tapajós, Santarém se emparenta con los ríos Amazonas, el propio Tapajós, Arapiuns, Curua Una, Moju y Mojui, y aunque parezca prisionera de agua proclama biodiversidad a los cuatro puntos cardinales.
Muy cerquita de su emplazamiento se produce un fenómeno interesante: el encuentro de los ríos, la unión de las aguas verdes esmeralda del Tapajós afluente con las marrones y lodosas del Amazonas.
Lejos de producirse una mixtura automática ambos cauces conviven sin mezclarse, componiendo, durante largo tiempo y trayecto, un hermoso lecho a franjas.
La gente llega de otras zonas de Brasil, y también de países limítrofes, a ver este capricho natural, que se repite en la zona de Manaos con un nuevo protagonista, el río Negro en lugar del Tapajós.
En rigor a la verdad, no todos los visitantes llegan sedientos de geografía, algunos lo hacen persiguiendo el tucunaré, pez muy bravo y predador que se convierte en un trofeo de lujo para los aficionados a la pesca. Otros, adoradores del sol y los baños templados, aprovechan las playas.
Algunas veces al año, cuando llega un crucero, Deyna se coloca una camiseta que tiene dibujadas tres banderas de Brasil y cambia su profesión de estudiante durante unas horas.
Convertida en guía turística se instala en la parte delantera de una barca de pescadores, y utilizando un micrófono que a veces se acopla, nos pone al tanto de las cosas que quiere. Santarém, con 340.000 habitantes, tiene 5 universidades, 2 de ellas federales y 3 privadas donde se puede estudiar ingeniería, medicina, derecho, fisioterapia, administración empresas y educación física. Los egresados consiguen trabajo fácilmente, porque en la región existe gran demanda. Gracias al aeropuerto internacional recibimos turistas de Guyana, México y Venezuela. Sin embargo, no estamos bien comunicados, no existen vuelos directos a ciudades importantes de Brasil. Las comunicaciones por tierra son muy malas, a veces pensamos que Santos, Recife y Río no quieren que se desarrolle nuestro puerto...
Deyna nos conduce al río Maica, para mostrarnos como viven esas personas sin zapatos que a veces salen en documentales. El río nos enseña su debilidad: márgenes con raíces desnudas, riberas antes cubiertas de agua y que ahora la miran desde arriba, animales domésticos flacos, chozas levantadas del suelo como una precaución que, en tiempos de sequía, parece desmesurada.
Mientras muestra una piraña y frutos tropicales, Deyna sigue explicando: Al no llover el caudal del río está afectado, el oxígeno de las aguas no se renueva y los peces mueren. En este bosque el clima es ecuatorial húmedo, caracterizado por altas temperaturas, de 22º C a 36º C todo el año. El régimen de lluvia es de noviembre a mayo, pero este año no ha llovido. Nunca llueve de junio a octubre, por supuesto, tampoco este año.
¿La causa?, no las sabemos, pero hay que decir que miles de hectáreas han sido sustraídas a la selva. El 47 por ciento de la masa forestal, en el estado de Pará, ha desaparecido, y en su lugar se cultiva soja, arroz, frijoles.
Existe tala ilegal, pero no la podemos controlar; sólo hay 3 técnicos, y sin helicópteros, sin barcos, es poco lo que se puede hacer.
Con el alma arrugada regresamos a Santarém, para ver el interior de la catedral, el mercado de pescadores y sobre todo la gente, agradable, buena, resignada, haciendo colas interminables para adquirir un número de lotería u otra más corta, enfrente del correo, donde un escribidor profesional redacta cartas a sus clientes.
Daniel Molini
Existen ciudades grandiosas, monumentales, contaminadas; ciudades oscuras, altas, frías; ciudades con un pasado guerrero, indigestas de cemento o entrañables.
Parintins pertenece a este último grupo, el de las ciudades entrañables, esas que se descubren por casualidad, gracias a un viaje que las propone como etapa, en un camino donde la meta se encuentra en otro sitio.
Decir Parintins es decir Brasil, interior, tuétano. Decir Parintins es nombrar un poblado hecho a fuerza de río y selva, en un recodo del Amazonas donde uno espera encontrar cualquier cosa menos una isla donde el euro cotiza a 2,7738 reales.
Fundada hace más de 200 años en los límites de los estados de Pará y Amazonas, entre Santarém y Manaos, Parintins podría presumir de belleza, pero no lo hace.
Sin embargo, ofrece reclamos: unos de agua y otros de tierra. Los de agua en forma de ríos, lagos y lagunas; los de tierra con troncos, fronda y una fauna prodigiosa, abanderada de la biodiversidad.
Si los atributos económicos pudiesen deducirse de acuerdo a lo que uno ve, con los ojos cómodos de un ciudadano que viaja con pasaporte de privilegio, Parintins debería definirse como pobre. Sin embargo, en cuanto el observador se pone las gafas de filtrar prejuicios, descubre riqueza por todos lados.
A bordo de una barcaza fluvial llegamos, prácticamente, al centro de la ciudad. Todas las naves son iguales, de tres pisos, austeras, con ventanales enormes, convertidas por un día en vehículo de turistas, debiendo regresar cuando concluya la escala- a sus funciones de trasladar gente, animales y cosas por los rincones más perdidos del Amazonas.
En el nivel superior se instalan los que viajan sentados, en sillas de plástico que parecen de bar; en el centro los que duermen en hamacas, y en el inferior, más cerca del agua, las mercancías.
En tierra nos esperaban con banda de música, banderas y un mercado de artesanía donde palpitaba el negocio, insignificante para el que llega comprando y tan importante para el que recibe vendiendo.
Nuestro programa incluía una celebración, la misma que "atormenta" a los nativos y convoca cada año, en la última semana de junio, a miles y miles de furiosos del ritmo, la danza y el color: el Boi Bumbá.
Aunque sus orígenes datan de una leyenda del siglo XVIII, el festival se realiza desde 1913.
La historia es simple, rara y con un argumento que parece de ópera por lo increíble.
Francisco y su mujer embarazada, Catarina, viven como esclavos en una hacienda. Presa de un antojo singular y ávida de nutrientes Catarina le dice a su esposo que necesita comer lengua de buey, pero no de cualquiera sino del más preciado, del mejor ejemplar de la explotación, el favorito del patrón. Para que el niño no naciese con cara de lengua de buey Francisco accede a satisfacer el deseo de su esposa, sacrificando para ello al animal.
El enredo continúa cuando el propietario descubre su muerte, la investiga y amenaza con graves represalias.
La aflicción de Francisco desaparece cuando un brujo, dispuesto a remediar lo irremediable, vuelve a dejar todo en su sitio resucitando al animal. Entonces comienza la fiesta de la resurrección del buey, y el pueblo de Parintins la representaba para nosotros, fuera de calendario.
En la celebración del Boi Bumbá participan todos los paritinenses, y lo hacen desde dos agrupaciones rivales: Garantido y Caprichoso.
Ambas son irreconciliables, no se hablan ni se citan por su nombre, usan y visten colores distintos que prolongan hasta las fachadas de sus propias casas, y cuentan con legión de admiradores que pugnan por pertenecer al cuerpo de baile o de músicos entregándose en los ensayos.
En el Curral do Boi Garantido, donde llegamos con escolta de lujo, Garantido nos recrea su función anual, un derroche coreográfico donde los decorados y la puesta en escena parecen de otra galaxia.
Figuras enormes, con plumas o sin ellas, elevándose junto a bailarines con el único fin de demostrar quién vuela más alto, con más colorido, quién baila más y mejor en una competición en la que todo el mundo sale beneficiado.
Cada año se repite lo mismo, 35000 personas en el Bumbódromo, mitad Garantido, mitad Caprichoso, que aguardan en silencio o participan del éxtasis según intervenga el grupo contrario o el propio.
Cada año, a finales de junio, el buey es devuelto a la vida y Parintins lo festeja, tanto, que hasta las cabinas de teléfono llevan cuernos y jorobas.
La fascinación que produce el lugar no necesita de ningún brujo para renacer, se mantiene intacta avivando las ganas de regresar.
Si eso ocurre no podrá obviarse una nueva visita a la Catedral de Nuestra Señora del Carmen, la iglesia del Sagrado Corazón o la de San Benedicto, entre otras cosas porque son consideradas, por los nativos, sus mejores atracciones.
Daniel Molini
Cuando uno llega a la ciudad de Manaos por caminos de agua, o se aleja de ella a través de una carretera muy pero muy recta, comprueba que su horizonte está tallado a base de industrias, edificios no muy altos y un par de cúpulas sin complejos de grandeza.
La alegría del arribo se proyecta a una construcción amarilla, rectangular, rodeada de muchos árboles como si pretendiese disimular su vocación trascendente: la catedral erigida en honor de Nuestra Señora de la Concepción.
Emplazada a pocos metros del puerto y su muelle flotante, se llega a ella atravesando una plaza ocupada por miles de personas, ociosas unas, ocupadas otras, en cualquier servicio imaginable: de manicura, pedicuro, arreglo de calzado, venta de hielo, tarjetas telefónicas, golosinas, agua, fruta o guaraná.
Si no fuese una exageración podría decirse que gran parte de la población de la capital más de un millón- está concentrada en dicha plaza, dando vueltas, consumiendo, riendo o viendo pasar el tiempo, conformando un conglomerado donde late la humanidad con todos sus olores y colores.
Vista la plaza y la catedral, se debe continuar por los alrededores para ver de cerca la Aduana y, desde otra perspectiva, el muelle flotante, prodigio arquitectónico que sorprende, incluso, a los prevenidos.
Cuando uno piensa en Manaos pone a navegar la mente por ríos caudalosos, la invita a percibir los vapores del caucho cuando está siendo ahumado, la obliga a postrarse ante la naturaleza y el milagro de la diversidad.
Fundada en 1669, en el mismo lugar donde existía un baluarte portugués, la capital del estado de Amazonas, el más grande de Brasil, ofrece muchos motivos para permanecer en ella, y además, como es generosa, convida a descubrir otros fuera de sus límites: allí donde vive el río, allí donde aguarda la selva.
A pesar de estar situada en el corazón de la reserva forestal del mundo, Manaos es una ciudad con pocos árboles, como si sus gestores tuviesen vergüenza de mezclarlos con el asfalto de las calles.
Cuando se habla de referencias imprescindibles, esas que necesariamente deben ser vistas, los lugareños sacan pecho, sabedores de que cuentan con un patrimonio riquísimo por el que sienten un orgullo especial.
El Palacio Río Negro, antigua mansión de tiempos de la colonia, situado en la Avenida 7 de Septiembre, es un claro exponente. Allí funciona un centro de exposiciones, pinacoteca y museo, y las obras de arte deben competir con un interior que derrocha armonía, maderas lustrosas y buen hacer.
El Teatro Amazonas, al que la mayoría cita como la Ópera de Manaos, es otro representante. Fue inaugurado en 1896, época de esplendor de la ciudad, donde el látex se convertía en mármol y los divos de la música alternaban con nombres importantes y multimillonarios.
Podría considerarse que las butacas, 700, son las estructuras más austeras de este monumento arquitectónico, donde todos los materiales utilizados en la construcción viajaron desde Europa, igual que muchos de los artistas que lo decoraron convirtiéndolo en un coliseo de referencia mundial.
Nelson, nuestro guía urbano, nos garantiza que el turismo, en el estado de Amazonas, es superlativo. Aproximadamente el 20 por ciento de las especies animales del planeta, y una de cada cinco plantas del mundo, se desarrollan allí. Tras las explicaciones nos pierde y nos encuentra en el Mercado Municipal Adolpho, edificio singular de hierro forjado que alberga alimentos y artesanía.
No alcanza el día para ver tanto como hay que ver, más aún cuando se sabe que la noche debe ser respetada porque a la mañana siguiente toca selva, imprescindible selva, donde el nogal se hermana con el castaño, las raíces con las lianas y el agua encalmada sostiene nenúfares gigantes y pajaritos de pico largo que se posan en ellos.
En este entorno surgió, a finales del siglo XIX, el despegue de la región, gracias al árbol del caucho.
Manos diestras practicaban surcos a su corteza, sin herirlo demasiado, para conseguir lágrimas de savia muy parecida a la leche. Los canales confluían en un punto donde era recogido y luego ahumado, dando fin a un proceso el de la vulcanización-, que pasó a ser historia cuando la producción fue trasladada a plantaciones remotas.
De ese modo llegó el ocaso a la región: un abandono que se mantuvo durante lustros, hasta que en 1967 fue declarada zona franca y regresó el dinero.
Todo lo que sucumbía de olvido comenzó a ser restaurado y hoy nos sorprende por su belleza.
Nadie debería marcharse de Manaos sin ver, desde la borda de una lancha cualquiera, la unión de los ríos Negro y Amazonas, lugar que convierte la confluencia en un espectáculo de dos colores, hechos de cerámica y barro uno, de negritud y profundidad el otro.
Las aguas tardan en mezclarse porque tienen propiedades distintas. La temperatura más caliente el Negro-, la densidad más denso el Amazonas y la velocidad más rápido el Amazonas - consiguen que ambos cauces marchen juntos pero no revueltos, que sus espumas sean distintas, ofreciendo imágenes difíciles de olvidar y dignas de ser preservadas.
Cuando los indios manaos, que luego darían el nombre a la ciudad, habitaban estas tierras, los torrentes estaban limpios y llenos de vida, los árboles no tenían enemigos y llovía cuando tenía que llover.
Siglos después las cosas han cambiado: no quedan indios, los peces mueren, la selva se queda calva a fuerza de incendios y desaparecen especies. Deberíamos poder hacer algo más que lamentarnos.
Daniel Molini
Su nombre no tiene ninguna relación con señoras que aterrorizan o escobas que vuelan, sino que se traslada mucho más allá, hacia el tiempo de las palabras olvidadas, cuando el término se utilizaba para designar a un desembarcadero o sitio de atraque.
Sin embargo, algo tiene que ver Brujas con la magia. Pocos lugares concentran tanta fascinación y belleza entre sus muros, y en cuanto uno llega queda prisionero de un conjuro que le hace perder el norte y deambular de un lugar a otro, descubriendo asombro tras asombro.
Los brujenses, o como se llamen los nativos, lo saben perfectamente, por eso muestran su ciudad con satisfacción, participando de los comentarios con modestia: La verdad es que sí, que es bonita, y eso que la está viendo en invierno, si la viera en verano... Independientemente del medio que se utilice para llegar a esta tierra de aguas y ladrillos vistos, de casas escalonadas y castillos, uno terminará, fatalmente, caminando, porque ver Brujas de otro modo debería estar prohibido.
El agua tuvo mucho que ver a lo largo de toda su historia. Fue el agua hecha río quien permitía en la antigüedad la llegada de barcos y mercaderes de toda Europa. Uno de los pioneros fue Arnolfini, cuyo nombre y aspecto de banquero rico pasó a la posteridad transformado en arte gracias al pincel virtuoso de Jan Van Eyck, quien en 1434 lo pintó con un sombrero negro junto a su esposa. Más de 500 años después su presencia sigue vigente en las paredes de la National Gallery de Londres.
Los comerciantes dejaban en Brujas especias y productos exóticos y se llevaban los mejores paños de Flandes. Años de esplendor, fiestas y obras, de trabajo para muchos y oropeles para algunos. Los ricos se permitían el lujo de ser espléndidos, proponían obras o actuaban de mecenas, quizás para expiar la culpa de tantas fatigas y sudores de gente sometida al rigor de los telares. Un ejemplo es el noble que compró una escultura de Miguel Ángel, la única de su tiempo fuera de Italia, y luego la donó a la iglesia de Notre Dame, donde ocupa un altar lateral.
Sin embargo, el declive espiaba el amanecer del siglo XV. Inglaterra comienza a fabricar telas de buena calidad, con colores y texturas parecidas y más económicas, Brujas languidece y otros puntos cercanos le disputan la hegemonía: Bruselas, Amberes, Malinas.
El mar del norte distante apenas veinte kilómetros- como si hubiese enfermado de voracidad de tierras y arenas, a través de continuas crecidas dejó el puerto inutilizable. Competencia y fenómenos meteorológicos hicieron desaparecer la bonanza, y en el siglo XVI la miseria se instala en toda la región, propiciando una edad media que se hizo prolongada.
Las máquinas vinieron a recomponer, siglos después, los desarreglos de la naturaleza, consiguiendo devolver la navegabilidad a los ríos y con ello el resurgir.
Hoy la ciudad está protegida, por eso los visitantes que llegan en autobús deben descender en las afueras, en un sitio donde estaba el antiguo puerto: el Lago del Amor.
Un par de puentes después, y dejando a un convento y varios jardines a los costados, el caminante accede al centro del casco histórico.
El convento es un compendio de historia y tradiciones. Está ocupado por 20 monjas benedictinas que se dedican a la enseñanza.
Habitada por ciento veinte mil personas, la ciudad del chocolate, las puntillas y las casas del siglo XV fue declarada, en 2002, capital europea de la cultura.
Los lagos y canales se empeñan en ofrecer, aquí y allá, una imagen suficientemente atractiva para no contradecir a los tantos que se empeñan en considerarla como la Venecia del Norte. Quizás le falten góndolas, pero le sobran paisajes, que se renuevan en cada esquina, a la vuelta de cualquier jardín, con árboles que se reflejan en espejos donde nadan patos ociosos.
En invierno llueve y deja de llover caprichosamente. Los paraguas se convierten en compañeros inseparables, que nunca deben impedir la visión cenital, porque arriba tres hitos arquitectónicos reclamanan nuestra atención: el Atalaya, la torre de San Salvador y la de Notre Dame, que con sus 113 metros de altura gobierna la ciudad con la soberbia de los que se saben altos.
Por abajo, dos plazas principales: la Grand Plaza, dibujada perimetralmente por edificios multicolores, y la que referencia al Ayuntamiento, vecino a la capilla de la Santa Sangre.
Cuenta la tradición que un conde de Flandes de nombre Teodorico- recibió una reliquia importantísima en premio a su valor durante una cruzada. Se trataba de la Santísima Sangre y la trasladó a Brujas desde Tierra Santa. En el edificio, uno de los pocos edificios religiosos de estilo románico de la región, se la custodia con todos los honores.
Todos los años, en el día de la Ascensión, la Reliquia es paseada por las calles en una procesión donde los participantes visten prendas típicas, entreverando colorido con solemnidad.
No hacen falta mapas para guiarnos en Brujas, todo está al alcance de nuestros sentidos, tampoco hace falta seguir itinerarios rígidos porque igual terminaremos perdidos entre sabores, manualidades y los ciento de reductos donde late el pasado.
Por muy exigentes que seamos al calificar ciudades Brujas siempre nos parecerá una ciudad de lujo.
Daniel Molini
La Grand Place de Bruselas, sin objeción, es el mejor sitio para comenzar una visita turística a la capital de Bélgica. Allí se encuentran monumentos emblemáticos, que cuando uno los ve por primera vez parecen conocidos, porque la arquitectura, cuando es perfecta, se muestra en fotos, artículos, películas y a pesar de estar quieta consigue dar la vuelta al mundo.
A partir de la plaza se puede iniciar un periplo que casi siempre concluirá en el punto de inicio, porque la Grand Place, Plaza Mayor, o Grote Markt, Patrimonio Mundial de la Humanidad, seduce, atrae y se queda con la última palabra.
Si tuviéramos que destacar algún edificio de ese conjunto espectacular deberíamos fijarnos en el Ayuntamiento y la Casa del Rey. El Ayuntamiento, con su torre gótica de más de noventa metros que gobierna el centro de la ciudad, es el único que permanece igual que como fue creado en origen, ya que soportó en pie y sin claudicar el bombardeo de las fuerzas francesas en 1695. Del resto no se puede decir lo mismo, aunque la reconstrucción del entorno tras los conflictos se hizo de tal modo que conservan la armonía que le imprimieron sus creadores.
A uno no le alcanzan ojos para aprehender todos los detalles, exigiendo al cuello una flexibilidad que a veces no está dispuesto a regalarnos, dejándonos una especie de contractura que podría denominarse del viajero ansioso.
En la Casa del Rey se encuentra el Museo de la Ciudad de Bruselas, donde se exhiben obras de artes y también el amplio vestuario del Manneken Pis, célebre icono de mármol de la ciudad e infatigable miccionador, ya que desde 1691 ha convertido su chorrito en una de las fuentes más concurrida del mundo. Y en derredor las casas gremiales, que compiten entre ellas en esplendor y belleza.
Tras la fascinación inicial se pueden seguir distintos itinerarios. Si la exigencia demanda cultura no hay ningún problema por cuanto muy cerca existen museos donde se muestran casi todas las actividades de los hombres en los campos del arte, de la ciencia o de la industria.
Cualquier guía, por muy elemental que sea, nos van a recomendar sitios imperdibles como el Antiguo Palacio de Bruselas, la Colección farmacéutica Albert Couvreur, la Casa de Erasmo, el Museo de Arte Antiguo, el de Arte Moderno.
El visitante tendrá que jerarquizar, pues aquí o allá esperan otros sitios atractivos, como los museos de esgrima, de medicina, de la imprenta, de instrumentos musicales, de la cerveza, de farmacia y plantas medicinales, del cine, del juguete, de coches antiguos.
Bruselas tiene contenidos de lujo en sus espacios cerrados, pero la ciudad también es continente: sus paseos y jardines son una delicia. Los nativos aseguran que si se pudiesen sumar la zona verde de capital y aledaños se obtendría un tamaño de naturaleza espectacular, superior al de cualquier otra metrópoli europea.
En el ano 1991 un concejal del ayuntamiento tuvo una idea interesente: organizar una ruta del comic y las historietas. Recorriéndola se pueden ver frescos y pinturas vinculadas a muchos personajes de ilusión y sus argumentos. Destaca, omnipresente, Tintín, para satisfacción del millón de habitantes que reside en la ciudad que lo consideran un auténtico héroe.
Los interiores de las catedrales de Bruselas, como la de San Miguel y Santa Gudula en el Barrio Real, ofrecen el gótico más exquisito. Los interiores, repletos de piezas de madera tallada, llaman poderosamente la atención. Baptisterios y púlpitos adoptan formas imposibles. De tal modo aparecen labores lustradas y pulidas donde frutas, animales y objetos caprichosos compiten en perfección, haciendo posibles escaleras que parecen conducir al mismísimo cielo o retablos que lo representan.
Arte por todos lados, religioso, antiguo, moderno, en forma de iglesias, palacios y una arquitectura alzada para conmemorar la capitalidad política de Europa.
Lo bueno es que todos los estilos suman, como el art nouveau del que Bruselas es un exponente en el mundo entero. Maderas, piedras, cristales, hierros forjados se dan la mano para que el paseo concluya, se vaya por donde se vaya, con alegría.
Si los diferentes atributos arquitectónicos llaman la atención, las variedades de cerveza que se pueden degustar hacen lo propio. No sé si es una exageración, pero se dice que en Bélgica uno podría beber cerveza todos los días, sin repetir, al cabo de un año, la misma marca.
La ciudad que desde 1958 recibe a todos los parlamentarios europeos, se fundó sobre una isla pantanosa del río Senne, de allí su nombre, que deriva de la palabra flamenca «brock», que significa pantano, y «sali», que quiere decir edificio.
Cuesta creer que todo lo que está en pie desde el siglo XV haya tenido ese origen. El rey Leopoldo II (1865 -1909) hizo lo posible para que la austeridad inicial mutase en lujo y brillo por todos los rincones.
Su nombre se reparte por todos los puntos cardinales y su firma aparece sin complejos en palacios, arcos de triunfo, parques y ornamentos, dando testimonio de una época grandiosa y colonial.
Duele pensar que ese traslado de riquezas y fortunas de un África sometida haya servido para gestar una gloria personal.
De todos modos, haciendo abstracción de Leopoldo y el expolio, Bruselas merece la pena.
Daniel Molini
A sólo cincuenta kilómetros de Bruselas se alza una ciudad que ofrece su estandarte flamenco con sereno orgullo: Gante.
Lo primero que escucha la gente cuando llega a este lugar es que aquí, en 1590, -un siglo después de su época más floreciente- nació para la historia Carlos I de España y V de Alemania.
Hoy, cuando ya quedaron atrás los tiempos de dominios extranjeros, de fortificaciones y murallas, de esplendor y ocaso, las flores, -además de las banderas- llaman la atención del visitante.
Cada año, en el mes de agosto, miles y miles de begonias consiguen dar color a las plazas, propiciando imágenes dignas de ser exportadas.
Muy cerca del centro de las fragancias y los colores, pero no a la intemperie, sino dentro de la catedral de San Bavón donde fue bautizado el emperador, existe otros reclamo, éste pictórico y cultural, venerado y protegido: La Adoración del Cordero Místico.
El cuadro se conserva en el baptisterio desde 1423, fecha en que los hermanos Van Eyck, Huber y Jan, legaron las 284 figuras que lo componen, como si estuviesen iluminadas por muchos astros, a la humanidad.
A pocos metros de esa capilla donde se perpetúa el arte, se expone un púlpito tallado en mármol y madera que probablemente convierta las prédicas en algo fuera de lo común.
Más allá del templo, con una fachada que no impresiona y una torre que sí lo hace, construido en los albores del segundo milenio en honor a San Bavón, apelativo cariñoso de Albino, que murió como un asceta a finales del siglo VII, se abre una plaza que tiene en el centro una estatua, una de las tantas que en Bélgica homenajean a hombres de letras, eruditos, o industriales que aportaron algo a la sociedad, como la que recuerda al precursor de los telares.
Desde cualquier punto se divisan torres o cúpulas, que realzan actividades temporales o elevan las que aspiran trascendencia, como las del Ayuntamiento, la iglesia de San Nicolás, o la abadía de San Pedro.
La universidad y el puerto sobre el río Escalda, el segundo en importancia de Bélgica, conectado con el mar por el canal de Gante, son otros reclamos de esta ciudad, que en algún momento de su historia fue considerada la segunda más importante de Europa.
Parece mentira que estando donde está, gracias a ese canal de 200 metros de ancho y 14 de profundidad, puedan acceder a sus muelles barcos de 90 mil toneladas, o que la vía de comunicación consiga enviar emisarios hasta la cuenca del Rhin, surtiendo materiales a industrias del acero o almacenes de granos y recibiendo otros insumos..
250 mil habitantes componen el censo de esta población adornada con banderas, algunas amarillas que realzan leones negros, con una arquitectura que conserva el gótico laborioso del siglo XV y restos del siglo XIII, como el Castillo de los Condes de Flandes. Construido a finales del 800, cuando Gante nacía y necesitaba defenderse de los invasores, hoy ocupa el centro de la ciudad.
A lo largo de su existencia tuvo múltiples usos: residencia, casa de la moneda, fábrica, prisión y cuartel de bomberos; hoy se custodian en él los archivos de la ciudad.
A lo largo de canales y ríos se pueden ver exponentes de buena arquitectura, como el Palacio de Justicia, la Iglesia de San Miguel con su torre gótica tardía nunca terminada, o las casas fundadas por diferentes gremios en épocas distintas.
Estas maravillas escalonadas, de factura portentosa y destinadas en su origen a barqueros, recaudadores o albañiles, invitan a la contemplación, igual que lo hace la torre de Belfort, coronada por una veleta, y que compite en altura con las torres de San Bavón y la de San Nicolás.
Cerca de allí está el mercado de tejidos y una residencia nobiliaria antigua que pasó a ser hilandería, transformada hoy en museo de instrumentos de tortura.
El río Escalda, al que se le une otro de menor caudal, el Lys, dividen Gante en muchos barrios sin complejo de islas, pues se conectan gracias a más de un centenar de puentes tendidos en épocas diferentes, utilizando materiales y diseños variados.
Fundada por los romanos, la historia de la Gante registra intrusiones y defensas heroicas, revueltas y sometimientos. Los siglos vieron suceder a vikingos, españoles y franceses, alternando períodos de sangre con otros de bonanza económica, donde la industria hecha paño se exportaba a todos los rincones del mundo.
Los ganteses miran con respeto ese rico pasado, aún aquel que se escribió con dolor, pero no lo consideran un hito insuperable.
Quizás por eso convivan, en los sitios públicos, referencias a penas capitales y ajusticiamientos del siglo XV con restaurantes y luces de neón.
Gante derrocha artesanía, arte y lugares de interés y su centro medieval bien merece una visita, que se agradece mucho pues se completa caminando.
Daniel Molini
Si a los treinta millones de pasajeros que llegan cada año al aeropuerto de Gatwick le sumamos aquellos que aterrizan en Luton o Heathrow obtendríamos un resultado impresionante, digno de mencionar en los libros de las exageraciones.
Si además a esos números asignáramos contenido: idiomas, credos, colores y cultura, comprenderemos por qué Londres es la ciudad más cosmopolita y una de que cuentan con mayor bibliografía en el mundo.
La gente que la descubre lo hace interpretando una fantasía adquirida a lo largo de años de lecturas, películas y documentales, sabiendo perfectamente lo que tiene que ver o buscar.
En el caso de abrigar alguna duda puede echar mano de los mil hitos donde informarse, porque Londres es la ciudad turística por antonomasia, a la que absolutamente a nadie le importa regresar, independientemente de las veces que haya estado.
Fuera del circuito habitual, ese que lleva a visitar símbolos tan conocidos con forma de torres, puentes, castillos, palacios o catedrales, la capital del Reino Unido ofrece un riquísimo patrimonio, quizás menos glosado pero digno de ser conocido.
Ya se sabe que al pueblo inglés, muy suyo, no le duelen prendas cuando tiene que convertir un capitulo de su historia en algo culminante, por eso Londres está repleta de monumentos, esculturas, memoriales y placas que participan al visitante de un hecho que en algún momento fue significativo: un acontecimiento, un estreno, o el sitio donde vio la luz alguien que después se nutriría de ella, de la luz, para trascenderla en una obra.
Políticos, ensayistas, historiadores, militares o artistas ocupan un espacio importante, demostrando como se debe guardar la memoria de los grandes, perpetuándola a través de generaciones.
Aquí nació el último virrey de la India, allá estudiaba el general Charles De Gaulle la forma de poner fin a la ocupación de Francia, acullá Florence Nightingale iniciaba los trabajos que la llevarían a ser una figura gigantesca de la compasión y la solidaridad.
Pasear por las calles de Londres, perdiéndonos en ella, siguiendo cualquier camino marcado por la intuición, puede depararnos sorpresas inolvidables, como encontrar el lugar donde Sir Alexander Fleming descubriera la penicilina, donde el general don José de San Martín superaba sus días de niebla o el poeta Rimbaud imaginaba sus metáforas en el tiempo en que fueron londinenses.
Cualquier barrio es bueno para iniciarse en esta práctica de espiar referencias, da igual que se trate del centro o la periferia, que se esté sumergido entre los escaparates y ofertas de Oxford o Regent Street, o refugiado en las sombras que ofrecen los paseos más exclusivos.
El inicio de esta aventura no implica ningún riesgo, por cuento siempre va a aparecer a un lado o a otro de nuestro camino, un círculo azul con letras blancas que nos ilustre sobre algún hecho interesante.
Plazas, jardines y plazoletas podrán interponerse en nuestro camino, y no debería preocuparnos porque también ellos tienen escritas sus historias en carteles generosos: En 1622 Henry Jermyn, Conde de St. Albans, obtuvo un trozo de tierra en Londres, en un área conocida como St. James, y comenzó a desarrollar nuevas residencias. Primero construyó una plaza rodeándola de calles, luego llamó al arquitecto Christopher Wren el mismo que participó en la Catedral de San Pablo- para que diseñase una iglesia.
Ésta es la iglesia de St. James, consagrada el 13 de julio de 1684 y que puede ser observada en el 197 de Piccadilly..., justo enfrente de uno de los árboles emblemáticos de la ciudad.
El infaltable cartel ilustrador lo señala como catalpa, nombre de evocaciones indias y americanas, poniéndole el apellido bignoniades a su nombre principal: Indian Bee Tree St. James Church.
Mil referencias se ofrecen a la curiosidad, homenajeando a las artes, recreándonos momentos de inspiración, raptos de genialidad, y, no pocas veces, frustración, en síntesis, dando cuenta de hechos culturales riquísimos que suelen escapar a los recorridos habituales.
Tanta es la cultura por descubrir, tantas las historias dignas de ser actualizadas, tantos los lugares por visitar que esta capital, más que un viaje, requeriría un traslado.
Un hombre cansado de Londres es un hombre cansado de la vida, pues en Londres se encuentra todo lo que la vida puede ofrecer dicen que dijo Samuel Johnson.
La cita del célebre escritor y ensayista originario de Lichfield, que manifestaba su admiración por Londres a mediados del siglo XVIII, todavía tiene perfecta vigencia.
Daniel Molini
Pocos países del mundo se empeñan en ser tan exagerados como Canadá: más de diez millones de kilómetros cuadrados de superficie, 38 parques nacionales, alguno más grande que muchas repúblicas, 4 áreas de conservación marina con tristísimas excepciones si uno se llama foca-, 244.000 kilómetros de costa, y una provincia, Nunavut, donde residen esquimales, al menos aquellos que pueden seguir presumiendo de ese nombre.
Nuestro destino perpetúa el nombre de George Vancouver, un capitán inglés que reclamó territorios para el imperio británico. La fascinación comienza pronto, en el propio aeropuerto de llegada, Fairmont, una maravilla de luz y diseño.
Cristales, maderas y cascadas de agua parecen querer demostrar las riquezas del país. Quizás por eso la lentitud para superar los rigurosos trámites migratorios.
Por suerte el tiempo pasa pronto mirando esculturas volantes, tótems y estructuras que penden sobre cables, como una réplica del avión diseñado por Leonardo que parece esperar una brisa para soltarse de sus amarras.
Ya en la ciudad uno sabe que está muy cerca del mar porque el trazado de las calles intentan abrazarlo. El muelle es enorme, y allí está instalado el Canadá Place, el único pabellón que quedó en pie tras la Expo Universal de 1986, sitio visitado por viandantes, cientos de gaviotas y cuervos.
El centro es atractivo, limpio y moderno, repleto de rascacielos que mezclan cristales espejados con mucha vegetación, porque el espacio en América del Norte no es tratado con avaricia. La mayoría de los edificios tienen galerías en sus fachadas, fuentes, jardines o esferas de cristales, donde se mezclan el buen gusto con el dinero, y el poder con la gloria de los arquitectos.
Toros esculpidos, piedras alegóricas labradas y metales brillosos, en síntesis tradición entreverada con modernidad. En la avenida Córdova se descubren, mirando para arriba, techos verdes como el cobre viejo y farolas adornadas con flores naturales. Allí aguarda una gloria arquitectónica que pertenece a la Hudson Bay Co., compañía que en tiempos de colonia fue dueña de gran parte de las tierras.
Caminando despacito se descubren hitos como el hotel Vancouver, una exageración de buen gusto que ocupa toda una manzana y abre sus puertas a reyes y mandatarios.
Muy cerca de allí está el pintoresco barrio de Gastown con la estatua de su fundador, un tal Gassy Jack que aparece montado sobre un tonel de whisky. Una inscripción aclara: 1830/1875, por lo visto el período más remoto al que nos lleva la historia del lugar. Antes de desplazarse a la calle Robson, Gastown de allí la alegría del señor del tonel- era el centro de la vida nocturna.
A un tiro de piedra de Gassy Jack, en la intersección de las calles Combie y Water, existe un reloj de vapor. Desde hace lustros despierta alegrías en forma de pitos cada quince minutos, reservando las horas justas para transformar su sonido en un remedo de tren. Según la literatura turística es el único ingenio de su tipo en el mundo.
Un mirador que gira, instalado en la Harbour Tower a modo de restaurante, permite ver los límites de Vancouver,
Transcurriendo por la calle Burrard en sentido opuesto al mar se atraviesa el puente del mismo nombre, accediendo tras un corto trayecto- a la Universidad de British Columbia y al Queen Elizabeth Park.
El parque tiene dimensiones inconcebibles. Desde allí -los nativos le llaman la pequeña montaña- se disfruta una vista panorámica muy buena, prácticamente en todas direcciones.
Una escultura de Moore, de las tantas que parecen sembradas en la naturaleza, muestra los sugerentes volúmenes que utilizaba el maestro para deslumbrar con su arte. Lleva por título Kuafe Edge
Ya de regreso al centro, discurriendo por la calle Georgia, se llega al Puente de los Leones. Pero antes puede verse el Narrow Building, uno de los edificios más estrechos del mundo y el mercado chino, con frutos de todas partes.
La comunidad china es muy importante en Canadá. Llegaron al país nada más empezar las obras del ferrocarril y poco a poco se convirtieron en un grupo étnico preponderante. Tras la descolonización de Hong Kong se multiplicaron, otorgando colores y sabores nuevos a una población que supo integrarlos.
Por la misma calle Georgia se llega al Stanley Park, 400 hectáreas de verdes, con lagunas, clubes, zoológico, restaurantes y paseos. Es el mayor parque ciudadano de Norteamérica, con una estatua de Robert Burns, una de las cuatro que existen en el mundo, y una instalación de tótems interesante, la mayoría de ellos con relieves en forma de águila con las alas desplegadas, lo que en idioma indio expresaba un modo de dar la bienvenida.
Están tallados en cedro rojo y reproducen animales: águilas, considerados los reyes del aire; ballenas, dueñas del mar y lobos, como genios de la tierra.
Saliendo del Parque Stanley por el Puente de los Leones, se puede observar un cañón que dispara al muelle balas de fogueo, todos los días a las nueve en punto. El nombre del puente se debe a los leones de bronce que custodian su entrada. Mide 1,5 kilómetros y fue regalado a la ciudad en 1936 por el señor Guiness, que quería llegar de manera fácil a las propiedades que tenía al otro lado del False Craik.
Divide al centro de la ciudad con la parte oeste, y desde él se ven montañas de azufre, minerales y cereales esperando en los muelles su turno para ser exportados. Vancouver no se agota en un par de días; sus alrededores ofrecen encantos de mucho interés. Baste señalar sólo dos de ellos: Capilano y Grousse Mountain, que reclaman su propio protagonismo.
Daniel Molini
Después de una visita a Vancouver, y utilizándola como lanzadera turística, se imponen algunas excursiones por tierra y mar: Capilano, Grousse Mountain y la isla Victoria.
Capilano es un cañón profundo, muy profundo, que presta su lecho a un río transparente. Un puente lo salva, el Capilano Suspension Bridge, tensado entre ambas riberas con hilos de acero. Su plataforma de madera, acostumbrada a moverse al compás de los caminantes, presume de ser el puente peatonal más largo del mundo.
La zona es una especie de parque temático, administrado por una empresa que ofrece distintos atractivos: jardines, lugares donde tallan tótems, museos y tiendas varias.
El turismo propicia actividades mercantiles dirigidas al beneficio, en este caso exacerbado por la belleza del lugar, donde se suman cimas y simas, agua, aire limpio, claridad y verde por donde se mire.
Cerca del puente existe un criadero de salmones donde se reproducen distintas variedades, algunas de ellas con nombre poéticos como arc en cielo de verano o arc en cielo de invierno. Los salmones pueden ser vistos, a través de cristales, nadando corriente arriba en busca del origen de la vertiente cristalina. No saben los pobres que en ese sitio, lo único que conseguirán conforme vayan saltando cascadas, es ir creciendo en tamaño, hasta quedar prisioneros en unas piletas desde donde partirán para repoblar ríos.
Criaturas sacrificadas los salmones, empeñados en regresar, siempre pugnando contra de la ley de la gravedad y todos los depredadores con tal de desovar en el mismo lugar donde nacieron.
Desde la piscifactoría a la montaña Grousse no hay un largo trecho. Ya en el sitio un funicular moderno eleva a los visitantes hasta la cumbre, reemprendiendo desde allí un segundo vuelo en aerosilla, con el objeto de disfrutar de un panorama donde la protagonista es la naturaleza. Toda la instalación, que en invierno se utiliza como estación de esquí, está decorada con tallas.
Águilas, osos, zorros, leñadores, cabras y montañeros hechos en madera, labradas con una precisión milimétrica, sobre todo teniendo en cuenta que los trabajos fueron efectuados por un solo hombre, sobre troncos de la zona y simplemente con sierra eléctrica.
Victoria, capital de la provincia de British Columbia, situada en el sureste de la isla Vancouver, exige dedicación plena.
El traslado desde Vancouver ocupa 90 minutos de ferry. El atraque es en la bahía Schwartz, que se abre a una isla de 500 kilómetros de longitud por 100 de ancho, considerada por algunos como el Caribe del Norte. En ella existen lagos que no se congelan en invierno y permite la llegada de hidroaviones durante todo el año.
En la ciudad se llega primero a la catedral de St. Andrews, repleta de turistas, austera en comparación con otros edificios que destacan; el Parlamento y el hotel Empress, con un diseño elegante y muy lujoso, donde vivió muchos meses el escritor Rudyard Kipling.
Un bar del mismo lleva el nombre del ganador del Nobel de Literatura de 1907.
A un costado, en una plaza que fabrica ardillas, crece un árbol al que habría que rendir culto. Su tronco tiene una tonalidad roja, y si uno lo acaricia un poco, despegando una corteza muy delicada, muestra una superficie color verde pistacho. Las ramas abiertas parecen dejar espacio suficiente para que jueguen todos los pájaros del lugar.
Victoria es elegante, luminosa, repleta de flores y de casas de maderas pintadas con colores vivos. El puerto es chiquito y los negocios compiten para hacer los escaparates más atractivos.
Dando al paseo ribereño, y por lo tanto frente al hotel y muy cerca del Parlamento, se alza una estatua de James Cook, el navegante británico que tanto hizo por conocer los mares y los ríos, sobre todo en Canadá.
Cuando promedia la tarde, y para completar una jornada al aire libre, se debe visitar el Butchart Garden, aproximadamente a veinte kilómetros de Victoria, a mitad de camino entre ésta y Sydney, fundado en 1904 por la familia Butchart a partir de los restos que quedaban de una mina.
Los propietarios convirtieron lo que era una explotación impresionante de tierra en un lago y el resto del terreno en un jardín de muchas hectáreas. Canteros, árboles y sobre todo flores, que cambian cada estación y lo convierten en un paraíso.
Posee una de las colecciones de rosas más importantes del mundo, cada una con su nombre, cada nombre con su cartel, cada cartel en su sitio y cada sitio visitado por miles de curiosos sorprendidos. Agua formando cascadas, adornando fuentes, fabricando lagos. Flores tropicales, canteros exóticos, tulipanes, pensamientos, y todo el alfabeto en cinemascope: amaranthus, begonias, camelias, crisantemos, cinerarias, prímulas, rododendros, jacintos, lilas, margaritas, cardos; plantados con mucho arte formando figuras geométricas, e incluso, ¡o gloria!, un ejemplar idéntico al que había que reverenciar, por supuesto con su correspondiente cartel: arbutus menziesii o arbutus de Madrona.
Victoria trata muy bien a sus visitantes, porque sabe que su economía se sustenta, en gran parte, en el turismo. No es extraño que todos los que llegan se marchen complacidos.
Daniel Molini
Zaragoza está en obras señalan los vecinos, lo mejor será dejar el coche en el aparcamiento y recorrerla caminando.
Se agradece la advertencia, tan útil como innecesaria, pues las ciudades, todas, con obras o sin ellas, deben descubrirse caminando.
La capital de Aragón se está preparando para recibir visitantes en avalancha durante 2008, con motivos de la Expo Universal que tendrá como reclamo principal el agua y el desarrollo sostenible; de allí las obras.
Un cartel celeste y blanco, con una gota hecha símbolo: H2O recuerda, desde el frontis del Ayuntamiento, la futura celebración.
Las oficinas de turismo, como si se estuviesen entrenando para el evento, se esmeran en el cometido de ofrecer información, suficientes como para transformar la curiosidad del recién llegado en placer y las ganas de aprender en conocimiento.
Precisamente de eso, del conocimiento de su historia, presumen los zaragozanos, satisfechos de habitar una plaza de rico pasado, del que guardan huellas como bienes de valor.
Muchos años han transcurrido desde que se fundara la primitiva Caesaraugusta romana, que aun permite adivinar parte de su fisonomía en los restos arqueológicos del Foro, las Termas y el Teatro.
Las gestores del patrimonio hacen pedagogía, invitando con tratamiento familiar, a traspasar los muros que resguardan tiempos remotos y cultura: "Entra en los museos, están abiertos a todos, entra a conocer sus contenidos, a participar de sus actividades, porque lo más valioso para un museo es tu entrada, tu visita"
Jóvenes uniformadas ayudan al visitante, con indicaciones y documentación que invitan a viajar a través de las cuatro culturas que conviven en el tiempo y en el espíritu en más de dos mil años de historia que jalonan las calles de una Zaragoza romana, cristiana, mudéjar y judía.
De tal forma entregan folletos que describen circuitos dependiendo de la estancia en la ciudad: 24, 48 o 72 horas.
Lo habitual es que el recién llegado se acerque, antes de a cualquier otro hito, a la Basílica del Pilar, uno de los santuarios más famosos del mundo y templo donde se venera la imagen de la Virgen de Pilar, patrona de España y de muchos países de habla hispana.
Más allá del altar donde se custodia la figura pequeña en comparación a lo que podría sugerir la celebridad y los sentimientos que despierta , aguardan cúpulas, murales con la firma de Goya y una colección de arte sacro.
El edificio, que se alza casi pegado al río Ebro, de estilo barroco y fachada neoclásica, ofrece cuatro torres increíbles, que se ven desde todos los rincones de Zaragoza
La Basílica se abre a una plaza que conduce, por el otro extremo, a la Catedral de La Seo o de San Salvador, toda ella un muestrario de estilos arquitectónicos: románico, mudéjar, gótico, barroco y neoclásico, según se admiren ábside, muros, retablos, torres o fachadas.
Aunque conserva elementos de la época en que se iniciaran las obras, a mediados del siglo XIII, el tiempo y las costumbres le fueron agregando otros, convirtiendo al templo en uno de los conjuntos artísticos más importantes de Aragón.
El Retablo Mayor, así como el relicario de San Valero, patrono de Zaragoza, merecen ser contemplados sin prisas. El Retablo, que data de 1434, narra -en alabastro policromado- el martirio de San Lorenzo, y la recepción de las reliquias de los Santos Valero, Lorenzo, y Vicente.
Muy cerca yacen los restos de Don Juan I de Aragón. El recibimiento, por parte de la parroquia, escrito e incorporado al derecho de entrada, probablemente contribuya a lograr el recogimiento que se vive en el interior: Bienvenido sea a nuestra Catedral Metropolitana. La Seo del Salvador abre sus puertas a todos los que buscan a Dios. El arte, en este caso, se convierte en lenguaje de la fe.
La Seo abre también sus puertas a todas las personas que, a través de la belleza, buscan ese mensaje de trascendencia que grita silenciosamente todo espacio sagrado.
En otro extremo de la ciudad está el Palacio de la Aljafería, emblema del arte mudéjar. Construido a comienzos del segundo milenio fue residencia de monarcas. Su nombre es una referencia al poderoso que lo mandó construir y conserva dos partes diferenciadas: una musulmana -mezquita y la Torre del Trovador-; y otra parte cristiana, erigida por los Reyes Católicos.
El Palacio, Patrimonio de la Humanidad, que en 1485 "hospedó al Tribunal de la Inquisición, hoy sirve de sede a las Cortes de Aragón.
Muchos espacios verdes alegran las jornadas de los zaragozanos. Uno de ellos es el parque Pignatelli, que lleva el nombre del intelectual que en el siglo XVII impulsó el Canal Imperial de Aragón, un curso de agua que permitía navegar desde Tudela a Zaragoza.
Otro es el Primo de Rivera, llamado Grande, un amplísimo solar que ofrece paseos, Jardín Botánico, Casa de la Música, bicicletas, un trencito y el Parque de Atracciones, convirtiéndose en el mayor espacio lúdico de la ciudad.
Los ríos Ebro, Gallo y Huervo, así como los puentes que vinculan orillas opuestas, como el Puente de Piedra o el Puente del Pilar, merecen ser recorridos, sobre todo éste último, desde el cual se tiene una vista privilegiada de la Basílica.
No se agota fácilmente la ciudad, existen muchas cosas dignas de verse, por ejemplo la Plaza de España con el reconocimiento a los mártires cristianos, los tres Teatros Municipales, el Museo Pablo Gargallo y sus esculturas que derrochan sensibilidad, el Palacio de Congresos, la antigua Facultad de Ciencias Médicas, obra de Ricardo Magdalena, el Monumento a la Constitución, y la antigua Puerta del Carmen, emblema de la Resistencia.
Además: el Museo Pablo Serrano, la primera Plaza de Toros cubierta, con aforo para 10000 personas, la Plaza de Europa, la calle Conde Aranda con sus farolas de bronce, la Lonja, el resto de la obra de Goya, el palacio de la Audiencia.
No se agota fácilmente la ciudad , por suerte deja intactas las ganas de volver.
Daniel Molini
Es posible que la gente, aún sin conocerla, abrigue debajo de sus meninges una Pamplona imaginada, nacida a golpes de lecturas o anécdotas y desarrollada gracias a fiestas, toros y literatos tan premiados como autodestructivos.
Pues bien, una parte de esa Pamplona de fantasía tiene pocos elementos en común con la real, aquella que late en el tráfico indisciplinado, en los barrios modernos, en algunos edificios altos, y en la gran cantidad de parques y espacios verdes.
No obstante, y para fortuna de intuiciones o prejuicios, existe otra parte de Pamplona fácilmente identificable, incluso por quienes jamás pisaron sus calles adoquinadas; es la zona del casco viejo, y de la Plaza del Ayuntamiento, de las murallas y el pasado medieval, de los bares y sanfermines.
Es precisamente allí donde comienzan las visitas a la capital de Navarra, como si el recién llegado pretendiese, de esa forma, revalidar sus saberes:
El paseo requiere hacerse con atención y ojo alerta, por cuanto la tasa de interés por metro cuadrado es superlativa.
A diestra y siniestra se ofrecen a la vista referencias importantes, como las Iglesias de San Nicolás y San Saturnino, el Palacio de los Reyes de Navarra, la Iglesia de San Lorenzo, el Ayuntamiento, la Cámara de los Comptos, y la Capilla de San Fermín, un santo omnipresente.
Pamplona podría llamarse San Fermín. Todo parece girar en torno a sus bendiciones y a las fiestas que concluyen cada 14 de julio- con cantos que penan por la alegría que se marcha.
La fijación a esa liturgia se extiende incluso a las mesas de información turística y a ciertos relojes, por ejemplo a uno grande y redondo que existe en el centro de la ciudad, aquejado de marcha inversa. En vez de contar el tiempo que huye, como recomendaban los latinos, calcula los segundos que faltan para el próximo Chupinazo, que dará inicio a nuevas amanecidas, carreras y agradecimientos al Santo Patrón. El almanaque precisará: 7 de julio.
En la Oficina de Turismo explican, con lujo de detalles, los lugares por donde transcurre el encierro, los sitios elegidos por los mozos y aquellos que participan corriendo al lado de las bestias, desde el corral hasta la Plaza, privilegiando sectores que se hicieron célebres gracias a los heridos por asta de toro.
La fiesta transcurre cerca de la catedral, erigida en el mismo sitio donde se fundó Pamplona. Hallazgos arqueológicos revelaron elementos arquitectónicos de la época romana, configurando la génesis de un emprendimiento místico completado a lo largo de milenios.
De ella destaca la fachada neoclásica, erigida tras el derribo de una antigua románica, y el claustro, obra emblemática del estilo gótico. Todo el templo es de una factura prodigiosa, y a pesar de los siglos ocupados en hacerse alto y real, conserva unidad y armonía.
El Ayuntamiento, que recibe multitudes cuando las celebraciones mandan, está emplazado en el punto donde convergían los tres burgos de la primitiva Navarra: Navarrería, San Nicolás y San Saturnino. Su fachada, que mezcla estilos al igual que la catedral, es testigo del último minuto de los sanfermines, prestando marco al famoso lamento: Pobre de mí, pobre de mí, que se han acabado las fiestas de San Fermín.
Es imprescindible una visita a la Cámara de Comptos, en la calle Ansoleaga, palacio convertido en sede del Tribunal de Cuentas del Reino entre 1525 y 1836.
Dos Parques, de la Media Luna y Taconera, actúan a modo de frontera verde, separando la antigua Iruña de la Pamplona contemporánea. Un poco más allá de flores y árboles, ya en zona moderna, otro espacio reclama la atención por sus especies exóticas, el de Yamaguchi, que además aloja un Planetario.
Cerca persisten fortaleza y murallas, capaces de resistir a los elementos climatológicos y humanos- durante siglos. La zona más antigua corresponde a la Ronda Barbacana, que se extiende entre bastiones y recuerda el nombre de un obispo: Arnaldo Barbazán.
Árboles, muchos, de un porte y color impresionante, ofrecen sus frondas a la sorpresa. Plátanos y arces, auténticos monumentos vivos, se complementan perfectamente con otros monumentos, dedicados a la memoria de Pablo Sarasate -en el Parque de la Media Luna- y al tenor Julián Gayarre en el de la Taconera.
No se pierda el Rincón del Caballo Blanco sugiere un vecino. Si uno acepta la sugerencia accederá a un lugar lleno de encanto. Horizonte abierto a la izquierda, murallas al frente, y a la derecha una posada antigua y singular, con piedras, hiedras y mucho hierro forjado, igualita a esas que salen en catálogos de excelencia.
El río Arga, pintado de azul modesto en los mapas, varios puentes y un segmento del Camino de Santiago, agregan interés a una visita ya de por sí interesante.
Al final, como ocurre casi siempre, lo que faltan no son atracciones sino tiempo para disfrutarlas.
Daniel Molini
Una ciudad respetuosa de la vida, sobre todo cuando es verde y muy variada, merece un capítulo aparte.
Si además sostiene con sus cuidados a más de 200 especies vegetales, las enseña y hace pedagogía con ellas, disponiéndolas en 60 y tantos espacios públicos, al tiempo que prestigia con referencias paseos y edificios importantes, aquel capítulo reclama una nota: sobresaliente.
Por eso y por más cosas, como el privilegio de estar asentada en un entorno precioso, que mezcla proporciones justas de mar y montaña, Santander es una de las capitales más atractivas y mejor valoradas de España.
Sus habitantes, aproximadamente 180.000, consiguieron que la suya sea una urbe tranquila, donde todo parece estar preparado para ser vivido con calma y mesura, excepto en las playas, donde las aglomeraciones y prisas por encontrar un lugar donde estirarse, suelen ser las rutinas del verano.
La gran cantidad y variedad de hitos que ofrece Santander sugieren la existencia de varios santanderes: uno marinero, otro histórico y monumental, otro de paseos, plazas y jardines, que a la postre confluyen en uno solo, el que late como orgullo de Cantabria.
La calle Castelar, que le pone límite a las olas, ayuda a configurar la ribera, junto a edificios como el Planetario o el Palacio de Festivales, donde se desarrollan eventos famosos en el mundo entero.
La primera obra de esta calle, dedicada en 1885 a quien fuera presidente de la I República Española Emilio Castelar, fue el Banco Vitalicio, construido en 1919. Posteriormente se erigieron otros, como el edificio Siboney, proyectado por el arquitecto José Enrique Marrero, obra emblemática del racionalismo.
Muy cerca, en el Muelle de Calderón se puede apreciar el grupo escultórico de los ¨Raqueros compuesto por chicos de bronce que parecen retozar antes de darse un chapuzón en el mar revuelto.
La obra representa, en arte puro, una actividad antigua, en la que jóvenes se zambullían en la bahía buscando monedas y propinas que tiraban los paseantes.
Agotando pasos se llega a la Península de la Magdalena y al Palacio Real, inaugurado en 1912 y hoy sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.
Construido y financiado por los santanderinos gracias a donaciones, fue regalado a los monarcas Alfonso XIII y Victoria Eugenia, quienes lo ocuparon durante las vacaciones- hasta 1930.
En las últimas décadas revertió al patrimonio municipal, y ya, plenamente restaurado, recibe los cursos de la Universidad Internacional.
Toda la península, que puede ser recorrida a bordo de un tren turístico, es un enorme jardín de muchas hectáreas, adornado con sillas o camas o mesas transformadas en esculturas, que en contra de lo que pudiese parecer, se integran en el paisaje, al igual que el Faro de La Cerda y las naves donadas por el marino cántabro Vital Alsar, famoso por sus singladuras.
El olor a Cantábrico llega hasta la cumbre, y se proyecta en las playas, con nombres bien conocidos por los veraneantes: El Sardinero, La Concha, la Primera y la Segunda, todas de arena muy fina y de un color oro que parece pintado por la naturaleza para sorprender.
En Santander los paseos comienzan y terminan frente al mar, porque todo comienza o termina frente al mar o cerca de él: los Jardines de Pereda, la Plaza de Italia, los Jardines de Piquío, el Parque de Mesones, la plaza de Pombo, la Plaza Porticada.
Magnolios y palmeras, catalpas y araucarias, compiten en belleza con los edificios vecinos: la casa matriz del Banco de Santander, la iglesia de Santa Lucía, el edificio de Correos y Telégrafos, el Banco de España, la Iglesia del Cristo o la Catedral de Santander.
El Ayuntamiento, ubicado en el centro, contagia actividad a la calle Juan de Herrera. A pocos pasos se encuentran el Museo Municipal de Bellas Artes, y la Casa Museo y Biblioteca Menéndez Pelayo.
Esta última fue un encargo del Ayuntamiento a Leonardo Rucavedo, para albergar los aproximadamente 41500 volúmenes que había donado a su muerte el polígrafo Marcelino Menéndez Pelayo según enseña una placa.
Las obras comenzaron en 1915, construyéndose sobre el antiguo edificio que sirviera de biblioteca a don Marcelino, respetando forma y perímetro.
Detrás del inmueble, y tras un reducido jardín que acoge varios bustos y una estatua yaciente medieval, se encuentra la casa de la familia Menéndez Pelayo.
Los motivos de la donación constan en en el frontis, y llevan la firma de Marcelino Menéndez Pelayo: Por gratitud a la ciudad de Santander, mi patria, de la que he recibido durante toda mi vida tantas muestras de estimación y cariño, lego a su Excmo. Ayuntamiento mi biblioteca, juntamente con el edificio en que se halla.
Emociona leer los valores del humanista: primero los libros luego la casa. Constatar que parte de los mensajes de este santanderino ilustre permanecen vigentes, alegran la estancia.
Daniel Molini
Nuestra llegada a Brescia fue empujada por la necesidad: no conseguimos alojamiento en Bérgamo una feria importante había colapsado la hostelería-, ni en la zona del lago di Garda, algo más al norte.
¿Qué les parece pernoctar en Brescia? nos preguntó la operadora turística, ¿Qué nos va a parecer? respondimos preguntando. Al final, tras varios intercambios, concluimos: Bien si no hay otro remedio.
Por lo visto no lo había, y allí estábamos, en las afueras de la ciudad, después de haber atravesado periferia del este, centro y periferia del oeste siguiendo destras y sinistras, según las indicaciones de los lugareños.
Nadie piense que llegar en coche fue fácil, los mapas parecían mentir, aliándose en la trampa con señales confusas y un tráfico indisciplinado, suficientes para convertir un periplo de 50 kilómetros de austostrada italiana en una aventura.
Tropezando con obras, máquinas y vallas, conseguimos dejar las maletas en el hotel, convencidos de que el asunto no saldría bien, que en Brescia no se nos había perdido nada, ni siquiera los prejuicios.
Afortunadamente, nunca consiguieron anularnos, y aunque pesaban mucho los prejuicios- fueron cargados en sendas mochilas, prestas a contener el poco turismo que nos ofrecería la antigua ciudad lombarda.
¡Cuanta ignorancia la nuestra! Intercambiando adjetivos en voz baja, para no molestar a la historia que nos observaba desde el casco antiguo, comenzamos a disfrutar.
La grandeza, que no sabe guardar rencor, se abrió ante nosotros para invitarnos a descubrirla, sabiendo que el tiempo estaba de su parte, aguardando en el mismo sitio desde antes de Cristo.
Tras la fundación llegarían tribus nuevas, duques y anexiones, dejando huellas que permanecen y otras que se están redescubriendo.
En un periquete llegamos a la Plaza de la Logia, y ya iniciados en la admiración comenzamos a dar vueltas con la vista alrededor de su perímetro.
Aquí un palacio renacentista de lujo, donde dejaron sus huellas artistas como Andrea Palladio arquitecto estrella del renacimiento- y Andrea Contucci, Sansovino; allá, compitiendo en elegancia, el Palacio del Monte de Piedad, con una logia veneciana capaz de transportarnos a tiempos pretéritos; acullá, otro palacio, provisto de una torre que convierte horas y minutos en un episodio inolvidable: la Torre del Reloj.
Con penas por aquello que íbamos dejando detrás llegamos a la plaza del Duomo, gobernada por el Broletto medieval y la Catedral Nueva, que de nueva solo tiene el nombre pues su origen data de 1604.
A su lado, la Catedral Antigua, del siglo XI, con una estructura circular que le confirió el nombre popular con que se la conoce: Rotonda.
Fue cerca de ese sitio donde Niccolo Fontana recibiera, en los tempranos 1500, una cuchillada por parte de un soldado francés. No sabía el invasor que su agresión provocaría una secuela en el agredido: don Niccolo comenzó a tartamudear. Apodado desde ese momento Tartaglia, se hizo célebre como gran matemático. La posteridad le reconoció ser de los primeros en resolver ecuaciones de cuarto grado. El nombre de una calle: Niccolo Tartaglia, lo recuerda.
Brescia muestra en sus paseos los tantísimos siglos transcurridos desde su fundación, por eso no es difícil ver iglesias medievales como la de Santa Julia y la de San Salvador, con elementos en su construcción antiquísimos, algunos de épocas romanas.
Dicen las referencias que la ciudad, de unos doscientos mil habitantes, se encuentra situada en un llano, muy cerquita de los Alpes. Nosotros pudimos ver la llanura, sembrada de pequeños emprendimientos agrícolas e industrias, no así las montañas, porque la niebla nos perseguía. Tal vez por eso nos pareció feo y desangelado el acceso al centro, con obras que afectaban la percepción, como si todo estuviese a medio hacer.
Los nativos lo saben, y conocen también la contiguidad de centros turísticos imprescindibles: Verona, Padua o Mantua; por eso son abiertos en el trato y siempre dispuestos a agradar al visitante.
No ocultan las bondades de sus vecinos, hablan de ellos sin complejos, porque se sienten capital de una provincia dueña de valles y montañas, ríos y lagos, y de una historia singular..
Es muy posible que la próxima vez no lleguemos a Brescia de casualidad, sino como un destino elegido, un lugar donde las apariencias terminan siendo derrotadas y que todavía no ha sido descubierta por el gran turismo.
Cuando lo hagamos sabremos que el reloj de la torre seguirá dando horas y minutos de encanto, y arriba de todo, en los más alto de la colina, un castillo veneciano enorme continuará abierto al público para mostrar la belleza que tienen las piedras cuando son modificadas por el hombre, no para arrojárselas a otros, sino para convertirlas en morada.
Daniel Molini
Lago de Garda: Naturaleza hecha paisaje
Agua, montañas y cultivos, protagonistas de un destino turístico singular.
Es muy difícil resistir, cuando uno transcurre por la autopista A 4 que une Milán con Venecia, la atracción que ejercen ciertas señales de tráfico, indicando con flechas que se curvan un montón de salidas hacia la zona del lago de Garda.
Los reclamos comienzan pronto. Ni bien se parte de Brescia, en dirección oeste, aparecen los primeros desvíos que conducen a Desenzano.
Uno ya lleva un rato viajando, y sabe perfectamente que su meta es Padua, ciudad a la que persigue con los deberes hechos: conocimiento del itinerario, vigilancia con celo de los carriles en dirección oeste, y una trayectoria recta, como si esa rectitud fuese una virtud moral.
El mapa, cumpliendo su obligación, va dictando los kilómetros que faltan para llegar al destino previsto, pero de pronto los carteles arrecian, como si estuviesen aliados al color azul que tiñe la cartografía, haciendo inevitable la pregunta: Ya que estamos tan cerca, ¿qué te parece si pasamos por el lago?
No hace falta respuesta, en realidad no hacía falta pregunta, porque el coche se orienta por sí mismo hacia el norte, en busca de esos horizontes muchas veces imaginados, muchas veces cantados, muchas veces reflejados en las películas.
Y el conductor, sabiendo que debería estar en un lado asume que está en otro, complacido, sin remordimientos, porque lo que se abre ante sus ojos promete: el lago de Garda, el mayor espacio lacustre de Italia.
El espejo de agua, que refleja casi 400 kilómetros cuadrados de luz, incursiona en varias provincias y sus márgenes, cuando se hacen costa, mutan en caminos y referencias que invitan ser descubiertas.
Así, de norte a sur y comenzando por la ribera del oeste, se suceden: Desenzano del Garda, Manerba del Garda, San Felice del Benaco, Saló.
El visitante comienza a hacer cábalas para ver qué pueblo aborda y cual deja para otra ocasión, y es posible que, recreándose en la duda, intente desentrañar secretos o evocaciones en los topónimos, que se mezclan con otros conforme avanza: Toscolano, Gargnano, Campione, Limone Sul Garda.
La elección se hace difícil, pero la suerte está de su lado porque el encanto parece concentrado en áreas pequeñas. Los poblados, amables, singulares, no se agotan: Riva del Garda bien al norte, y luego, siguiendo el sentido de las agujas de un reloj que parece empeñado en devolvernos al sitio de origen, Malcesine, Garda, Bardolino, Peschiera del Garda.
No tarda mucho el paisaje en hacernos prisioneros, aliado como está de guardianes de enjundia: Alpes al norte, llanura padana al sur; belleza desparramada por todos los puntos cardinales, y en el centro de la duda nosotros, debatiéndonos en que trozo de agua recibiremos el bautismo de Garda.
En Desenzano y Saló nos detenemos, iniciando un ejercicio de paradas y asombros que duraría todo el día. Cipreses, cedros, olivos, vides y cítricos, encendidos en las laderas como ornamentos, incorporan interés a un dibujo de piedras y agua. Cientos de barcos pequeños se encargan de agregar color a una transparencia que se nutre gracias al río Sarca.
El lago y su zona podría ser un riguroso manual de geografía: colinas, ríos, montes, valles, islas, bahías, e incluso una diminuta península donde explota la atención: Sirmione, cuya fama proviene de lejos.
Sirmione. Alégrate otra vez por la vuelta del dueño / y alegraos también vosotros, Lidias del lago, / y todo lo que hay de risueño en mi casa, escribió el poeta Cayo Valerio Catulo, en tiempos en que el siglo estrenaba el número I.
Saló es un conjunto histórico con plazas tranquilas, espacios abiertos y oferta gastronómica, que aún recuerda la estancia del Duce dictador, quien llegó buscando refugio cuando ya era tarde y toda la tragedia estaba escrita.
A veces los sitios completan su fama gracias a personajes célebres. La región del Garda no es ajena a esta costumbre que no necesita- de parecer más notoria gracias a visitantes o moradores ilustres. Algunas villas advierten los pasos seguidos por escritores como d'Annunzio, Kafka, Joyce o Ezra Pound.
Gargnano, no es ajena a este reclamo. Lo que se admira es tan bonito, tan impresionante por sí mismo, que no necesitaría recurrir a literatos que le agreguen adjetivos; pero la tentación es grande.
¿Conoces el país donde florecen los limones y en el oscuro follaje destellan las naranjas y una tenue brisa sopla desde el cielo y el laurel y el arrayán se elevan serenos? ¿Conoces ese país? ¡Allí, allí, quiero, mi amor, contigo ir! escribió Goethe, sin necesidad de obtener respuesta porque la estaba viendo frente a sus ojos: Limone sul garda.
Omnipresentes limones, al lado del lago, en huertos, en jardines, metamorfoseado a bebida, recreados en cerámicas amarillas que encandilan, incluso como señas de identidad y numeración en los frontis de casi todas las casas.
Los folletos turísticos recomiendan visitar el lago de Garda en septiembre, cuando la temperatura es más benigna y los viñedos están preñados de frutos. Los lugareños huyen del frío, y retoman la temporada allá por abril, cuando la Pascua anuncia el inicio de un nuevo ciclo de visitantes, atraídos por los paisajes, la gastronomía y, como en nuestro caso, la curiosidad.
Daniel Molini
Historia, arte y universidad confluyen en un foco que alumbra desde hace siglos.
Se puede llegar a Padua por caminos de asfalto, anchos de autopista o estrechos de vías comarcales, que transcurren más rectos que sinuosos por la llanura padana.
Bien comunicada, como si ocupase un lugar imprescindible en el norte del mapa de Italia, también se consiguen divisar sus cúpulas y campanarios desde trenes modernos.
Aunque carece de aeropuerto internacional -el aire no es lo suyo-, existe la posibilidad de desembarcar en sus calles desde el río Brenta, que a veces cubre su cauce de aguas quietas y oscuras con exclamaciones, cuando los turistas hacen olas a bordo de burchiellos que van o regresan de Venecia.
Nosotros alcanzamos esta zona del Véneto a partir del lago di Garda, y lo hicimos con dificultad, pues prendados como estábamos de las bellezas de Saló, Limone sul Garda o Gargnano, se nos hizo difícil avanzar.
No obstante, como la disciplina es la disciplina, continuamos con el programa viajero que consignaba visita y alojamiento en Padua, capital a la que llegamos, eso sí, con cierta demora.
En el hall del hotel, ubicado frente a una estación de trenes oculta por vallas, obras y una pancarta con propaganda institucional, nos preguntamos si no nos habíamos equivocado de verbo en Garda: avanzar en vez de parar.
Era de noche y el entorno nos invitaba a mantenernos bajo techo, pero había que cenar.
No señor, la zona no es segura; es muy segura certificó la señorita de recepción. ¿El centro?, muy fácil, todo recto, siguiendo la dirección del tranvía por el Corso del Popolo. Más o menos a veinte minutos.
Veinte minutos no son nada para exploradores con apetito, y un cuarto de hora más tarde, en vez de comer, estábamos sacando fotos a la arquitectura iluminada.
Parecíamos turistas compulsivos paseando por calles casi desiertas, encendiendo con flashes a las sombras más renuentes.
Sabíamos lo que buscábamos, y lo encontramos pronto, a muchos de ellos de camino: la Arena Romana, la Capella degli Scrovegni y la iglesia de los Ermitaños, todos juntos, a pocos pasos unos de otros, separados por zonas verdes, verjas y jardines.
Ladrillos y piedras por fuera; dentro, bien custodiados, el arte elevado a la máxima expresión: decenas de frescos firmados por Giotto en la Capilla y obra de Andrea Mantegna salvada de los bombardeos de la segunda guerra mundial- en los Ermitaños. Ya se abrirían las puertas más tarde, para rendirles culto de admiración.
Siguiendo el Corso Garibaldi -que no es otra cosa que Il Popolo con el nombre cambiado- y haciendo un requiebro al final, nos acercamos al Palacio de la Razón, una isla edificada de planta rectangular y ornato riquísimo en un mar de plazas: de las Hiebas, de las Frutas y de los Señores.
A pocos metros de allí, enfrentado a la Plaza Cavour, esperaba el Café Pedrocci, edificio neoclásico, hoy sede del Museo del Resurgimiento.
Todos los caminos del centro, independientemente del que uno decida tomar, conducen al asombro. Los siglos se suceden, y con ellos la superación: Logia de la Gran Guardia y Palacio del Capitán en la plaza de los Señores, Torre del Reloj y pórtico que da acceso a otra plaza, la del Capitanato, y un poquito más allá todo está muy cerca- la plaza del Duomo con sus dos centinelas: el propio Duomo y el Baptisterio románico.
Las referencias y con ellas edificios emblemáticos y moradas singulares como la que resguardara a Galileo Galilei- parecían competir en interés con la omnipresencia de la Universidad, una de las más antiguas del mundo. Tanta es su importancia en el patrimonio ciudadano, que uno puede tropezar con alguna de sus dependencias en cualquier punto.
La Plaza del Santo, y toda la majestuosidad que alberga, debe ser vista de día. Es con sol cuando las iglesias se abren, dando la posibilidad de contemplar con buena luz las obras consagradas por los genios. Mejor de mañana, para rendirse sin prisas ni cansancios a todo aquello que trasciende, como las Capillas del Santísimo, de las Reliquias, de Santiago, de la Virgen Mora o la Sala del Capítulo con las huellas de Giotto..
Cualquier calificativo desmerecería a la Basílica de San Antonio, santuario cumbre de la cristiandad.
Cuesta creer en la existencia de una riqueza artística y ornamental tan impresionante, dispuesta en altares, monumentos o claustros con una prodigalidad propia de otras épocas.
Donatello, autor del altar mayor, tenía parte de culpa de nuestra presencia en aquel lugar, atraídos por su Gattamelata, escultura ecuestre del condottiero Erasmo de Narni.
Con avidez digna de conocedor confundido preguntamos la situación del monumento cambiándole el nombre: Mattalagata. Los lugareños, sabios, nos dieron pronto razones de su ubicación con una sonrisa indulgente: en la plaza del Santo, justo enfrente de la basílica.
Agotada la estancia en Padua, no porque no quedaran cosas por ver sino obedeciendo exigencias del guión viajero, agradecimos no haber cambiado de verbo en Garda.
Daniel Molini
Imposible agotar, en una visita, todo el arte que entrega espontáneamente, como si le sobrara.
Algunas ciudades, y Milán es una de ellas, hacen de la exageración un atractivo, permutando lo que podría ser un defecto criticable en una especie de virtud.
En Milán todo parece amplificado: tráfico, peatones, iglesias, paseos, galerías, centros comerciales, ofertas de espectáculos, ferias o exposiciones.
Enfrentado a tanta grandiosidad uno mira su propia sombra y la encuentra más pequeña. El exceso explota en estilos y en la calidad de los materiales utilizados. Un ejemplo: como si no bastase el blanco para los mármoles, como si el color de Carrara fuese insuficiente para ornar catedrales y monumentos, allí le agregan piedras rosas, grises y verdes, creando geometrías que elevan el esplendor a cotas difícilmente superables.
Tanto es lo que hay para ver y sentir en la capital lombarda que es muy difícil no perderse nada. Si uno pretende agotar la oferta turística está derrotado; lo prudente es tomarse las cosas con tranquilidad, pensando que, en el mejor de los casos, siempre se puede volver para abrazarse a lo pendiente.
Aún así, existen hitos que no pueden fallar, esos que las guías describen como imprescindibles, da non perdere si el texto que nos asiste en nuestros descubrimientos está editado en la propia ciudad.
Una buena curiosidad exige un buen punto de partida como la Plaza del Duomo, a la que se puede llegar en autobús, tranvía, taxi, metro o simplemente caminando, conducta ésta última que prefieren los que piensan que el disfrute en los viajes es directamente proporcional a la cantidad de suela que se gasta.
Si la Plaza del Duomo es el corazón del centro histórico, el Duomo podría ser su latido. Muchos años hicieron falta cinco siglos- para construir lo que algunos consideran el monumento gótico más impresionante de Italia, con una volumetría excesiva, que permitiría acoger a miles de fieles y permitirse acoger otros miles, así hasta 40000, todos de una vez.
En el exterior del templo decenas de agujas se elevan con pretensiones de llegar muy alto. La mayor, que culmina con una Virgen dorada, acaricia los 100 metros, confundida entre estatuas miles- que juegan al escondite con diferentes ornamentos arquitectónicos.
Si a estos monumentos exteriores les sumamos los interiores, que también superan con mucho las centenas, obtendríamos un balance escultórico sobresaliente.
La vía G. Mengoni vincula la plaza del Duomo con la plaza de la Scala. Muy pocos metros de recorrido permiten llegar al templo de la lírica, trayecto que no se puede hacer de prisa porque a mitad de camino está el acceso a la Galería Vittorio Emmanuel II, una de las primeras obras arquitectónica en utilizar hierro y cristal.
A pocos pasos está el Teatro alla Scala. Quienes lo custodian sonríen a los visitantes que se acercan, día tras día, con intensiones de acceder al interior cuando está cerrado. No es posible, no, visitar fuera de hora el teatro de ópera más célebre del mundo, inaugurado a finales del siglo XVIII, y prácticamente reconstruido tras los bombardeos de la segunda guerra mundial.
Siguiendo la vía Manzoni, que allí comienza, se accede a la casa donde vivió desde 1814 hasta su muerte en 1873 el escritor Alessandro Manzoni, a quien la ciudad supo corresponder con homenajes la atención que le prestó en sus obras.
Habrá que seguir un poco en dirección norte y torcer luego a la izquierda si queremos llegar a otra referencia da non perdere, el castillo Sforcesco, construcción defensiva de principios del siglo XIV que fuera sede de la corte de Ludovico el Moro. El Castillo forma parte de la historia de Milán, tan rica como antigua, y al igual que la ciudad tuvo que soportar daños, decadencias y reconstrucciones. Abandonado durante siglos fue cuartel de ejércitos ocupantes y hoy un centro cultural de primer orden, donde existen museo y pinacoteca, con obras de Mantegna, Bellini y Tintoretto entre otros.
En el Museo Cívico de Arte Antiguo está una de las últimas obras de Miguel Ángel, la Piedad Rondanini.
Habrá que alejarse algo más, en dirección suroeste, para llegar a la Iglesia de Santa María de las Gracias. En un espacio que se abre a una pequeña plazoleta aparecerá la construcción que data de 1492, obra de Bramante. Mucha gente en el entorno, dentro y fuera del recinto sagrado, mirando la hora y una puerta con un letrero que consigna: Cenacolo Vinciano.
Son los afortunados previsores, los que sabiendo que irían a Milán reservaron turno para acceder al Refectorio, con el objeto de ver una de las maravillas de la pintura universal: La Última Cena de Leonardo de Vinci. ¿Con cuánto tiempo de antelación debo llamar para conseguir día y hora? preguntan los turistas sin cita, casi con desesperación. Quince o veinte días está bien, responde la joven situada detrás de la taquilla.
Da non perdere es también la Basílica de San Ambrosio erigida en el siglo cuarto en el área de un cementerio cristiano, emblema de la arquitectura medieval; y la Pinacoteca de Brera, que atesora obras de artistas italianos de todos los tiempos; y la Pinacoteca Ambrosiana; y la via Montenapoleone, uno de los lados del Cuadrilátero de la Moda, que se completa con la ya nombrada Manzoni, Santa Andrea y della Spiga, si nos interesa el diseño.
¿No viste el Palacio Real?, podrán preguntarle al regreso, ¿y la piazza Mercanti?, ¿y la Biblioteca Ambrosiana?, ¿y la cesta de fruta del Caravaggio?, ¿y el Museo Diocesano?, ¿y la iglesia de San Babila, el seminario y el palacio Castiglioni en el Corso Venecia?, ¿y la Puerta Ticinese?, ¿y la iglesia de San Lorenzo?, y
Usted podrá mentir o decir que no le alcanzó el tiempo, sabiendo que cuando regrese la próxima vez le pasará lo mismo, pues los excesos, cuando hablan italiano, en vez de menguar aumentan.
Daniel Molini
Una ciudad amurallada que custodia el legado veneciano.
Muy poquitos kilómetros separan Orio al Serio, zona donde está emplazado el pequeño y moderno aeropuerto internacional, de la propia Bérgamo. No sería exagerado decir que el visitante tarda más tiempo en recuperar sus maletas que en trasladarlas hasta el centro de la ciudad.
Ya desde lejos se adivinan dos perfiles perfectamente configurados, uno alto y primitivo, otra bajo, fruto de la expansión. La ciudad antigua, fundada sobre una colina, se fue extendiendo con el progreso, como si tuviese hambre de planicie.
Arriba quedaron la historia y las murallas, construidas en los tiempos en que los ciudadanos bergamascos respondían a la República Veneciana, participando de una grandeza que se prolongó durante cuatro siglos.
La vía principal para acceder a la zona alta se llama Vittorio Emanuele, un paseo que se va estrechando conforme empieza a percibir el casco histórico. De pronto, los carriles se arrepienten de pluralidad y se convierten en carril singular, único para subir y bajar, obedeciendo el cronómetro de un semáforo caprichoso que tarda lo suyo, como si estuviese preparado para incrementar la ansiedad de quienes quieren llegar, o atemperar la angustia de aquellos que deben marchar.
Varias puertas hacen permeables las murallas y todas llevan nombres de santos: Jacobo al sur, Agustín al este, Lorenzo al norte y Alejandro al oeste.
La Puerta de San Agustín permite el ingreso a un recinto de calles estrechas, que se agota al tráfico de coches en una plaza situada cerca de una estación de funicular que vincula las dos alturas ciudadanas.
La vía Gombito es la primera que asoma apuntando al centro del pueblo, allí donde bulle la historia, el arte y la religiosidad.
El trazado urbanístico, propio de la edad media, parece estar concentrado en torno al rectángulo de la Plaza Vieja, tres de cuyos lados son palacios: el de la Razón, el Viejo y una Biblioteca Cívica espectacular, que hace pensar a la vista de tanto esplendor- lo bien que se deben sentir los lectores en Bérgamo.
En la plaza confluyen vida civil, religiosa y mercantil, pudiendo encontrarse establecimientos fundados hace siglos que pertenecen al patrimonio cultural italiano.
En minuto y medio, pasando por debajo de arcadas que transpiran historia, se llega a la Plaza del Duomo, donde se abre la perspectiva de uno de los monumentos más importantes de la ciudad: la Basílica de Santa María Mayor.
Construida en el siglo XII, la basílica ha conservado parte de su estructura románica original en el exterior. Los interiores, modificados posteriormente, muestran una factura barroca suntuosa, donde no faltan mármoles de varios tonos y maderas preciosas.
En la nave central se pueden ver dos monumentos funerarios, el del compositor Gaetano Donizetti y el de quien fuera su maestro: Simone Mayr.
Al lado de basílica está la Capilla Colleoni, obra ordenada por el capitán veneciano del mismo nombre para ser destinada a morada póstuma. La escasa modestia de este hombre poderoso nos permite disfrutar hoy de un testimonio del renacimiento lombardo, donde el arte es protagonista. Mármoles policromados, frescos de Tiepolo y todo el talento de Amedeo transformado en sepulcro, donde yacen para siempre el propio Colleoni y su hija Medea.
Los amantes de la pintura encontrarán en la Academia Carrara, una pinacoteca de categoría, con obras de artistas de la tierra como Vittore Ghislandi o de celebridades de fuera de ella: Mantegna, Angelico, Tintoretto, Brughuel el Viejo, Durero, entre otros.
La presencia de Domenico Gaetano Maria Donizetti planea en toda la ciudad y su periplo vital es motivo de recuerdo permanente. Los visitantes llegan al lugar donde nació, al conservatorio donde hizo sus primeros aprendizajes, y a la casa donde vivió Mayr, fundador y director de dicho establecimiento dedicado a niños humildes.
Siguiendo la estela de Donizetti uno percibe la música, porque inexorablemente va a tropezar con alguna ventana abierta que deja escapar sonidos de ensayos o cantos de futuros recitales.
Dicen los que saben que la grandeza de Bérgamo debe mucho a artistas lombardos, pero también a trabajadores procedentes de otras regiones que al final terminaron sintiendo y obrando como auténticos hijos de la tierra. El pueblo, agradecido, reconoce esta entrega y le rinde homenaje en letras de bronce sembradas en paredes y edificios, como las dedicadas a Torquato Tasso o a Simone Mayr.
La Comuna de Bérgamo explica por qué la ciudad es centro de cultura. Al desplegar la información uno encuentra un texto proselitista, que invita a visitar tres museos: Arqueológico, de Ciencias Naturales y Botánico.
La oficialidad presume de ellos, y uno termina dándoles la razón, igual que al condotiero Bartolomeo Colleoni, quizás poco austero, quizás nada modesto, pero con un gusto exquisito para elegir el lugar donde retirarse.
Daniel Molini
Parma: La excelencia del románico
Una tierra que ofrece mucho más que delicadezas gastronómicas.
Si no fuera por la estrecha Liguria, especie de media luna de tierra irregular que corona el golfo de Génova, la región de Emilia Romaña podría bañarse en agua de dos mares: Adriático y Tirreno septentrional.
Casi en el centro de esa extensión del norte de Italia, que integra nueve provincias con nombres repletos de tradición como Módena, Bolonia, Ravena o Rímini, aparece Parma, tierra de agricultura y frutos de la tierra, una hermosa planicie equidistante de paisajes y montañas lombardas y toscanas.
A la capital se llega, necesariamente, dejando atrás labores y cultivos, sobre todo aquellos que le roban a los surcos todo tipo de forrajes, apilados como fardos y cilindros dorados en almacenes desnudos, que solo guarecen las inclemencias cuando llegan desde arriba.
Empeñados en seguir todos los caminos abiertos a la curiosidad, nuestra comparecencia en Parma se demoró, tanto que el hotel casi se cansa de esperar. El motivo: la cercanía a los lugares más queridos del maestro Giuseppe Verdi, tres enclaves trascendentales en la vida del maestro: Roncole, Busetto y Santa Ágata.
Pocos kilómetros los separan de la capital, por eso la indiferencia estaba prohibida. Roncole nos interesaba por ser el pueblo donde el músico nació al primer sonido: Yo, Carlo Arcari, párroco de Roncole, he bautizado esta mañana al niño nacido ayer a las ocho horas de Carlos Verdi y Luisa Utini, matrimonio de esta parroquia, al cual he impuesto el nombre de Giuseppe Fortunino Francesco. Año del Señor 1813, 11 de Octubre.; Busetto donde aprendió a transformar aquellos sonidos en arte; y finalmente Santa Ágata, por ser donde se rindió al silencio.
Allí en Villa Verdi, en Santa Ágata di Villanova Sull´ Arda, el maestro se encomendó a la paz, a esta profunda quietud que ha sido siempre muy querida para mí. Imposible encontrar donde vivir con mayor libertad
Dejamos la música y más tarde, casi a oscuras, la ciudad dividida por el Torrente Parma nos recibía despechada por la demora: con un tráfico muy intenso y colapso en sus calles.
Incorporados al caos, ora a favor, ora en contra de los semáforos, conseguimos perdernos. Tras un laberinto de direcciones prohibidas, sin nombres en las calles ni noticias del albergho, pensábamos en la campiña abandonada.
Afortunadamente, antes de encenderse las luces de alarma, apareció la senda correcta como por ensalmo, y con ella el aparcamiento, las disponibilidades, el hotel y a lo lejos un centro histórico que se frotaba las manos, sabiendo que nos arrepentiríamos por no haber llegado antes.
Así como el antiguo Roncole hoy se llama Roncole Verdi, Parma bien podría llamarse Parma Antelami, pues este nombre aparece en letras mayúsculas en los catálogos de notoriedades.
Fue Benedicto Antelami el autor del Batisterio, uno de los monumentos románicos más importantes de toda Italia. No se conformó con el trabajo de arquitecto, suyas son también las esculturas de piedra hoy envejecidas, las mismas que 800 años después de haber sido transformadas siguen sorprendiendo como en el primer día.
Su obra trascendió a las tribulaciones medievales, al dominio de los Farnese, las luchas por el poder, el nepotismo de Napoleón y todas las guerras. Fuera del Batisterio la gloria, efímera, se esfumaba mientras dentro permanecía, bien acompañada desde el 1200 por frescos representando escenas bíblicas. Es precisamente en la plaza donde confluyen Batisterio y Duomo donde se suelen iniciar los descubrimientos.
La oficina de información turística ofrece cuatro itinerarios: a través del centro histórico, persiguiendo referencias musicales, un tercero para ser hecho con niños y finalmente el l´oltretorrente, que invita a recorrer el otro lado del río.
El Duomo, hermanado al mejor románico, posee un atrio espectacular que guarda esculturas del mismo Antelami. En la nave principal se aprecian frescos y ornamentos, uno de los cuales, firmado por Correggio y pintado en la cúpula, deja prendados a los observadores por su perspectiva singular.
Unos pocos pasos hacia el oeste se alza otra iglesia con una sacristía grandiosa, la de Santa María della Staccata, templo Mariano que venera una imagen del siglo XVI en la que la Virgen está dando de mamar al niño Jesús.
Los hitos se suceden: monasterios, museos, palacios. Uno pretende seguirlos disciplinadamente, pero la historia es caprichosa y se entretiene mezclando épocas y estilos. Al final, el visitante concluye entreverando rutas, santas con profanas, afinadas de buena música o silenciosas, hasta que el mapa y las informaciones, que siempre reclaman protagonismo en el extranjero, ordenan: San Juan Evangelista, Palacio de la Pilotta, Teatro Real, Teatro Farnese, Casa Natal de Arturo Toscanini, Auditorio Nicolo Paganini, músico enterrado en el cementerio de la ciudad, después de larguísimas y desgraciadas peripecias sucedidas tras su muerte en Niza.
No es mal consejo obedecer a la gente del país, sobre todo si hacemos caso a los argumentos que explican la importancia de Parma en el medioevo, o nos hacen seguir las huellas de los 300 años de un ducado que supo exportar refinamiento y cultura, o las bondades del Teatro Farnese, el más grande de los teatros cubiertos de Europa en su momento, o el Teatro Real, capaz de mantener las mejores tradiciones, o
La venganza de Parma parece consumarse, el tiempo no se puede estirar y faltan horas para castillos y jardines, para pinacotecas y hospitales viejos, para artistas de otros tiempos y toda la gastronomía que se resiste a ser agotada.
Por suerte, tanto en las comidas como en los viajes, no hay nada mejor que quedarse con las ganas.
Daniel Molini
Una ciudad que refleja las mejores luces del Renacimiento
22.900 kilómetros cuadrados, más de 100 reservas naturales, 10 provincias, 287 municipios, dos ríos con nombres que imponen: Arno y Tiber, denominaciones de origen como Chianti o Montalcino y algo más de 3 millones de habitantes, son algunos de los atributos geográficos y poblacionales de una de las regiones más conocidas de Italia: Toscana.
Instalada en la zona central del país, en un territorio carente de grandes alturas, ofrece su pecho al mar Tirreno y le regala un archipiélago con islas de nombres evocadores: Capria, Elba, Gorgona, Giannutri, Giglio y Montecristo. Todas ellas conforman un parque nacional, uno de los 21 que enriquecen la naturaleza peninsular.
Si el arte primero y los paisajes después consiguieron extender sin importar idiomas ni fronteras- una forma toscana de ser y sentir, Florencia, su ciudad más importante, se instaló en el olimpo de las urbes elegidas, aquellas que provocan admiración y ofrecen cien motivos para ser consideradas.
Fue en Florencia donde el Renacimiento italiano consiguió alumbrar sus obras más tempranas, donde las artes estallaron como nunca antes y nunca después, en tiempos en que las sombras se hicieron luz y todo el tenebrismo de la Edad Media principió a cambiar de nombre.
Florencia se hizo indispensable a fuerza de república, conspiraciones, victorias y sobornos, utilizando libretos aprendidos de celebridades cuyos nombres pasaron a ser adjetivos, como Médici, Savonarola o Maquiavelo
Grandezas y miserias, dos caras contrapuestas de un mismo afán iniciado a partir de un minúsculo reducto etrusco, a la postre convertido en Patrimonio de la Humanidad, el mismo que agradecen los 350 mil florentinos aproximadamente- que integran el censo de pobladores.
Son ellos quienes saludan cada mañana a Lorenzo el Magnífico y a su mecenazgo, al talento concentrado en artistas como Miguel Ángel, Leonardo, Brunelleschi, Giotto, Ghiberti, Boticelli, Fra Angélico, Donatello y tantos otros que con sus obras convocan a millones de visitantes.
Saben los florentinos que la riqueza que custodian es tanta, tanto su atractivo, que la gente seguirá llegando siempre, independientemente del caos circulatorio, de los precios abusivos, de las colas a la entrada de los monumentos y de la desidia en algunas oficinas de información.
Santa María del Fiore, Santa María de la Flor, en el centro de la historia, es iglesia catedral y Duomo, por ser el lugar donde el obispo ejerce su cátedra y domus (casa) de todos, aunque no seáis florentinos, aunque no seáis creyentes según palabras de la Arquidiócesis.
Las obras de arte en el interior de la catedral contienen significados civiles y religiosos, todos ellos centrados en la idea de la dignidad del ser humano, de su grandeza y de la elevación que le ha sido otorgada por Dios ilustran las autoridades eclesiásticas, refiriéndose al monumento del siglo XIV dotado de una cúpula grandiosa nacida del genio de Brunelleschi, donde convergen todas las miradas.
El arquitecto renacentista encontró buena compañía en la inmensa nave, porque todo lo que en ella brilla es arte y dignidad. Frescos de Vasari representando el Juicio Final en las alturas, y un muestrario de piedras pulidas blancas, rosas y verdes por debajo, dibujando formas imposibles en suelos y paredes.
Esta materia, el mármol, nacida de las entrañas de la tierra, se prolonga en el Campanario del Giotto y en el vecino Baptisterio de San Juan Bautista, donde Ghiberti se esmeró tanto que consiguió producir la Puerta del Paraíso.
La necesidad de trascender de los antiguos, de elevarse a metas infinitas, dieron como resultado una concentración de monumentos religiosos difícil de asimilar.
A la ya citada Santa María del Fiore se suman, en un perímetro de pocas calles, la Basílica de Santa María Novella y las iglesias de Santa María Maggiore y San Lorenzo, cada una dotada de innumerables tesoros.
Santa María Novella, a cargo de una comunidad de frailes predicadores dominicos- presentes en el mismo lugar desde 1221, ofrece la majestuosidad callada de un templo que parece vacío. Altares, frescos, crucifijos, púlpito y capillas, con los sellos de Masaccio, Ghirlandaio, Giotto o Lippi, consiguen atraer un flujo incesante de peregrinos silenciosos, dispuestos a admirar los trabajos de los maestros del humanismo.
San Lorenzo era la iglesia de la familia Médici y en la Capilla cercana está el panteón de uno de sus miembros más significados, Lorenzo, ornado con un conjunto escultórico de Miguel Ángel que todavía, 500 años después, sigue siendo ensalzado.
Cualquier folleto convencional, de esos que muestran en la portada Welcome to Firenze, reseña más de sesenta referencias "visitables", entre museos, jardines y palacios.
¡Más de sesenta referencias!, sin contar los hitos que conoce todo el mundo, como por ejemplo la Plaza de la Señoría, donde está la Fuente de Neptuno y el Palacio Viejo, sede del Ayuntamiento, dotado de salones que se rinden ante el esplendor y de un campanario utilizado en la antigüedad para convocar a los ciudadanos y hoy máximo reclamo fotográfico.
O la mismísima Galería de los Uffizi, con su colección de pintura difícil de adjetivar. El catálogo incluye cuadros de Filippo Lippi, Rafael, Sandro Botticelli, Piero de la Francesca o Miguel Ángel, artífices de obras que figuran en todas las enciclopedias, como El Nacimiento de Venus, La Primavera o La Sagrada Familia.
O la Galería de la Academia, que exhibe, entre miles de creaciones, el David de Miguel Ángel; o el Museo Nacional El Barguello que ofrece el David de Donatello.
Tanta oferta convierte a Florencia en un destino fundamental para todos aquellos que disfrutan con el arte. Sus caminos mezclan colores con bronces, letras con esculturas, y moradas con últimas moradas, como las de Dante, Buonarroti, Médici y hombres que como ellos hicieron agonizar a la Edad Media, persiguiendo sueños que los llevaron a realizar logros inimaginables.
Lorenzo el Magnífico, afanado a los sonetos, escribió en una composición un verso que decía: Quien quiera ser feliz, séalo; del mañana no hay certidumbre.
De haberla tenido aunque sea una mínima certidumbre de la herencia que legaría- quizás hubiese sido mucho más feliz.
Daniel Molini
Siena: Historia y arte sobre colinas
Una ciudad que abre su corazón.
Pocos kilómetros separan Siena de Florencia, un recorrido breve para ser apurado, en teoría, en un tiempo breve.
Sin embargo, la costumbre recomienda no traducir esa unidad la de tiempo- a la de distancia, por cuento en esta zona de Italia la práctica está reñida con la teoría.
Si la geografía fuese un organismo, los problemas circulatorios que padecen algunos sectores de la Toscana la mantendrían en cuidados intensivos.
Los carteles de señalización confunden más que ilustran. Emplazados de forma caprichosa cambian de altura, de forma o de tamaño, y aparecen unas veces a la derecha de la calzada, otras a la izquierda o en sitios insospechados.
Ante tal indisciplina normativa los vehículos bailan su propia música indecisa, con requiebros entre carriles, exhalando vientos que amenazan la franquicia del seguro y transformando el desplazamiento en una actividad para valientes.
Finalmente, con el espíritu caldeado, el viajero encuentra un anuncio salvador, rubricado con una flecha que promete: Siena centro.
Y hacia él se dirige, raudo y satisfecho por la cercanía del destino, dispuesto a atravesar las murallas que defienden la ciudad con el objeto de acceder a la plaza con mayúscula, y absorberla poco a poco, a modo de mágica poción que le permita digerir los malos tragos de la carretera.
Cientos de turistas, ociosos y observadores, parecen empeñados en la misma práctica, sugiriendo algún acontecimiento especial, pero los lugareños aclaran: Nada extraordinario, esta plaza siempre está repleta. Excepto durante las fiestas del Palio; entonces hay mucha más gente.
No cabe duda de que la Plaza del Campo, considerada no solo por la literatura impresa en la región- como una de las más bonitas del mundo, convoca a visitantes con fuerza inusitada.
A diferencia de otros espacios abiertos está levemente inclinada, como si fuese un enorme patio de butacas con forma de abanico, cuyo escenario estaría situado en el Palacio Público, sede del Ayuntamiento, dotado de una célebre torre de casi 100 metros de altura, la torre del Mangia, desde la cual se puede ver una excelente perspectiva.
El edificio, originario del siglo XIII, necesitó cientos de años para ser concluido e incorpora en su estructura mármoles y ladrillos que le confieren una atractiva singularidad.
En el interior se muestran frescos importantes y relieves originales de la Fuente Gaia, tallados en mármol de Carrara por Jacopo della Quercia. La fuente, casi siempre oculta por admiradores, se puede visitar en la parte alta.
Emplazada sobre tres colinas, Siena se fue conformando como urbe a base de barrios o distritos, 17 en total, que dos veces por año dirimen sus rivalidades en la citada Plaza del Campo reconvertida a hipódromo improvisado.
Se trata de una tradicional carrera de caballos que mezcla fiesta y competición, colores, alegría y rivalidad, mantenida desde tiempos inmemoriales con el fin de conseguir el Palio, preciado trofeo conocido también como Drappellone.
Las multitudes aguardan horas para animar a sus contrade preferidos, a favor de una pasión que se renueva cada 2 de julio (Palio di Provenzano) y 16 agosto (Palio dell' Assunta).
Extraordinarios monumentos -además del Palacio Público- conforman los límites de la plaza, destacando, en el extremo opuesto, el Palacio Sansedoni.
La Catedral, dedicada la Virgen de Assunta -patrona de Siena- y considerada como una de las expresiones artísticas máximas de la Edad Media, ocupa la parte más prominente de una colina. Iniciada en los albores del segundo milenio, forma parte del complejo catedralicio, junto al Museo de la Obras de la Catedral, el Batisterio, el Facciatone y la Cripta
En ella destaca, como en muchas otras iglesias de la Toscana, una maravillosa policromía de mármoles. Obra de Nicola y Giovanni Pisano, la fachada integra recursos arquitectónicos que parecen enfatizar la grandeza interior, donde estalla el asombro de un suelo único, donde la piedra se hace dibujo. Esa maravilla, conseguida con técnicas dignas de miniaturistas, es un tesoro que se preserva celosamente, y por ese motivo sólo se muestra desde finales de agosto hasta mediados de octubre, manteniéndose cubiertos el resto del año.
El Batisterio de San Juan Bautista exhibe entre otros portentos- una Fuente Bautismal de mármol, bronce y esmalte realizada por escultores sobresalientes: Donatello, Lorenzo Ghiberti, y Jacopo Della Quercia.
En el Museo de las Obras de la Catedral se conservan obras tan valiosas como la Maestá o Virgen en Majestad de Duccio, el retablo mas grande de la Edad Media, o la vidriera circular que originariamente se encontraba en el ojo absidal de la Catedral, o relicarios y objetos litúrgicos.
Al final de la visita del museo se abre un camino que lleva al Facciatone estructura destinada a ser, en el siglo XIV, una prolongación de la catedral que nunca se llegó a realizar, quizás por culpa de la peste o la derrota de la ciudad ante Florencia.
Desde sus alturas se aprecia una vista privilegiada de murallas, edificios medievales, torres e iglesias. No se agota fácilmente la historia en Siena, sus calles serpenteantes y empedradas -como Via Banchi di Sopra o Vía di Citta- ofrecen edificios de inspiración gótica o renacentista. Un ejemplo es el Palacio Salimbeni, situado en la plaza del mismo nombre y ocupado por una entidad de ahorro centenaria. Su frontis derrocha creatividad a base de ojivas, columnas y ladrillos. No muy lejos está el Palacio Piccolomini, o la Logia de los Mercaderes y más arriba, en otra colina, la iglesia de San Domenico, con un interior repleto de frescos que describen la vida de Santa Catalina.
La Puerta Camollia, una de las tantas que regalan el peaje a la muralla, incorpora un antiguo texto latino que dice, aproximadamente: Siena te abre su corazón más que esta puerta.
Si se tiene suerte uno puede leerlo al entrar, teniendo la certeza de que la salir, después de tantos regalos al espíritu y los sentidos, los corazones abiertos serán dos.
Daniel Molini
Toscana: el paese de los adjetivos (1)
Monterrigioni y Colle de Val d´Elsa: dos referencias imprescindibles.
Encontrar epítetos diferentes a precioso, recomendable o bonito puede convertirse en un auténtico problema cuando uno pretende describir los horizontes de la Toscana.
Por suerte, el lugar común acude en auxilio del cronista, que termina plasmando el mismo comentario que otros miles hicieron antes, aquel que resume la totalidad de atributos en uno solo: el de ser único.
Pero no deja de ser una mentira, porque todos los paisajes, no solamente los de esta región de Italia, son únicos. Tan únicos como efímeros, ya que aquello que vemos a la ida y con el sol de frente cambia al regresar, a esa hora en que las sombras juegan a ocultar las colinas o la trilla afanada en despeinar los campos- acumula fardos junto a los caminos.
La campiña toscana tanto es lo que hay que ver- necesita ser absorbida con los ojos bien abiertos. La naturaleza se entrevera con ocupaciones humanas; aquí girasoles y amapolas, allá un monasterio, acullá un poblado oculto entre cipreses, que hermana el pasado de murallas centenarias con el presente de un pequeño aparato usado para roturar la tierra.
El problema de esta geografía de valles y colinas, de ríos y espacios limpios, es decidir dónde parar, elegir el vecindario merecedor de nuestras atenciones, sabiendo que podrá sobrevenir la incertidumbre por aquello que, obligadamente, nos perderemos.
Algunos poblados, como los dos que se exponen en el encabezamiento, exagerados de cultura, tradición y fama, reclamarán nuestra presencia casi de forma coercitiva.
Si iniciamos el circuito partiendo de Siena, el primero que surgirá es Monterrigioni, a escasos kilómetros de la capital. Luego, siempre sin traspasar las fronteras de la Toscana Central, Colle de Val d´Elsa.
Monterrigioni empieza a hacerse notar desde lejos, gracias a una muralla perfecta que incorpora torres de guardia en lo alto de una colina, más allá de los olivos que le ofrecen sus contrastes cromáticos.
Al atravesar la puerta principal, que se abre a una plaza pequeña que lleva el nombre de Plaza Mayor, parecerá que nos incorporamos al capítulo medieval de un inmenso libro de historia.
Suelos empedrados y paredes del mismo material confieren una perspectiva que encandila, sobre todo teniendo en cuenta que esos brillos ocres perfectamente conservados- datan del principio del segundo milenio.
Monterrigioni, rodeado de campos y quietud, se compone de medio centenar de casas, la Plaza Mayor ya citada y una iglesia románica, tan minúscula como entrañable que se visita con agrado.
A escasos kilómetros, transcurriendo en dirección norte por la carretera que nos acerca a Florencia, está situado Colle de Val d´Elsa, otro enclave nacido en la Edad Media que conserva sus huellas intactas.
El río Elsa le presta su nombre y le regala un valle fértil y generoso, conocido perfectamente en la antigüedad por quienes transitaban la vía Francia, ruta que seguían los peregrinos procedentes del norte de Europa cuando las gracias y los dones se ofrecían o pedían en Roma.
La Puerta Nueva, con sus almenas y columnas, es un buen ejemplo de aquella solidez de tiempos inseguros, convertida ya sin pugnas ni peligros- en emblema de la ciudad.
Fueron arquitectos florentinos quienes diseñaron el entramado de murallas, con el objeto de aislar de posibles asedios los barrios donde se alzan residencias y palacios. La mayoría conserva sus fachadas amarillas y continúan llevando los nombres de sus promotores.
Colle de Val d´Elsa, dispuesto en dos niveles, uno superior otro inferior, -alto y bajo según los lugareños- , es un lugar especial para ser visitado paso a paso, caminando sin prisas.
El casco histórico se estructura a partir de barrios desarrollados de forma autónoma, cada uno con su correspondiente atractivo: Puerta Nueva, Castillo y Piano, los dos primeros más antiguos.
La ciudad, que cuenta con 20000 habitantes, se transformó en el último siglo en un polo artesanal de primera magnitud, cosa de la que presumen en sus anuncios: Colle di Val d´Elsa Città del Cristallo.
El cristal en general y el cristal soplado en particular, ocupa un lugar importantísimo en la economía de la región. Las piezas que surgen de sus hornos se exportan a todo el mundo y representan la casi totalidad de lo que se produce en Italia.
Otro de los orgullos del pueblo es Arnolfo di Cambio, artista local, escultor y arquitecto que trabajó en la Catedral de Florencia.
Aún se conserva su casa nativa, y una plaza, de las más importantes, lleva su nombre.
Como en Colle la extensión es limitada, los hitos se suceden uno al lado del otro. En el Borgo antiguo, superada la Puerta Nueva, también llamada Salis, que se abre a la Vía Gracco, aparecen dos edificios monumentales: el Conservatorio de San Pedro a la derecha y el antiguo Hospital de San Lorenzo a la izquierda.
El interés, que no cesa, continúa con un convento regentado por hermanos franciscanos, el Torreón y los palacios Capresi, Usimbardi, Alessi, Buonosegni y Renieri.
En el barrio del Castillo de Piticciano existen otros atractivos, como los palacios Campana, Salvetti, Giusti, Pretorio, Episcopal y del Priori.
El esplendor de construcciones, torres y campanarios, anuncia uno de los monumentos más significativos, la Catedral, que preserva en su interior obras de factura prodigiosa, como un púlpito de mármol.
Caminando por la calle del Castillo se llega a un bastión dedicado a Sapia, personaje alumbrado por Dante, que en el canto XIII del Purgatorio asiste a la derrota de los gibelinos sieneses a manos de los güelfos florentinos: No fui sabia, aunque Sapia me llamaron, / y fui con las desgracias de los otros / aún más feliz que con las dichas mías.
Independientemente de la literatura, queda perfectamente claro que en este rincón de la Toscana no es necesaria la desdicha de nadie para sentirse bien.
El Piano, la parte urbana más próxima al río Elsa, da soporte a la zona comercial e industrial. También recibe al Museo del Cristal, la Plaza Arnolfo y la iglesia de San Agustín. Desde el río se puede ver la carretera que conduce a zonas aledañas, que celebra parajes y paisajes donde el agua cobra protagonismo y la naturaleza se muestra como si fuese única, capaz de soportar todos los adjetivos imaginables.
Daniel Molini
Toscana: el paese de los adjetivos (2)
San Gimignano y Volterra: donde conviven las torres, el alabastro y las campanas.
Las piedras, a lo largo de la historia, tuvieron mucho que ver con el poder, algunas veces a favor propiciando fortines, prisiones o murallas, y otras en contra, cuando eran arrojadas por los desheredados para condenar afrentas o injusticias.
En la Toscana, y más en la zona central que nos ocupa, aquel objeto inicial fue trascendido y las obras que nacieron como muestra de prestigio o defensa para unos pocos concluyó siendo Patrimonio Cultural de la Humanidad.
San Gimignano, en la provincia de Siena, es un buen ejemplo de rocas mutadas a residencias y torres, cuanto más altas mejor, cuanto más sólidas mejor, como si esas cualidades pudiesen transmitirse a quienes las habitaban.
Las crónicas refieren un poblado con muchísimas atalayas, más de setenta, de las que hoy se conservan catorce, que ven desfilar, día tras día, columnas de visitantes que llegan de todas partes del mundo.
A San Gimignano, todo él rodeado de murallas y considerada una de las ciudades medievales mejor conservadas de Europa, se accede caminando. Los coches deben aguardar fuera de los límites, en aparcamientos en los que cuesta conseguir una plaza libre.
Una puerta del siglo XIII muy pesada la de San Matteo- permite la entrada a la calle de San Giovanni, que mantiene su suelo adoquinado de tiempos pretéritos.
Enseguida aparece la iglesia románica de San Agustín, también del siglo XIII, ornada con frescos referidos a la vida del santo. Siguiendo la misma derrota se llega a la Plaza de la Cisterna, limitada en su perímetro por torres y palacios que llevan la firma de una edad, la media.
Los nombres de los antiguos propietarios se siguen mentando, como el de Ardinghelli, que muy cerca de la Plaza del Duomo edificó su torre y morada para admiración de lugareños y peregrinos.
Precisamente en la Plaza del Duomo aguarda uno de los monumentos más importantes consagrado en el año 1148: la Colegiata, con una fachada románica austera que contrasta con los interiores ricamente decorados. Las naves ofrecen frescos con temas bíblicos de Domenico Ghirlandaio.
Al lado mismo, coincidiendo puerta con escalera, se alza el Palacio del Pueblo y su torre correspondiente, que con 54 metros de altura lo mira desde arriba. Un patio porticado minúsculo merece atención, pues fue allí donde Dante Alighieri, según la tradición, pronunció un discurso como embajador florentino el 8 de Mayo del año 1300.
Los lugares de interés aparecen sin orden ni concierto, porque lo que se impone en San Gimignano es caminar sus callejuelas, sabiendo que en el sitio más inesperado un campanario podrá transformarse en objeto de culto, o abrirse a un paisaje inolvidable.
En la zona más baja de la plaza está el palacio Viejo con su torre de nombre sugestivo: Rognosa. A través de un arco centenario se pasa a la Plaza de Pecori, enriquecida con una logia antiquísima y los museos de Arte Sacro y Etrusco.
La muralla que preserva el enclave es una maravilla. Provista de cinco entradas parece un mural de mil tonos ocres, color que en Siena significa gloria, sobre el que crecen plantas y enredaderas que agregan verde al espectáculo.
Una fortaleza sin restaurar en la cima de la colina se abre a una perspectiva inmejorable del pueblo y sus alrededores. En el entorno inmediato el protagonismo corresponde a las vides, y en el mediato otros reclamos, que en la magnífica Toscana parecen no agotarse.
A favor de uno de esos reclamos llegamos a Volterra, enésima ciudad asentada sobre colina, enésima joya del medioevo.
La ciudad parece mirar al paisaje con suficiencia, desde arriba, como si estuviese segura que el protagonismo es suyo, más allá de las formas que adoptan los campos, más allá de toda la vida que guardan, más allá de la atmósfera transparente.
Al igual que en San Gimignano,sobran los vehículos. Caminando sus calles el visitante se nutre de arte y cultura, ayudados por tres museos que ofrecen erudición: Etrusco, de Arte Sacro y la Pinacoteca Cívica.
Los folletos que ofrece la Oficina de Turismo aseguran que los monumentos en Volterra certifican tres mil años de historia, los cuales se reafirman gracias a colecciones, por ejemplo la relacionada con los etruscos, considerada de las más importantes de Italia.
En la Plaza Central la arquitectura se transforma en fiesta gracias al espacio diáfano y a los palacios de los Priores y Pretorio vecinos.
La función continúa con las torres de Buonparenti, Buonaguidi, la catedral en la Plaza de San Giovanni y en calles estrechas vecinas, que a veces se tuercen caprichosamente dejando ver construcciones renacentistas, como los palacios Minacci o Inghirami.
El río Cecina, que da nombre al valle que ocupa el extremo sur de la provincia de Pisa, ha sido generoso con la naturaleza y los paisajes de Volterra.
Olivos, cipreses y viñas se hacen grandes a golpe de una luz célebre, que parece reverberar en las colinas desnudas y arcillosas marcadas por siglos de tránsitos, caminantes y labores, como la del alabastro, a quienes los vecinos convirtieron en objeto deseado.
Extraído en zonas aledañas, transparente o veteado, con inclusiones minerales o remedando los matices del ámbar, fue usado en épocas remotas para la fabricación de urnas funerarias, algunas de las cuales se pueden ver en el Museo Etrusco.
A partir del siglo XVIII las piezas producidas en Volterra comenzaron a ser consideradas en todo el mundo, propiciando una tradición familiar y centenaria que todavía se preserva con orgullo.
Las técnicas y los secretos, pasados de generación en generación, hicieron posible el protagonismo significativo que el alabastro tiene hoy en la artesanía italiana.
Ante tantas ofertas tentando los sentidos cuesta tomar decisiones en Volterra; en realidad cuesta tomar decisiones en toda la Toscana. Existe una que es la más difícil de todas: decidir el momento de regresar.
Daniel Molini
Helsinki: una capital tranquila
Influencias del este y el oeste confluyen en una península de granito.
Si pudiésemos iniciar todos los viajes en el mismo momento de salir de casa, olvidándonos de maletas, aeropuertos, funcionarios poco colaboradores y algunos controles denigrantes, los placeres por conocer se multiplicarían por veinte.
Precisamente en eso estaba pensando, en las dificultades que tiene la gente para asumir las penalidades que el turismo moderno obliga a padecer a quienes lo practican, cuando me di cuenta de que ya estábamos llegando al sitio elegido, y que comenzaban las horas de aliarse a la alegría.
Finlandia, una tierra natural, rezaba el folleto que nos entregaron en el aeropuerto Vantaa. El material, bastante comprometido con el medio ambiente, vinculaba loas y un gran cariño del autor por aquello que estaba describiendo: El aire claro y las aguas cristalinas que corren en libertad son la base para la comida y la tradición culinaria. 200.000 lagos, 180.000 islas, 20.000 kilómetros de río, más de 5.000 rápidos, y 1.000 kilómetros de costa marina.
No es difícil encontrar las explicaciones de esa comunión entre agua y naturaleza, en un país cubierto de bosques, el 70% del territorio, con árboles de hojas caducas en el sur, pinos y abetos en el interior y muy pocos poblados en el norte, donde se pueden ver osos y venados. El estado cuenta con 40 parques nacionales y zonas naturales de recreo.
El redactor del folleto no iba a ser el único que hablaría bien de su tierra; Irina, encargada de ilustrarnos en la visita por Helsinki haría lo propio, dándonos la bienvenida a una capital tranquila, incomparable y capaz de asombrarnos.
Nuestra primera referencia fue la célebre Temppeliaukio Church, iglesia luterana construida en la década de los sesenta por los hermanos Timo y Tuomo Soumalainen.
Los autores trepanaron un promontorio de piedra para alumbrar de ese modo el espacio deseado, cubriéndolo posteriormente con una cúpula de madera y cobre. A pesar de un interior austero, como el de casi todas las iglesias luteranas, el templo ha conseguido convertirse en foco de atracción turística por su singularidad.
Aproximadamente una cuarta parte de la superficie de Helsinki está ocupada por espacios verdes y parques. Uno de ellos, el Sibelius, ofrece un homenaje al músico fallecido en 1958, que se completa con una escultura de E. Hiltunen, cuya forma recuerda a los tubos de un gran órgano. Un busto, instalado muy cerca, hace explícito y le pone semblante al destinatario de la gloria.
Cerca del parque existe un barrio construido en madera que incorpora la vivienda del presidente de la República, poco ostentosa si se la compara con otras residencias oficiales. La zona se llama Seura Saaeri, y su nombre traducido significa brazo de mar.
Allí los abedules se empeñan en crecer por todos sitios, haciendo caso omiso del subsuelo que cubre toda la península sobre la que se construyó la capital.
Aunque durante largas temporadas se cubren de blanco conservan intacta su capacidad de colorearse, cuando el verano u otoño así se los ordenan.
Yendo desde la periferia de la urbe hacia el centro se pasa frente a una gran mole: el Estadio Olímpico, donde se desarrollaron los juegos en el año 1952. Una estatua evoca a Paavo Nurmi, famoso atleta convertido en símbolo de pundonor para los fineses.
Al acortar distancias hacia el casco histórico aparece el Teatro de la Ópera y una serie de edificios emblemáticos salidos de los estudios de Alvar Aalto y Theodor Höijer.
Desde allí se podría llegar al centro cívico en un santiamén, pero decidimos hacerlo a través del muelle y el puerto, donde llaman la atención los rompehielos, elementos vitales para las comunicaciones en Finlandia.
La Catedral Ortodoxa, que se alza muy cerca del sitio donde atracan los cruceros de turismo, se adivina en el horizonte, haciendo resaltar sus ladrillos rojos.
El eje político se estructura en base a la Plaza del Senado. La edificación más antigua es una residencia gris, modesta, construida en madera a finales del siglo XVIII. Su importancia radica en ser la más antigua, porque el resto de construcciones contemporáneas a ella desaparecieron por culpa de sucesivos incendios, el último en 1808, tan grave que prácticamente arrasó Helsinki.
El zar Alejandro I, mandó reconstruir lo que sería la capital del Gran Ducado, ejecutando obras que todavía se pueden admirar. Aquello que en origen estaba destinado a ser Senado es hoy Palacio de Gobierno. Los edificios, firmados por el arquitecto J. L. Engels, ofrecen una perspectiva uniforme y neoclásica, muy atractiva, a la que se suman Universidad, Biblioteca y Catedral Luterana.
El monumento que está en el centro rinde honores al zar, una forma de agradecimiento del pueblo hacia un monarca amado, por permitir la conservación de ciertas prerrogativas cuando el país estuvo dominado por Rusia.
Frente a lo que era una antigua mansión de la nobleza reconvertida en Banco de Finlandia existe otro hito, dedicado a Snellman, quien fuera impulsor del rescate del idioma y defensor de la propia moneda.
La zona residencial vecina, bien conservada, incorpora el Palacio de Relaciones Exteriores, antiguo Ministerio de la Marina Rusa. La mayoría de las casas están decoradas con flores y animales típicos, tradición muy extendida en Finlandia. Entretenidos con las fachadas se llega a la Plaza del Mercado, casi desierta en invierno, pero que en verano concentra multitudes llegadas del interior para ofrecer productos de la tierra y artesanías.
Alrededor de ella está la zona de los comercios, donde las calles anuncian sus nombres en carteles grandes, capaces de contener rótulos escritos en los dos idiomas oficiales: sueco y finés. A pesar de las bajas temperaturas las aceras nunca se congelan, pues están provistas de un sistema de calefacción que propicia andares más confortables.
El estilo arquitectónico nacional, consistente en erigir frentes con torres y un diseño asimétrico, está muy presente en esta parte de la ciudad, que se prolonga hasta la zona de las embajadas, a un tiro de piedra de los astilleros.
En el centro de la Plaza del Mercado, y también en el centro de todos los corazones de los habitantes de Helsinki, se encuentra Havis Amanda, figura en bronce de una joven que emerge de una fuente convertida en símbolo de fraternidad.
Es muy difícil, después de conocerla, no rendirse ante ella. Ya lejos, uno abriga la esperanza de volverla a ver.
Daniel Molini
Rovaniemi: un lugar donde la nieve convive con mitos y tradiciones
Ciudad blanca, moderna y amable.
Llegar a Rovaniemi en invierno, 800 kilómetros al norte de Helsinki, es una bonita experiencia. El avión aterriza en una pista blanca, color que asalta el horizonte y los paisajes. Se mire donde se mire todo es blanco, y aunque cambien las formas o se adivinen los volúmenes el fondo permanece blanco invariable.
En la sala de llegadas del aeropuerto nos espera nuestra guía y lo primero que nos enseña es a saludar al estilo lapón, mediante una expresión que puede parecer redundante: Hey: hola; hey-hey: adiós.
Por fuera del edificio, a la sombra de un cartel donde se exhiben varios renos, aguarda el autobús que nos trasladará a la ciudad, erigida en la confluencia de los ríos Kemi -el más largo de Finlandia- y Ounsa, cuyos nombres figuran en los rótulos locales como Kemijoki y Ounsajoki.
Rovaniemi, con una historia larguísima y una población de 60.000 habitantes, es el centro administrativo de Laponia y el lugar donde reside la oferta turística y los servicios.
El primer contacto con el frío lo tenemos en una iglesia luterana de las afueras, donde a su vera los lugareños construyeron una capilla efímera, una maravilla de transparencias, con altar, cruces y ventanas hechas de hielo.
Desde allí hasta el museo ártico que será nuestra primera referencia cultural, hay un camino casi recto, que pasa frente a un cementerio que en Nochebuena se transforma gracias a fieles que se acercan a ofrecer velas encendidas, miles de ellas, a sus difuntos.
En el año 1944, tras la devastación provocada por los nazis en su huída, Rovaniemi comenzó a ser reconstruida íntegramente, por eso no es raro encontrar edificios con firma de arquitectos grandiosos, como Alvar Aalto, autor de la Biblioteca, la Casa Lappia y el Ayuntamiento.
El museo del Ärtico, llamado Artikum, fue edificado bajo tierra en el año 1992, conmemorando el 75 aniversario de la independencia de Finlandia. Consiste en varios edificios comunicados por un túnel de cristal que se continúa hasta la rivera del río Ounsa. La institución recibió un premio del Consejo de Europa por sus excelencias y un holograma a la entrada testimonia este hecho.
Dentro se pueden apreciar aspectos de la vida de los samis y lapones, así como regalos que ofrece la naturaleza, por ejemplo una amatista espectacular de 650 kilos que, según la tradición, protege a los nativos del demonio y al buen comportamiento de las tentaciones.
Una de las principales atracciones de Rovaniemi está a pocos kilómetros de su centro: la oficina de Papá Noel, inaugurada en 1985 después de 480 años de vivir en lugares escondidos y remotos, donde unos gnomos le ayudaban en sus tareas de fabricar ilusiones.
Según la leyenda su nombre era Jauhebupki y cuando su trabajo comenzó a multiplicarse de manera exponencial contrataron una plantilla de ángeles.
Allí, en un rincón blanco y helado del Círculo Polar, atiende el atleta de la ilusión desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, sin perder la alegría por exceso de trabajo. Recibe a más de 500.000 clientes cada año, que miran con ojos fascinados, desde sus bajas estaturas de niños, el destino de cartas y pedidos.
Cuando los ve próximos Papá Noel se muestra complacido, y luego de tomarles la mano comienza a exponer, con palabras cómplices, lo que los pequeños esperan escuchar.
Altísimo, con manos enormes y pies calzados con botas grises, donde podrían caber todos los caminos recorridos, ofrece guiños a los padres y fotos con nariz gorda, sombrero rojo y gafitas a sus hijos. Se sabe de memoria todos los juegos, y no escatima esfuerzos para ir describiéndolos uno a uno, incluso poniendo sustantivos de multinacionales, porque en épocas de globalización, incluso a Papa Noel le afectan las marcas comerciales.
La parafernalia comercial montada a su lado, con oficinas de correo para mandar saludos a todas partes del mundo, fotos, llaveros, recuerdos, campanitas, canciones, y máquinas registradoras, no consigue romper el momento de encanto, porque los turistas se marchan pletóricos de sonrisas, y mirando para atrás.
Otro lugar que merece una visita es la Isla de la Felicidad, aproximadamente a 11 kilómetros del centro de Rovaniemi, donde existe un comedor instalado en forma de choza lapona, con mesas en torno a un fuego central que ofrecen exquisiteces propias de la región.
En realidad es un pequeño trozo de tierra en mitad del río Kempoki, y se accede a través de un puente de madera muy curioso, adornado con luces tenues. De noche, desde ese lugar oscuro y retirado del poblado, se puede ver el cielo con toda su oscura magnificencia, y no es raro ver efectos lumínicos frecuentes en esa parte del globo. Los japoneses, fanáticos de la aurora boreal, llegan en masa a ver el fenómeno, sintiéndose afortunados si lo consiguen porque anunciará momentos de felicidad, o hijos varones, o inteligencia en los descendientes.
En la región, todo lo demás, es naturaleza. Aunque la explotación sostenible del recurso turístico es joven, los nativos se han organizado bien.
Nadie que llegue a Rovaniemi prescinde de los paseos en motos de nieve sobre ríos congelados, de las visitas a las granjas de perros huskies o de renos. Allí, donde el mapa de Europa le cede el paso a los fríos perpetuos del ártico inclemente, existe un lugar que espera ser descubierto.
Daniel Molini
La mayoría de las referencias que se leen sobre Berlín, cualquiera sea el medio que las publique, provocan una especie de reflejo condicionado: las ganas de visitarla.
La capital alemana se ha convertido, en la última década, en una ciudad fascinante donde convergen proyectos grandiosos y arquitectura firmada por artistas de todo el mundo.
Si a las ganas por conocer se le añade la compañía y asesoramiento de nativos competentes, el placer se multiplica de forma exponencial.
Afortunadamente, con respecto a lo segundo, el turista inquieto encuentra una oferta impresionante de expertos organizados, capaces de guiar a los visitantes por todos los secretos de la metrópoli, a cambio de tarifas asumibles.
Circuitos de cuatro, ocho horas, contratos de un día, dos o tres, andando o en autobús, a través de calles y siglos recorriendo hitos de paz y guerra.
La necesidad de describirlos, aunque sea sucintamente, se impone en un artículo que pretenda ponderar un destino.
En el caso de Berlín la exposición debería comenzar por la Puerta de Brandenburgo, principio y fin de todos los caminos.
Representa el único bastión superviviente de una antigua muralla que cercó a la ciudad hasta finales del siglo XIX, construida según tesis de los historiadores- no tanto para evitar entradas furtivas de invasores, sino para prevenir huidas de tropas defensoras.
Su desarrollo, de estilo clásico, ofrece en la parte superior una cuadriga conducida por la diosa Eirene, en un intento mitológico de llevar a los caballos lo más lejos posible, quizás allí donde reside la paz y riqueza que representa.
La superficie está adornada con relieves que a pesar de rendir homenaje a esa misma paz fueron testigos de mil violencias, desde Napoleón hasta los nazis, demostrando que la inspiración del arte, desgraciadamente, suele ser superada por la ambición.
Al lado existe un lugar de recogimiento donde la gente se instala, si así lo quiere, para reflexionar en silencio.
Esta tranquilidad se contrapone, a pocos metros, con el ir y venir de visitantes con afán de trascender la celebridad con una foto.
De un lado de la puerta se ven embajadas en obras, edificios restaurados que amalgaman paredes centenarias con vigas de aceros y cristales enormes; del otro una calle emblemática: la Unter den Linden o Avenida de los Tilos.
A su vera se alzan muchos edificios singulares, como el Museo de Historia Alemana, instalado en un precioso edificio barroco construido en la época de Federico I y adornado con relieves que representan los desastres que ocasionan las batallas.
Al igual que otras construcciones de Berlín, que recibieron remodelaciones o incorporaciones arquitectónicas modernas, la parte más antigua de este palacio posee un anexo diseñado por Li Pei, el mismo que firmara el proyecto de la pirámide de cristal que da acceso al Louvre de Paris.
La mayoría de los textos sobre la capital de Alemania mencionan a una ciudad con un pasado muy intenso, que alterna grandeza con destrucción, genios con vándalos, propiciando en su andadura múltiples resurgimientos, abordados en distintas épocas con diferentes estilos.
De tal forma las obras prusianas o imperiales o socialistas se entreveran con moles futuristas diseñadas por arquitectos célebres, a veces en proyectos con identidad propia, otras a través de actuaciones controvertidas y polémicas, que incorporaron formas y materiales nuevos en formas y materiales antiguos.
Todo eso se reparte en una urbe que alguna vez presumió de ser la mayor del mundo y que cuenta con una oferta que quita el aliento: museos (más de 100), teatros (más de 50), universidades (18), óperas (3) y dos jardines zoológicos.
Saltan a la vista la multiplicación de recursos y los esfuerzos necesarios para mantenerlos, pero en la posguerra inmediata, cuando la necedad y los muros gobernaban, el este y el oeste competían para sentirse grandes y mejores.
Ante tanto despliegue no es raro que la ciudad reciba millones de turistas, que aunque parezca una exageración convergen en el Reichstag, sede del Parlamento de la Republica Federal de Alemania.
El palacio, construido a finales del siglo XIX, es de estilo renacentista y obra del arquitecto Wallot. Todavía pueden verse, en una de sus entradas, escudos de los países que conformaban el Reich o imperio.
Tras los bombardeos de la Segunda Guerra quedó en situación precaria, siendo finalmente rehabilitado en 1999. La cúpula que corona el conjunto, obra del arquitecto Norman Foster, se ha convertido en un sitio de referencia, de visita obligada.
Desde allí se tiene un punto panorámico ideal, que permite ver, entre mil otras cosas, el río Spree. No pudieron dividirlo los políticos, pero sí utilizarlo como frontera, la misma que regalaba riqueza natural y esplendor verde a ambas orillas, porque nunca la naturaleza reconoció bandos en pugna.
(Continuará)
Daniel Molini
Las autoridades comunistas, cuando mandaban sobre Berlín oriental, quisieron representar el poderío de su régimen con un monumento que pudiese ser visto desde lejos, olvidando que el oeste estaba a un paso, al otro lado del muro.
Grandes avenidas, espacios abiertos, y una plaza enorme, la de Alexander, parecía ser el sitio ideal para plantar una torre de 368 metros, elegante y estilizada, perfecta para emitir televisión y salir bien en las fotos.
Desde su mirador, instalado en una especie de rotonda a la que se accede en ascensor, se puede disfrutar de una perspectiva única de la ciudad, y desentrañar los juegos publicitarios que mantenían ocupados a los contendientes durante la guerra fría, construyendo moles de un lado y del otro, con el objeto de provocar admiración o envidia, como si la bondad de los sistemas residiese en las imágenes.
Estando arriba se puede comprender la estulticia de los poderosos, que despreciaban zonas que hoy cotizan a precio de oro, donde la austeridad socialista se vio reemplazada por infraestructuras promovidas por multinacionales de todos los continentes.
Cada vez son menores las diferencias provocadas por 29 años de separación, y, afortunadamente, del Muro solo queda una pequeña muestra, suficiente como para recordar la infamia que representó.
El antiguo Berlín oriental conserva la Avenida de Carlos Marx, de casi 100 metros de ancho, sus bloques de viviendas de estilo moscovita y los restos de un entramado industrial, en forma de depósitos y almacenes rehabilitados para albergar actividades culturales.
No muy lejos de allí aguardan al visitante otros hitos imprescindibles, como la Iglesia de la Memoria, la Isla de los Museos, la Postdamer Platz, el Museo Judío o el Memorial del Holocausto.
Una de las referencias más emblemáticas es la Iglesia de la Memoria. El templo original, dedicado a Guillermo I, fue destruido durante la Segunda Guerra. Sus cúpulas bombardeadas terminaron como escombros, permaneciendo de la estructura original sólo una torre amputada.
Gracias a un arquitecto, Egon Eiermann, y a quienes secundaron su proyecto, se inició la construcción de una nueva iglesia en lugar de rehabilitar la antigua. A tal efecto se erigió una estructura de planta hexagonal, de 53 metros de altura, con un acabado externo que no persigue la ostentación. El interior derrocha espiritualidad y la luz natural, que se filtra a través de cientos de cristales azules, multiplica el efecto de recogimiento concebido por su creador.
Ambos templos, nuevo y antiguo, se visitan conjuntamente, con el objeto de recordar no solamente los desastres de la violencia, sino el esplendor -frisos y mosaicos- que existía en tiempos del imperio alemán y de su primer Káiser de la familia Hohenzollern.
A corta distancia de donde se evoca este pasado se abre una de las calles más nombradas de toda Alemania, la Kurfürstendamm, conocida por el apócope de Ku Damm.
Inspirada en los bulevares parisinos ofrece canteros centrales con flores y esculturas. En sus más de 50 metros de ancho y 3 kilómetros de largo se dan cita reputadas casas comerciales, cines y teatros.
La historia, hecha a golpes de períodos que entreveran logros con angustias, fue muy exigente con la Postdamer Platz. Antes de la guerra era el centro de comunicaciones de Berlín, el punto donde convergían las vías más importantes. Tras la contienda, convertida en tierra de nadie, quedó emparedada entre muros principales y accesorios. Fue después de la reunificación, coincidiendo con la llegada de poderosos intereses y capitales, cuando renació. Arquitectos con muchos títulos concretaron sus proyectos dando forma a emprendimientos atrevidos, como la sede central europea de la casa Sony, o una estructura de cristal y acero donde reside la compañía de trenes DB.
En Berlín, donde casi todo se permite, debería estar prohibido no visitar la Isla de los Museos, integrada en el catálogo de Patrimonio Cultural de la UNESCO.
El Altes Museum (Museo Viejo), construido a finales del siglo XIX, fue el primero que se instaló gracias a un arquitecto reverenciado: Karl Friedrich Schinkel, capaz de proponer, diseñar, construir, dirigir y ejecutar obras de grandísima trascendencia.
El prestigio de Prusia, sus campañas por el mundo y los tesoros adquiridos, pronto necesitaron nuevos espacios para ser expuestos. De tal forma nació el Neues Museum (Museo Nuevo), obra de Friedrich Stüler destinado al arte egipcio.
A partir de ese momento se sucedieron la Galería Nacional, dedicada a la pintura y escultura alemana y el Bode Museum, donde se alojan colecciones variadas.
A principios del siglo XX, para completar una oferta cultural impresionante, fue construido el Museo Pérgamo, con el objeto de albergar el altar de Pérgamo, trasladado de su emplazamiento original, y otras riquezas arqueológicas célebres en el mundo entero, como la puerta babilonia de Ishtar.
El Holocausto, un capítulo importante del dolor, no se hurta al visitante. Dos referencias son casi obligadas: el museo Judío, obra del arquitecto Daniel Libeskind y famosísimo incluso antes de ser inaugurado y el Memorial del Holocausto, un bosque de prismas y cubos de cemento, de distintas alturas y volúmenes, que trazan cientos de senderos con pequeños desniveles, que son recorridos en silencio, quizás con la secreta esperanza de evitar despertar al desasosiego que parece habitar el espacio diseñado por Peter Eisenman.
Daniel Molini
Muy temprano, en horas en que los nativos continúan aferrados a la modorra y los viajeros desperezan a la suya, es cuando las ciudades se visitan mejor, sobre todo cuando es mucho lo que hay que ver.
Barcelona, con todo lo que ofrece, podría provocar un empacho de madrugones si no logramos contener la ansiedad por conocer.
Es tanta la riqueza arquitectónica y ornamental, tanto los estilos, que no alcanzan los días para abarcarlos, tampoco las estancias, que aunque se renueven siempre encuentran nuevos reclamos por descubrir, nuevas formas en el paisaje, nuevas torres y monumentos coexistiendo con los de siempre, aquellos que figuran en la historia del arte.
Las siete y media de la mañana, cuando el Mercado de la Boquería empieza a mostrar sus estantes cargados de frutos, y uno se ve rodeado sólo de su propia curiosidad, es una buena hora para comenzar a descubrir.
Fue mirando hacia el techo, donde conviven
hierros con rótulos y faroles, cuando nació la inspiración de
iniciar una persecución de luces, forjados, balcones y fachadas
de una época que escribió páginas memorables en el gran libro
de la arquitectura.
Los puestos empezaban a hacerse tentadores, premiando el sentido
de la vista con el del olfato y el gusto de un buen desayuno,
prólogo de la ruta elegida, a favor del modernismo.
Muchos de los mejores recorridos turísticos, y éste resultó ser una de ellos, son gratis. Lo único que exigen es tiempo, un buen par de zapatos y ganas de caminar. Como disponía de las tres condiciones, y además contaba con una guía estupenda editada por el Ayuntamiento de Barcelona, obtenida en la Oficina de Turismo de la Plaza de Cataluña a cambio de un muchas gracias señorita, me dispuse a deambular.
Disciplinado, comencé por el edificio que figuraba con el número uno, la Casa Estapé, situada en el pasaje de Sant Joan número 6, al lado mismo del Arco del Triunfo.
En ese momento, como buen avaricioso, pensaba visitar los 115 hitos señalados en el itinerario. La ilusión se desvaneció muchas horas después, cuando la anatomía empezó a flaquear, haciendo necesario el deber de priorizar, siguiendo el injusto método de los símbolos y las estrellas, que marcaban en el folleto la condición de los edificios que atesoran singularidad.
"La ruta del modernismo es un itinerario por la Barcelona de Gaudí, Domènech i Montaner y Puig i Cadafalch, que junto a otros arquitectos convirtieron a Barcelona en la capital mundial del Modernismo.
Así encabeza la guía, casi como único texto, las descripciones a seguir. Tras el debut en la Casa Estapé llegó el edificio de Hidroeléctrica, a menos de cien metros de distancia en la Avenida de Vilanova 12.
Después llegaría el turno al Museo de Zoología en la calle Picasso, y a los contiguos Hivernacle y Umbracle.
Mi intención era dejar a un lado las obras más reseñadas y conocidas, como la casa Batlló, la Casa Milá o Pedrera, la Casa Terrades o de Les Punxes, la Sagrada Familia, el Hospital de la Santa Cruz y San Pablo o el Palau de la Música Catalana, pero transgredí mis propias normas.
El objeto de fotografiar fachadas, metales y farolas se amplió con la imaginación de mil artículos, sobre los árboles de Barcelona, las placas y recordatorios de Barcelona, las calles significativas de Barcelona o los excesos de Barcelona, porque ver edificios modernistas preciosos, junto a otros construidos antes o después, cercanos o lejanos, de corrientes distintas pero igual de valiosos, con forma de pepino, cúbicos o de prismas transparentes, no deja de ser un exceso.
La coexistencia de tanta variedad, configurando los volúmenes de una ciudad donde la arquitectura es digna de figurar en todas las enciclopedias, parece no tener fin, pues la ciudad y el interés, aunque se antoje imposible, continúan creciendo.
La ruta diseñada por el Ayuntamiento no se limita a edificios que pertenecen al Patrimonio Cultural de la Humanidad, sino que describe otros que continúan cumpliendo las mismas funciones para las que fueron creados: hoteles, restaurantes y casas señoriales, reconvertidos en sus plantas inferiores a labores mercantiles.
Si uno se detiene en la calle Santa Ana 21, por ejemplo, podrá observar dos locales, el de la izquierda dedicado a la venta de bolsos y cinturones, el de la derecha transformado en farmacia, que prima su escaparate con la venta de una crema milagrosa para combatir la celulitis.
Es levantando el horizonte de la mirada cuando se descubren las estructuras moldeadas, los hierros que parecen haber sido tratados en fábricas de rulos, paredes ornadas y arte que se desborda, trascendiendo la vulgaridad de aquello que queda por debajo.
En el 20 22 del Portal del Ángel la guía informa: Catalana de Gas. Frente a esa fachada hay que volver a mirar hacia arriba, porque abajo, a ras de suelo, sobrevive la simpleza del mercado y las ganancias. Una firma efectuada en la piedra ilustra: L. Domènech, arquitecto.
En la Casa Martí, Els Quatre Gats, Monsió 3 Bis, imperan los ladrillos vistos, el hierro con mil formas y un lujo de cerámicas que decoran los bajos de las balconadas, en zonas destinadas a ser vistas sólo por los paseantes, como si fuese un regalo añadido.
En el trazado de la ruta del modernismo conviven obras espectaculares como las Casas de Lorenz Camprubí, Calvet, Malagrida, o Fuster, transformada en un hotel de súper lujo declarado monumento nacional, con otras más austeras: antiguos hornos de pan, boticas, hoteles, viviendas estrechas, ferreterías o bares, que a pesar de todo consiguieron trascender su humildad en algo imperecedero.
Nueve horas después, con la satisfacción de haber accedido a muchísimas referencias, me preguntaba: ¿Cuándo podré visitar las que faltan?
Daniel Molini
En el mundo de los viajes existen destinos que no parecen movilizar, por sí mismos, el interés de los turistas. Sin embargo, cuando se está cerca de ellos explota el entusiasmo y su visita se transforma en algo de obligado cumplimiento.
Postdam podría ser el paradigma de estos lugares, por cuento la mayoría de los visitantes que llegan a Berlín suelen dedicar una jornada, o incluso dos, para sumergirse entre sus límites.
Situada a poco más de veinte kilómetros de la capital alemana, los palacios, la ciudad y su entorno ofrecen historia antigua y contemporánea, arquitectura de siempre y mucha naturaleza, tanta, que hasta su nombre está condicionado por ella.
Los folletos aseguran que su bautismo tiene sabor a roble: Poztupini, nombre del cual derivó la acepción actual.
¿Estuviste en el Palacio de Sanssouci?, es lo primero que suelen preguntar quienes ya estuvieron a la persona que regresa. La respuesta es siempre la misma: sí, por supuesto, porque Sanssouci es Postdam, y Postdam es Sanssouci.
Todo empezó en el siglo XVIII, cuando un príncipe de la dinastía de los Hohenzollern descubrió un lugar habitado por hayas, robles y ríos. La leyenda menciona un deslumbramiento ante tanta belleza, hecho que propició que el noble decidiera instalar allí su campamento de verano.
Los sucesores, a lo largo de muchos años, fueron incorporando mejoras, edificios y jardines, hasta convertir la primitiva cabaña en un tesoro incorporado al catálogo del Patrimonio de la Humanidad.
El gusto, pero también el dinero de los monarcas, consiguieron hacer del rococó de Sanssouci (que podría traducirse del francés como sin preocupaciones) una obra de arte, al que luego se agregaron otras como el Palacio Nuevo o la Orangerie, haciendo de Postdam la joya de Brandemburgo.
En general todos los reyes de Prusia continuaron edificando, para algo tenían casi 300 hectáreas de espacio natural y ansias de modificar, pero quien le dio trascendencia primera fue un príncipe algo melancólico, Federico, el mismo que le dedicó sus mejores horas, entretenido en componer música, tocar la flauta y cultivar humanidades.
A diferencia de otros reyes con tumbas ornadas con mármoles y riquezas exageradas, sus restos reposan en la tierra, en un jardín casi insignificante acotado al lado del palacio, junto a seres que adoraba: sus perros.
Otro Federico, pero ya en el siglo XIX, consiguió -gracias a jardineros y arquitectos de lujo-, convertir el espacio circundante en objeto de admiración.
Fuentes, esculturas, terrazas y escaleras multiplican el concepto de belleza. Todo a favor de los sentidos: agua donde hace falta, colores, hierro forjado y mármol, que debe ser protegido de los inviernos duros con abrigos de madera.
El mundo vegetal, ordenado siguiendo trazados creativos, posibilita con sus formas y tonalidades que el visitante termine rendido ante lo que ve.
A principios del siglo XX, a pesar de la guerra, se siguió construyendo en Postdam, concretamente Cecilienhof, un palacio que parece transplantado de la campiña inglesa.
Con atributo de castillo vigila el paisaje desde el lago Jungfern, y su fama deviene porque en el año 1945 albergó a la conferencia que selló el destino de Alemania tras su debacle bélica.
Se conserva perfectamente restaurado y sus paseos concentran multitud de visitantes, deseosos de conocer el lugar donde Stalin, Truman y Churchill, reemplazado después por Attlee, diseñaron lo que sería el mundo tras la desgracia del nazismo.
A pocos kilómetros de esa historia casi 150.000 personas conforman la población urbana de Postdam, que se beneficia del río Havel y sus atractivos. La urbe se estructura en cuadrículas que ofrecen estilos tradicionales, algo alejados del preciosismo primitivo de Federico II de Prusia.
Prácticamente destrozada durante la II Guerra Mundial y la posterior desidia de sus ocupantes, fue rehabilitada en los últimos años, sobre todo tras la reunificación, transformándose en un centro de gran atractivo cultural.
Nadie que dedique algo de su tiempo a Postdam terminará defraudado.
Daniel Molini
Como la sugerencia partía de una pontevedresa militante, relacionada además con el mundo del turismo, aceptamos la imposición de quedarnos tres noches en Pontevedra, pernoctando en la antigua Casa del Barón transformada en Parador Nacional.
Pensando en todo lo que teníamos que ver en Galicia tres días nos parecían demasiado. No obstante, la decisión estaba tomada: Tuy, Cambados, Baiona, Combarro, Vigo o Santiago deberían esperar.
Empezamos pronto a disfrutar del palacio y de su entorno, situado a cuatro pasos del centro histórico. Hacia un lado de la morada se percibía, a lo lejos, un horizonte de agua, barcas y puentes; del otro, muy cerca, monumentos, piedras hecha arte y una arquitectura donde los pazos se entreveran con catedrales y murallas.
Iniciar cualquier caminata en el centro histórico y llegar a la Praza das Cinco Rúas no es difícil, pues en ella convergen cinco calles, dando forma a una plaza pequeña y asimétrica, que ofrece en un extremo a uno de los tantos Cruceiros que atesora la ciudad, con tres figuras escalonadas que ascienden hacia el Cristo crucificado.
Justo enfrente un rótulo enseña la casa que habitó Valle Inclán. En un cartel austero se puede leer Aquí vivió don Ramón de Valle Inclán, y los amigos de las letras, de las placas o los muros, también podrán descubrir otra inscripción en la acera de enfrente: ¡Aquí vivió el vecino de Valle Inclán.
A pocos metros de la cruz y de las citadas referencias está la Rúa de Sor Lucía, y en ella el Santuario de las Apariciones, donde vivíó Lucía, una de las tres pastoras a quien se le apareció la Virgen de Fátima.
Si algo llama la atención en Pontevedra es la piedra, omnipresente en casi todas las fachadas, conviviendo con musgos y hierbas que la hacen entrañable, demostrando la perennidad de los materiales nobles y las cosas bien hechas.
Piedra del país, de canteras próximas y colores claros; piedra durísima de tonos ocres como la que se extrae en la parroquia de Porriño; y también piedras blancas como mármoles prodigándose en calles y travesías, confiriendo luminosidad a portales donde se mezclan balcones, faroles, ventanales amplios y escudos.
Pontevedra debe ser caminada sin prisas, y hacerlo con la certeza de que cualquier recorrido que se inicie llevará, inexorablemente, a un lugar valioso y digno de ser descubierto.
Es una fiesta salir sin rumbo y encontrar nombres conocidos, como el de Méndez Núnez, homenajeado en su plaza como vencedor en Callao y Valparaíso donde alberga una estatua en bronce de Valle Inclán, con una superficie lustrada a fuerza de abrazos y afectos de personas que quieren salir en fotos al lado de un grande que parece pequeño.
La ciudad se deja descubrir amablemente, ofreciendo árboles, frutos, colores y aromas. Aquí una magnolia, allá cien camelias, acullá jardines repletos de mandarinos o naranjos, todo para enaltecer monumentos que son mostrados con orgullo, como la Basílica de Santa María La Mayor.
Basílica Menor, la mayor de Pontevedra, nos aclaró un viandante, muy versado en los valores de su iglesia. Fue él quien nos contó que en el alzado principal, un prodigio arquitectónico, existían tres supuestos errores, quizás incorporados ex profeso por los maestros artesanos: la disposición de la paloma que representa al Espíritu Santo, en vuelo hacia abajo en lugar de hacerlo hacia arriba; Cristo, que en vez de estar a la diestra de Dios Padre está a su izquierda; y por último un personaje, situado al lado de una calavera, que aparece con gafas.
Las plazas, al igual que las iglesias, se suceden. Alameda en la zona donde se erigen Diputación o Ayuntamiento, camelias o cítricos en el resto, como en la Plaza de Orense o en la de Teucro, rey troyano y mítico fundador de Pontevedra, limitada por residencias de los siglos XVII y XVIII que ofrecen escudos de sus propietarios en los frontis, haciendo de la heráldica un hermoso motivo de decoración.
Inexcusable la visita a las iglesias de San Bartolomé, prodigio del barroco gallego; la de San Francisco, con importantes vitrales y la capilla de la Virgen Peregrina, en pleno centro del casco antiguo, un homenaje a los peregrinos del Camino Portugués a Santiago. Su planta evoca la forma de una concha de vieira, precisamente el signo de los peregrinos.
Los tres días, que antes de llegar a Pontevedra parecían demasiados, se esfumaron dejando sabor a poco, porque el encanto devora las horas y las trata como si fuesen minutos.
Por suerte, el regreso no fue de madrugada, permitiéndonos un último paseo por la ribera del Lerez, un río con vocación de mar.
Daniel Molini
En esta parte de Galicia en realidad en casi toda ella- no es un requisito indispensable contar con mapas o guías especiales para absorber las bondades que se ofrecen a la curiosidad, por cuanto los Concellos hacen bastante bien su trabajo, ilustrando, con lujo de detalles, lo que se va presentando ante nuestros ojos. .
La pesquisa y el conocimiento previo, que enriquecen lo suyo, nunca están demás, pero los tentados a dejarse sorprender por los destinos encontrarán en cada monumento o palacio explicaciones de orígenes, estilos o autoría.
Incluso las calles son una fuente de información, pues están rotuladas de manera inteligente, incorporando los nombres por las que fueron conocidas a lo largo de los siglos.
Cambados, en plena Rías Bajas, ocupa un lugar de privilegio en el valle de Salnés, tierra de uvas, famas y Alvariño.
Su larga historia parece directamente proporcional a su corto tamaño y cualquier periplo por la ciudad recorre las tres villas centenarias que le dieron origen: Fefiñáns, donde se encuentra el célebre Pazo del mismo nombre; el centro administrativo vinculado en torno al Pazo de Bazán, actual Parador Nacional de Turismo; y la zona de Santo Tomé, preñada de orgullo marinero.
Al primer sitio donde suelen llegar los visitantes es a Fefiñáns, en el corazón del casco antiguo. Junto con la plaza del mismo nombre Fefiñáns constituye uno de los monumentos más notables de este país. Obra iniciada en el siglo XVI por don Gonzalo de Valladares (1583 -1659) fue terminado por su hijo y sucesor don Fernando, primer vizconde de Fefiñáns (1616 - 1675)
Está edificado con planta en L, terminando el extremo más corto en torre almenada y en un arco puente el más largo, único que se conserva porque en el siglo pasado ofrecía dos, uno al norte y otro al sur.
La decoración renacentista está enriquecida con los escudos barrocos y los balcones volados semicirculares, alarde de la destreza y profesionalidad de los canteranos de la época.
En el extremo oeste se encuentra la Torre del Homenaje que recibe a los caminantes con un sabio consejo grabado en su fachada.
Lápiz y papel, o buena memoria para los afortunados, son suficientes para fijar las explicaciones que regala el Concello de Cambados.
El sabio consejo, que aguarda en la piedra mezclado con musgos y ciertos abandonos, dice así: Conócete a ti mismo. Por semejanza a Dios procede como hechura de su mano, huye del vicio. Busca la virtud. Aborrece el ocio. Ama el trabajo, no seas soberbio antes humilde.
No mientas porque es la mayor vileza de los viles. Procura los amigos mejores que tú pues con esto y verdad, secreto y limpieza del alma nos sucede bien todo.
Da lo que pudieres bien distribuido. No olvides los beneficios ni te acuerdes de las injurias si quieres aparecerte a Dios, y advierte que el osar morir da la vida porque los honores con grandes peligros y trabajos se adquieren. Ama y teme a Dios y atribúyele los sucesos porque no hay otra fortuna.
Detrás y a los costados de la inscripción, como contrapunto absurdo y lamentable de una modernidad insensible que no respeta la trascendencia, se puede ver un aro de baloncesto casi apoyado en la piedra y un adefesio constructivo que debería estar a kilómetros de distancia.
Por suerte, la dificultad por desentrañar el texto exige mucha atención, evitando concentrarse en ese entorno que espanta.
La Iglesia de San Benito, Bieito para los gallegos, con una capilla románica reconstruida a comienzos del siglo XV y sus campanarios barrocos, le pone otro límite a la plaza de Fefiñáns, que cuando se estrecha para hacerse calle sigue contando con hitos destacables, como obras del escultor Asorey o residencias y pazos de los siglos XVII y XVIII: el de Torrado en la calle del Príncipe, el citado de Bazán, el de Ulloa, o La Capitana.
La riqueza arquitectónica, mezclada con jardines, murallas e iglesias conforma un conjunto declarado Bien de Interés Cultural al que se suman ruinas como las de la Iglesia de Santa Mariña Dozo, convertida en un cementerio impresionante.
Si todos estos atractivos fueran insuficientes, podemos recurrir al Albariño. Cambados es el punto de partida de la ruta que persigue la Denominación de Origen Rías Baixas.
De hecho, la fiesta del Vino Albariño, que suele realizarse en la primera semana de agosto, está declarada de Interés Turístico Nacional. Si además de la bebida hablamos de comidas, entonces uno podría quedarse a vivir allí.
Daniel Molini
El aeropuerto de La Coruña, cuyo nombre figura en los rótulos como A Coruña, está a dos pasos del centro de la ciudad; tan cerca que si por esas casualidades que tienen los trasiegos, el personal encargado de entregar las maletas se entretuviese de forma exagerada, uno podría llegar a la Plaza de María Pita, tomar un café, y luego regresar con tiempo a recogerlas, lo que representaría otra exageración.
En cualquier caso, antes o después, el visitante llega a dicha plaza, a partir de la cual se estructura la historia de la capital y donde se encuentran edificios emblemáticos.
La Plaza de María Pita, grande y rectangular, está limitada por frentes porticados. En uno de sus lados se eleva el Ayuntamiento, que ofrece tres torreones rematados por cúpulas que brillan incluso en los días nublados.
En los aledaños está la Iglesia de San Jorge, construida en el Siglo XVII haciendo gala de un barroco que no se humilla ante la grandiosidad del poder civil.
Una escultura dedicada a María Pita preside el espacio y le regala el nombre a todo el conjunto. El monumento muestra a una señora que blande una lanza y debajo, a sus pies, un conquistador vencido, con armadura y anatomía descompuesta yaciendo sobre un cañón.
El homenaje, que persiste en el tiempo, destaca el heroísmo de la patriota que en el siglo XVI defendió a la ciudad, que era la suya, de los ataques ingleses, comandados por el mismísimo corsario Drake. Una inscripción en la piedra resalta una palabra sagrada: Libertad.
La plaza y su entorno, que merecen ser inspeccionados minuciosamente, proponen balcones de hierro si uno eleva la vista, y si la baja galerías, anticuarios, y sitios donde complacer el paladar con los típicos sabores y productos gallegos.
Continuando hacia la calle María Barbeito, a través de una especie de túnel con tres arcos de los cuales cuelgan flores, se llega a la Casa Rey, destacada por la Xunta de Galicia pues condensa en su arquitectura la esencia de la ciudad de cristal. La cornisa rizada, la cerámica vidriada de inspiración mudéjar y los balcones que la convierten en una autentica casa de muñecas.
Casi enfrente, en la calle Santiago 2, está la morada donde vivió Alfonso Molina Brandao coruñés ejemplar y alcalde insigne de acuerdo a la placa instalada en ese sitio por la ciudad agradecida.
Si se trata de andar a paso más ligero la cosa es sencilla en La Coruña. Partiendo de su hito principal, la Torre de Hércules, se puede llegar hasta el Obelisco Millenium, instalado justo enfrente, al otro lado de la bahía.
La andadura, siguiendo la deriva que marca el Paseo Marítimo, es todo un homenaje al mar.
La Torre de Hércules, tan antigua como para conocer la edad de Trajano, se precia de ser uno de los faros en funcionamiento más antiguo del mundo. En derredor a su luz muchas esculturas, que constituyen un parque escultórico de primer orden, espantan las sombras. Una de las más famosas es la de Caronte, menos lúgubre al menos eso se presume- que su homónimo mitológico, el barquero del averno.
Gran parte de ese trayecto hacia el Obelisco, con preciosas vistas panorámicas de la ciudad, se puede hacer en un tranvía turístico y centenario, que recuerda muchísimo al de vía estrecha instalado en la capital de Portugal.
El Millenium, de 50 metros de altura, recoge en su superficie de cristal -cuando se ilumina- momentos y monumentos importantes de la historia coruñesa, que surgen bañadas de espuma gracias a la fuente de la base.
Entre ambos Torre de Hércules y Obelisco- se suceden: Domus, Museo de Bellas Artes, Acuario, y Planetario, lugares que parecen competir con olas y playas, -más de dos kilómetros- en el ejercicio de llamar la atención.
Un poquito más alejado aguarda el Castillo de San Antón, que durante siglos fuese la principal fortaleza defensiva de la bahía.
En La Coruña la modernidad se da la mano con la tradición, armonizando en sus calles y barrios lo último con lo de siempre, ya sea en el aspecto gastronómico, comercial, cultural o arquitectónico.
Quizás por eso la coexistencia entre edificios nuevos que dibujan perfiles atrevidos con otros decimonónicos no resienten la estética ciudadana general.
De todos modos, las creaciones futuras que lleguen, avaladas o no por firmas de autores consagrados, tendrán que competir con esas fachadas impresionantes que se lucen en la costanera, excesivas en ventanas y cristales, una a lado de la otra, que reflejan el mar proyectándolo en calles y aceras, seguramente para tenerlo más cerca, como se tienen las cosas que se llevan en el alma.
Daniel Molini
Si uno mira cualquier mapa de Galicia, a condición de que no sea exageradamente grande, encontrará con dificultad el nombre de un pueblo: Combarro.
Situado en la ribera norte de la bahía de Pontevedra, es visitado por una carretera que sigue la costa haciéndole gambetas a los accidentes geográficos.
Lo que se ve desde el asfalto no invita a detenerse: playa de estacionamiento, un muelle con pocos barcos que parecen abandonados y una plaza con demasiado cemento.
Quizás por eso, los menos informados, sobre todo cuando el calor del verano aprieta lo suyo, no levanten el pie del acelerador, ansiosos por llegar a Sanxenxo, un lugar que en los últimos años se ha convertido, gracias a sus playas y a una oferta inmobiliaria y hotelera impresionante, en una especie de ¿Marbella? del norte.
Pero estábamos en Combarro, Concello de Poio, al que puede llegarse tras la euforia del encuentro con el cercano Monasterio de Poio, aquel que los monjes benedictinos fundaron a principios del siglo XIX y junto al cual se construyó un hórreo que presume de ser de los más grandes de Galicia.
El color de la piedra, el olor a musgo y la imaginación de cómo sería el entorno, con ires y venires de frailes y gente que utilizaban aquellas despensas, no se agota fácilmente, como tampoco las curvas que nos llevan y nos devuelven del lugar.
De Poio a Combarro no hay un largo trecho y quienes cultiven la curiosidad como para conseguir detener los motores, descubrirán un hito que les costará olvidar.
El secreto está en realizar los pasos suficientes como para adentrarse más allá de los límites del lugar común, hasta arribar a una placita de piedra que contiene, en pocos metros cuadrado, un cruceiro no muy alto pero bien ornamentado y una biblioteca que también cumple los oficios de casa de atención al visitante.
Atiende un joven eficiente: Tenemos dos clases de folletos, el primero es gratis; el segundo, que está mejor explicado y tiene unas fotos hermosas es muy barato.
Obviamente empezamos por el primero, que ilustra lo suyo a cambio de nada. Combarro constituye un agrupamiento urbano singular, declarado en 1972 conjunto de interés artístico y pintoresco, debido a su armonía y a su encanto.
Compone, sin lugar a dudas, una de las expresiones más genuina de la arquitectura popular gallega.
Su denominación esta relacionada con la raíz com que significa hondonada, valle o flexión de la costa, pues el núcleo tradicional se sitúa sobre una base granítica con forma de media luna, combada en los extremos por las playas de Padrón y la hoy desaparecida playa de Chousa.
Si así rezaba el gratuito imaginemos el que costaba poco, una maravilla del mismo autor: Rafael Vallejo Pousada.
Su lectura me convenció del atrevimiento que me enferma con frecuencia, cuando me pongo a escribir de pueblos y lugares glosados por gente mucho más ilustrada, que en el caso de Combarro también incluye al célebre Castelao.
El librito analiza la historia de Combarro, haciendo residir el origen en un castro costero, cuyas primeras evidencias son tan antiguas que datan del año 1105.
El pasado, cuando se rastrea con cariño, generalmente encuentra orlas y honores, por eso el autor describe la importancia que tuvo el sitio como enclave pesquero en los siglos XVI y XVII.
Sin embargo, y buena cuenta de ello es lo que confiere carácter singular al lugar, no todo era pesca, pues la práctica totalidad de las familias completaba sus ingresos con la actividad agrícola. Las economías domésticas caminaban sobre dos pies, el mar y la tierra, y la expresión más palpable de esta dualidad es la arquitectura. Tengamos en cuenta que las arquitecturas heredadas son como la caligrafía de los pueblos, en ellas leemos lo que estos fueron y lo que son.
Esta maravilla de prolegómeno anticipa lo que aparecerá ante nuestros ojos: viviendas dispuestas en torno a un gran eje longitudinal, la Rúa de San Roque, del que salen varios callejones que descienden al mar, y hórreos, muchos hórreos, dispuestos en diferentes niveles, todos mirando al mar.
Eso es Combarro: colinas y espejo de agua, playas y piedras, un destino que se visita con ganas, sin prisas, absorbiendo cada rincón, sabiendo que detrás de cada peldaño que suben o bajan escaleras escondidas, aparecerá un hórreo de piedra, cemento o madera, con techo de paja o de tejas rojizas, antiquísimo, antiguo o algo más moderno, todos con la infaltable cruz que lo elevan al cielo, allí donde por un rato y ante tanta belleza uno se considera instalado.
Daniel Molini .
Casi nadie discute que Rosario ocupa el segundo lugar en importancia entre las ciudades de la República Argentina, aunque Córdoba, preciosa y mediterránea, excesiva en paisajes y montañas, le disputa ese puesto desde hace décadas. Ambas se comparan sabiéndose hermanas, a pesar de los más de 300 kilómetros de distancia que las separan.
Los rosarinos presumen de algo que le falta a su competidora: el río Paraná. La consecuencia de ese regalo geográfico es un puerto que nutre al mundo de productos cultivados en miles de hectáreas fértiles: trigo, maíz, girasol y la nueva estrella del rédito económico, la soja.
Los encargados de turismo recomiendan una visita al río y sus aledaños, para curiosear las actividades que se desarrollan en torno a ellos.
¿Cuántos días se va a quedar?, ¿Es la primera vez que viene a Rosario? Tras un saludo afectuoso, el funcionario que trabaja en la Oficina de Información al Visitante instalada en la Estación de Colectivos Mariano Moreno recibió dos respuestas por mi parte, la primera veraz, la segunda engañosa: Una semana más o menos; y sí, es la primera vez.
Perseguía la intención absurdamente vana- de redescubrir la casa donde viví muchos años, jerarquizando los motivos a reseñar siguiendo las exigencias del marketing oficial, no aquellos que me dictaba el corazón.
El empleado se esmeró: Mire, primero le voy a dar unos cuentos folletos, después un mapa donde va a encontrar todo. Le recomiendo iniciar el paseo en el casco histórico y terminar en el Monumento a la Bandera y la zona del río.
Al centro se llega siguiendo la calle Córdoba, que se hace peatonal un poco más allá del Boulevard Oroño, avenida que debería visitar porque está repleta de la mejor arquitectura.
Desde allí al casco histórico queda un trecho corto, siempre por Córdoba, hasta el Monumento a la Bandera, que por estas fechas cumple 50 años. En la intersección con Laprida existe una Plaza interesante, la 25 de Mayo, que tiene una escultura central que hace referencia a cuatro de nuestros mayores próceres: San Martín, Moreno, Belgrano y Rivadavia. En torno a la plaza se alzan el Museo Estevez de Arte Decorativo, el Edificio Bola de Nieve, el del Correo Central, el Palacio del Ejecutivo Municipal y la Basílica.
Siguiendo en la misma dirección se llega al Pasaje Juramento, hermoso pórtico donde varias esculturas de Lola Mora brindan un marco inmejorable al enorme Monumento Nacional a la Bandera, cuyos interiores se pueden visitar.
La explicación no me abandonó en aquel conjunto de mármoles tallados: Para llegar al río y a la Estación Fluvial no queda más que atravesar una calle ancha, teniendo cuidado con el tráfico que rueda entusiasmado de velocidad en ambas direcciones.
Nadie se resiste a una paseo por la rivera y a los colores que ofrece: ocres de sedimentos y Paraná por un lado, verdes de césped jardín por el otro, junto a distancias largas, generosas, como si a la ciudad, en realidad a toda la República Argentina, le sobraran los espacios.
El río propone varias actividades al visitante: paseos en barco, gastronomía en sus márgenes o en las islas, con el objeto de degustar los pescados de la zona, celebrados y convertidos en manjares por los lugareños.
Muchos parques enriquecen Rosario. Los llamados Balcones del Río se suceden a lo largo de kilómetros partiendo de la Avenida Pellegrini: Urquiza, el del Monumento, el de España, o el de Las Colectividades. Todos muestran variedades de árboles añosos que convierten sombras y follajes en bendiciones.
Otro espacio significativo, pulmón de la ciudad y punto de encuentro de miles de vecinos, es el Parque Independencia, con un lago entrañable, rosedal y jardines cuidados. Se podría decir, aunque no sea rigurosamente cierto, que esa naturaleza aloja al Museo de Bellas Artes Juan B. Castagnino y al de Historia.
En otro extremo, en la zona norte, espera el famoso barrio de Arroyito, donde los domingos bulle la pasión de los deportes gracias al estadio del equipo de fútbol Rosario Central y las piscinas del Parque Alem o el Balneario La Florida.
Luego se puede pasear hasta la cabecera del puente Rosario- Victoria, dinamizador importante de la economía desde su inauguración y vínculo fácil con la provincia de Entre Ríos.
Argentina es un país grande, con más de 2.500.000 kilómetros cuadrados, y ofrece al europeo mil atracciones para conocer. Quienes se atrevan a enfrentarse a 300 kilómetros de autopista, partiendo desde Buenos Aires, encontrarán una ciudad dinámica, con ferias de artesanía y mercado de antigüedades, teatros y conferencias, diarios centenarios y ganas de crecer, donde los precios y las prisas son menores que en la gran capital.
Aquellos que se atrevan con el interior, encontrarán una ciudad orgullosa de ser la segunda metrópoli argentina, que en este momento bulle de obras para atender mejor a los foráneos.
Daniel Molini.
La primera vez que llegué a Tuy me encontré con un pueblo hermoso y muchos tesoros expuestos. Me acompañaba la ignorancia, que como es traicionera y nunca advierte, me impidió estar a la altura de las circunstancias: demasiadas cosas para ver, escaso tiempo para hacerlo.
Por esa razón me tuve que limitar a fijar en la mente algunos descubrimientos y obligar, secretamente, al gestor interior y cerebral que administra mis viajes futuros a devolverme al sitio.
Como alguna vez se porta bien, me refiero al administrador de futuro, tres años después me trasladó nuevamente a Galicia. Estando allí, la escapada a Tuy era inevitable, entre otras cosas porque es una ciudad a la que se llega fácil cuando uno es amigo de ríos y fronteras.
El Miño se deja ver, prácticamente, desde cualquier rincón del casco antiguo, y sus reflejos abrillantan las costas del vecino Portugal, país hermanado gracias a un puente de hierro precioso, antiguo y estrecho, y a otro más moderno, de menor encanto, transitado por vehículos pesados.
El monumento al arzobispo Lago González, estratégicamente situado frente a un muro mágico de piedras rosas y musgos, reincidió en su aparente misión de señalarme el camino que lleva a la catedral.
Transitando calles adoquinadas pronto aparece la plaza de la Catedral, donde también está la Agencia Tributaria, ostentando su riqueza recaudadora. Muy cerca de allí un cartel de agradecimiento llama la atención, sobre todo a aquellos que se sorprenden por determinadas presencias o ausencias: Bajo el pontificado del Excelentísimo y Reverendísimo don José Vigues Reboredo, obispo de Tuy, Vigo, se inauguró la iluminación de este templo, fruto del trabajo de técnicos y obreros cuyos nombres Dios conoce.
Sufragada por la Fundación de Endesa. Tuy 30/11/2002.
Por suerte el texto se difumina rápido ante la magnificencia de la catedral, dedicada a Santa María, y rica en cúpulas, arcos, pórticos, capiteles y ornatos donde se entreveran estilos con figuras de animales de una belleza singular.
En el interior está la capilla de San Telmo, patrono de la ciudad, la misma donde vivió en el siglo XIII. Cerca de una columna constan unas palabras suyas, pronunciadas antes de morir y poco tranquilizadoras. Promesa divina, tengo un Señor que con haberle servido poco me quiere pagar mucho y honrarme mas de lo que yo le he servido.
Me ha prometido favorecer por mi respecto a esta ciudad y toda su comarca y librarla de muchos castigos que por sus pecados merece y no solo ahora sino también en los futuros siglos.
Sin dejar de lado el perfil sombrío del recinto sagrado, a cuatro pasos se puede leer otra inscripción: Aquí están los huesos de don Diego de Torquemada, obispo que fue de esta Santa Iglesia 18 años. Después fue electo arzobispo de Sevilla. Murió en san Jerónimo de Madrid, de edad de 58 años, el año 1582.
Trasladáronse aquí sus huesos el año de 1597 por haber él fundado esta capilla de su propia hacienda. Fue natural de la villa de Bujalance, provincia de Córdoba.
El grandísimo Inquisidor acabó en Tuy, y descansa para siempre en uno de los conjuntos artístico más ricos y pintorescos de Galicia, en el solar más alto de la ciudad, pero no por ello más cerca del cielo.
Tuy ofrece, además de la catedral y su claustro catedralicio del siglo XIII, otros templos y conventos dignos de ser reseñados: la iglesia de San Bartolomé de Rebordanes, que alguna vez alojara la sede episcopal, el convento de Santo Domingo, el de Santa Clara, y el de San Francisco y conserva restos de dos murallas, una medieval y otra posterior, levantada en los siglos XVII y XVIII para defenderse de Portugal.
Verla desde el exterior, sobre todo desde la perspectiva que regala el río, es toda una experiencia.
Tuy incorpora, al patrimonio arquitectónico y monumental, otras exageraciones, por cuanto significa un hito cultural gracias a su posición en el mapa. Sus valles, ríos y piedras son la primera referencia española que encuentran los peregrinos portugueses en su camino hacia Santiago de Compostela.
Un Hospital para Pobres y Peregrinos, actual sede del Museo Diocesano, atestigua aquellos siglos de tradición e historia, que se renuevan cada vez que alguien se dispone a sorprenderse, aunque la primera vez no llegue preparado.
Daniel Molini
Imagine que llega a Buenos Aires temprano, que está dispuesto a absorber la maravillosa capital argentina siguiendo el itinerario que sugiere la mejor guía, y de pronto decide, por una vez, dejarlo todo para más tarde.
Imagine que va a dedicar una mañana a pasear sin rumbo, sabiendo que los barrios de La Boca, San Telmo, Congreso, Olivos o La Recoleta lo van a esperar, lo mismo que el Obelisco, la Catedral, la Casa Rosada, la Plaza de Mayo, el teatro Colón, el delta del Paraná o el Río de la Plata.
Imagine que sale del hotel sin nada de valor, que por razones de inseguridad, esas de las que tanto le hablaron, dejó en la habitación reloj, cámaras, joyas y dinero con más de un cero a la derecha, y sólo tiene en el bolsillo algunas monedas y la tarjeta con su nombre que lo identifica en el establecimiento.
Imagine que en cuanto asoma a la acera -allá la llaman vereda- usted se hace el firme propósito de ver profundo, por eso va a andar despacio, observándolo todo, percibiendo ruidos, olores y colores como si fuese uno más de los habitantes de la ciudad allá les llaman porteños-, gente que palpita al ritmo de una música que solo ellos parecen conocer.
Imagine que yo, que llegué un rato antes, estoy haciendo exactamente eso, y le propongo que me acompañe.
Estamos casi en el centro, y nos dirigimos por Arenales hacia la Plaza San Martín, escuchando risas y reclamos de gente, desde el que vocea periódicos allá le dicen canillita- con las últimas novedades y el que le reprocha desde el bar: Che, gordo, vos todas las mañanas repetís las mismas noticias.
El horizonte está clareando y empiezan las colas en las paradas de autobuses allá les dicen colectivos-. En un momento el tráfico se hace caótico y las pitas allá les dicen bocinas de tanto estruendo asustan a las palomas, dejando impasibles a los vendedores ambulantes, ocupados en hacer algún negocio de chuchería.
De pronto, como si en cinco minutos toda una ciudad se nos abriese a los sentidos, nos sumergimos entre la gente, la luz, las prisas y el humo de los coches allá les dicen autos. En ese momento nos damos cuenta que ya no nos parecen tan ajenos los baches en las calles, los papeles en el suelo, el comentario sobre el partido de fútbol, el reproche de los que perdieron, la imprecación del conductor airado: Aprendé a manejar aquí se dice conducir- animal, o la fuente que tira agua y pierde parte de ella.
Hablando de fuentes, ya llegamos a la plaza San Martín, y vemos por un lado el Palacio del Ministerio de Relaciones Exteriores y por el otro un edificio con frente especular, donde se reflejan estructuras vecinas, configurando una esquina de brillos y Cancillería donde destacan banderas argentinas.
Cuando vemos que las luces de la plaza están encendidas y que el día ya hace rato que perdió sus sombras, nos sentimos como los argentinos, diciendo para sus adentros: Esto es Argentina. El general don José de San Martín, custodiado por figuras aladas en el centro del espacio, parece corroborar el aserto.
Muy cerca, una placa de bronce nos recuerda, desgraciadamente, la existencia de otra Argentina: Homenaje a las religiosas y religiosos de todos los credos víctimas del terrorismo del estado. Ministerio de Relaciones Exteriores, Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y representantes de las diversas confesiones religiosas. 24/3/2006
Enfrente, un hito de la argentinidad, exige atención: Aquí lucharon y vencieron los reconquistadores de Buenos Aires el 11 de agosto de 1806 en las primeras invasiones inglesas. Del manto celeste y la túnica blanca de la Virgen de Luján fueron tomados nuestros colores patrios. A falta de uniforme militar los ejércitos de Puyrredón usaron como distintivo en 1806 dos cintas llamadas las medidas, de 38 centímetros de largo, que era el alto de la Virgen. Es la Virgen de Luján la primera fundadora de esta villa.
Sin agotar la plaza comprobamos que en cada rincón existe algo reseñable. A la salida, ya entreverados con gente que busca el metro allá le dicen subte- , nos sumergimos en una capital amiga de los record: de la calle más larga, de la calle más ancha, de las obras eternas, de los árboles más frondosos. También de las chicas más guapas allá les dicen lindas-, del Boca Junior y la Bombonera, del River Plate y el Monumental, de los parques de Borges, los lugares de Sábato, del tango y la milonga, de los fantasmas allá les dicen fanfarrones- y los embaucadores allá les dicen chantas-.
Dando vueltas alrededor de una brújula singular regresamos al hotel, imponiéndonos el deber de no hacer caso a la anarquía circulatoria que no cede el paso a los peatones, de las baldosas flojas que salpican, de los cables colgando mal sobre paredes manchadas. Nos obligamos a elevar la vista para ver más allá, y encontramos el cielo donde vive Buenos Aires, el lugar donde los gallegos así llaman allá a los españoles- son bien recibidos, donde nos ayudaron a encontrar camino, nos trataron con afecto y no nos robaron nada.
Nos quedan por delante varios días capitales, esta vez con dinero en los bolsillos, máquina de fotos y la mejor guía del mercado, dispuestos a absorber todo el cielo que podamos.
Daniel Molini
El mismo día en que llegamos a Santiago de Compostela las autoridades eclesiásticas desaconsejaron, mediante vallas y un buen aislamiento, los croques que los peregrinos daban a una imagen situada en el Pórtico de la Gloria.
La costumbre, antiquísima y un poquitín absurda, consistía en pegar tres pequeños y cariñosos cabezazos al Maestro Mateo O Santo dos Chichones, a través de los cuales los visitantes absorbían algunas de las virtudes del gran arquitecto de la catedral.
La figura de Mateo, algo desgastada por los usos y los años regalando memoria, voluntad e inteligencia una virtud por cada golpe-, podrá seguir viendo pasar los siglos desde su columna protegida, que forma parte de uno de los monumentos más grandiosos hecho por los hombres, cuando el románico era puro esplendor y el gótico empezaba a definirse como estilo.
Otra tradición invita a los recién llegados a colocar los dedos en cinco hendiduras que se encuentran en una columna vecina, en señal de agradecimiento. Sin embargo, como los visitantes son tantos y las costumbres aprendidas tan variadas, no pocos improvisan rutinas y usanzas tocando cualquier piedra con forma de cabeza o metiendo la mano donde haya espacio, por ejemplo en la boca de un león decorativo y desdentado por la historia.
El pórtico, que antiguamente estaba en el exterior y era la puerta de acceso a la catedral, es hoy uno de los elementos más protegidos. Finalizado cuando concluía el siglo XII, constituye, según los expertos, el exponente máximo de la escultura románica universal.
Uno llega a verlo -y los más atrevidos a tocarlo-, tras la conmoción producida por la gran fachada del Obradoiro, asombro barroco de torres y agujas, cristales y piedra, miles de bloques, que alternan el color ocre de la materia con el verde de los musgos que la habitan.
Después de esa impresión el espíritu podría resistirse a nuevas sorpresas, y sin embargo no ocurre así, pues ya en territorio sagrado la aparente simpleza de los casi 20 metros de ancho del pórtico elevan el tono emocional.
Arcos, columnas, capiteles y más de 200 figuras consiguen convertirse en obra mayúscula y punto de atracción, lugar primero donde convergen quienes llegan con intenciones de abrazar al Apóstol.
La observación detenida consigue desentrañar figuras de profetas, sabios y el árbol genealógico de Jesús. Todo lo que aparece en ese trozo de gloria es divino, incluso las tentaciones, ciertas imágenes que simbolizan los vicios o las que anuncian el Apocalipsis.
Un joven de rodillas, que tiene su mano extendida, representa al autor de la obra, y una palabra lo define: Arquitectus. Ese es el Maestro Mateo que las autoridades eclesiásticas acaban de proteger aislándolo de los croques.
Si lo descrito fuera poco, la catedral de Santiago es mucho más, por fuera y por dentro. Es la fachada de Platerías, románica del siglo XII; el altar mayor; la imagen de piedra de Santiago; la cripta con los restos del apóstol, la Puerta Santa, el museo con reproducción de obras del Maestro Mateo, las vidrieras, el botafumeiro y toda la riqueza ornamental.
¿Y cuánto tiempo nos podríamos quedar en la iglesia, la Plaza del Obradoiro o en su entorno? La respuesta es inequívoca: el que fuere será poco, porque la admiración se recicla continuamente. Es allí donde está la Universidad con el Colegio de Santiago Alfeo, fundado por el Arzobispo Alonso III de Fonseca para servir como colegio universidad. El Plan de Excelencia Turística, que deberían copiar muchas ciudades, ayuda a los visitantes amigos de la ilustración sin esfuerzos, con placas informativas: Empezó a levantarse en el año 1532. Después de la supresión de los Colegios Mayores en 1840 el edificio albergó sucesivamente la Facultad de Medicina, Farmacia, Ciencias Económicas, Ciencia de la Educación. Fue también sede provisional del Parlamento de Galicia.
La breve memoria descriptiva no se agota. El Colegio de Fonseca es un edificio renacentista del siglo XVI realizado por maestros de la escuela castellana, primera sede de la Universidad de Santiago fundada por Alonso de Fonseca en 1495. En el interior claustro, capilla y salón de grado con artesonado mudéjar.
Las puertas están abiertas y se puede acceder a ver la maravilla que protegen aquellas paredes, sorteando gente que entra y gente que sale, todas con caras de estar disfrutando, de estar viendo algo único.
Un grupo de peregrinos, jóvenes con bastones, sombreros y alegría de estudiantes universitarios, homenajearon con música y estribillo al monumento: Triste y sola / Sola se queda Fonseca / Triste y llorosa / Queda la Universidad. / Y los libros / Y los libros empeñados / En el monte / En el Monte de Piedad.
¿Quién le iba a decir a Don Alonso de Fonseca, humanista y corresponsal de Erasmo de Rótterdam en el siglo XVI, empeñado en batallas, conflictos y proyectos grandiosos, vinculado a la nobleza de más enjundia, que quinientos años después su nombre fuera de Galicia- sería recordado por una canción humilde, la misma que interpretan la mayoría de las tunas estudiantiles?
A veces las referencias pequeñas confieren tanta trascendencia como muchos libros de historia juntos.
Daniel Molini
Algunas veces los encargados del patrimonio cultural de las ciudades hacen bien su trabajo, no sólo preservando los monumentos de los daños que les ocasiona el tiempo, sino prestigiándolos con la consideración merecida.
Santiago de Compostela, en ese aspecto, parece contar con regidores modélicos. Muchas de las referencias arquitectónicas de interés, muchos de los lugares de importancia turística están enriquecidos con una explicación que provoca alegría en aquellos con ganas de aprender.
Cualquier persona medianamente interesada podría hacer una visita al casco histórico y llegar a los hitos más relevantes siguiendo esas pistas, claras, breves y oportunas.
No todas se parecen, algunas son blancas, rectangulares y de metacrilato, otras circulares de metal esmaltado, sustentadas por soportes elegantes o aplicadas directamente a los frontis, en sitios donde no afectan la correcta percepción de lo que se quiere ver.
La catedral de Santiago, iniciada en el año 1075, sigue los modelos de las iglesias románicas de peregrinación: planta de cruz latina con triple nave en ambos brazos, y una girola en su cabecera, cuajada de capillas de todas la épocas y estilos.
Las placas nos conducen por distintos espacios célebres, analizando época, autores y estilos, y también por otros menos conocidos, como el Pazo de Vaamonde, casi en el callejón de Entrerúas, el más estrecho de Santiago: Palacete barroco del siglo XVIII sede del consorcio de la ciudad de Santiago de Compostela. En su puerta destaca un llamador del siglo XX obra del escultor Francisco Asorey.
Todo es cuestión de caminar despacio, mirar y leer. Casa del Deán. Oficina del Peregrino.
Palacete barroco del siglo XVIII trazado por Fernández Tarela. Antiguo alojamiento de obispos foráneos y deanes, hoy sede de la Oficina del Peregrino donde se acuña la Compostela o certificado de peregrinación.
El Plan de Excelencia Turística de Santiago de Compostela, que firma la mayoría de las explicaciones, consigue despertar el interés de los visitantes. Cualquier calle, plaza o fachada puede contener el detalle que agrega alegría a las ganas de pasear.
La cita rotulada con el número 14 es un edificio barroco del siglo XVII. Convento e iglesia de las Madres Mercedarias. En su portada presenta una Anunciación de Mateo de Prado enmarcada por las armas del arzobispo Girón, promotor y fundador del convento cuyo sepulcro se encuentra en el interior de la iglesia.
Preguntando algo y caminando bastante se llega a la Colegiata y Museo de Santa María do Real de Sar, un lugar imprescindible.
Allí no falta la ilustración, incluso con dibujos de planos y perfiles: Construcción románica del siglo XII, antiguo monasterio de la orden de San Agustín. La exagerada inclinación de los pilares condicionó el apuntalamiento de la iglesia con arbotantes en el siglo XVIII.
Por dentro, la información no cesa, mencionándose forma y número de plantas, capillas, análisis de bóvedas, ábsides, ornamentos y lugares de enterramiento.
Ante tanta pedagogía no parece extraño que la universidad también se prodigue a la hora de enseñar: Ocupando los terrenos del Colegio de los Jesuitas se edifica a finales del siglo XVIII la nueva sede de la Universidad de Santiago de Compostela.
En un espacio breve se concentran las Facultades de Geografía, Historia, la Iglesia de Jesús y la Plaza de Mazarelos, donde la costumbre se renueva,
Antigua iglesia de la Compañía de Jesús del siglo XVII que pasa a pertenecer a la Universidad en 1769 tras la expulsión de los jesuitas. La imagen de san Ignacio de Loyola en la fachada y san Francisco Javier fueron transformados en San Pedro y San Pablo. Interés en el retablo principal de Miguel Romay y en la rica imaginería de santos jesuitas.
En la plaza de Mazarelos puede leerse un homenaje en forma de lembranza: La ciudad de Compostela a su hijo predilecto don Antonio López y Ferreiro. Buen gallego, buen historiador, buen sacerdote, buen literato. Nació en esta casa el 9/11/1937 digno por todo de perdurar.
Algo parecido sucede en la plaza de Cervantes, en el pazo de Gelmírez, el pazo de Rajoy o el Hostal de los Reyes Católicos: Fundado por los Reyes Católicos en 1492 como hospital y hospedería de peregrinos. Edificio renacentista del maestro Enrique Egas con añadidos posteriores. Fachada plateresca rica en imaginería, escudo real e imperial, cornisa profusamente decorada y picarescas gárgolas.
El Colegio de San Xerome: Edificio del siglo XVII con portadas medievales reutilizadas. Fundado para acoger a los estudiantes pobres, hoy sede del Rectorado de la Universidad de Santiago de Compostela.
El final, en esta ciudad de portentos, bien podría estar en el mismo principio, allí donde pudo leerse la primera inscripción: Este es el casco histórico de la Plaza del Obradoiro, que es un topónimo que alude a los talleres de cantería obrador- que ocupaba la plaza durante la construcción de la fachada principal de la catedral, enmarcada por los edificios mas emblemáticos de la ciudad construidas en épocas y estilos diferentes.
Daniel Molini
El monumento a la Virgen de la Roca, situado en la cima del monte Sansón, justifica por sí solo una visita a este sector del sur de las Rías Bajas gallegas.
La obra, de aproximadamente 15 metros de altura, se ve desde lejos, coronando un cerro cuyo nombre poderoso sugiere mayor envergadura de la que en realidad exhibe, pues se eleva poco más de un centenar de metros sobre el nivel del mar.
Cuando uno llega sabe gracias a lecturas, dimes o diretes- lo que está dispuesto a ver y no espera grandes sorpresas: una talla de piedra y mármol blanco, con un interior hueco que permite ascender, a través de una escalera estrechísima, hasta el casco de un barco que sostiene la Virgen con su mano derecha.
El cuidador del parque y su principal emblema, a cambio de una moneda, franquea la entrada y provee al visitante de un folleto explicativo. Mientras lo lee, al tiempo que cuenta los peldaños, uno continúa sin esperar grandes sorpresas hasta que llega al barquito.
Es en ese momento, al mirar hacia arriba y descubrir la vecindad de la cara de la imagen, cuando llega la sorpresa, suficiente para remover todos los sentimientos.
Si esto fuese insuficiente, la perspectiva que se abre desde ese punto, muestra un paisaje prodigioso de Baiona y la Ría de Vigo.
Semioculto entre pinos y bloques de granito, un cartel expone detalles entrañables, como que el monumento fue erigido por recaudación popular entre 1910 y1930, siendo la segunda iniciativa del ingeniero Laureano Salgado con un proyecto del arquitecto Antonio Palacios, como guía para los navegantes en el puerto de Baiona y testimonio de la milagrosa arribada de La Pinta.
Esta información, probablemente sin quererlo, es injusta con el autor de la cara y de las manos, blancas de puro mármol, el escultor Ángel García Díez pues no lo menciona.
Tras la admiración el interés ordena continuar hacia la ciudad, discurriendo por un camino ondulante y espacios verdes, que de pronto estallan por culpa de un edificio por no decir adefesio- alto y feo, enorme y rompedor de la armonía del entorno, que debería avergonzar a sus creadores y responsables.
Tres minutos después del enfado está Baiona, con una historia larga y protagonistas singulares: príncipes, invasores, bárbaros, piratas frustrados y sobre todo al capitán Martín Alonso Pinzón.
Por todos los rincones existen huellas del capitán y su hazaña, cumplida el 1 de marzo de 1493, cuando llegó a bordo de la carabela La Pinta para anunciar al viejo mundo el descubrimiento del nuevo.
Una de las referencias más importantes es el Monumento Encuentro entre dos Mundos, obra de Magín Picallo e inaugurado por el Príncipe de Asturias el 1/3/1993, conmemorando el quinto centenario de aquella arribada,
Muy cerca de este hito de factura moderna existe otro antiguo. Se trata de la Fortaleza de Monte Real, una construcción amurallada que recoge en su interior al Parador Nacional Conde de Gondomar, y su magnífica terraza con vistas a la ría.
Dejando el Parador en dirección hacia el casco histórico, el curioso tropieza con una escultura dedicada al rey Alfonso IX, que contiene en su base tierra procedente de las 16 villas gallegas que recibieron las cartas poblacionales de dicho rey: Baiona, Salvaterra do Minho, Tuy, Betanzos, Monforte, etcétera.
El casco antiguo fue declarado por la Junta de Galicia conjunto de Interés Histórico-Artístico, y caminar por sus calles estrechas en busca de piedras antiguas transformadas en capillas, conventos u hospitales, toda una experiencia.
Nunca faltan explicaciones para quienes llegan ávidos de información, por ejemplo que esa torre o aquel reloj fueron donados en el año 1952 por los jóvenes del distrito ausentes en ultramar, o que la Capilla de la Misericordia, del siglo XVII, es sede de la Santa Casa de Paz y Misericordia, obra pía que bajo la advocación de Santa Isabel fue fundada por el capitán Rodrigo García en abril de 1574 de orden del rey Felipe II y que cuando cumplió 425 años el Ayuntamiento de Baiona la Real, le concedió la medalla de oro.
A la arquitectura de la ciudad no le faltan motivos para seducirnos: allí permanecen la colegiata románica de Santa María, el Hospital de Sancti Spiritu, y muchas residencias antiguas, con balconadas que presumen de hierro forjado.
Todo se abre al mar, omnipresente con su costanera y puerto, ofreciendo los mil reflejos que el sol dibuja sobre las aguas, incluso a esa hora que se empeña en convertirse en sombra.
Allí aguarda una réplica de la Carabela La Pinta, descendiente moderna de aquella nave que convirtió a Baiona en el primer puerto de Europa enterado del descubrimiento de América.
Daniel Molini
La ortografía nos jugó una mala pasada en la ciudad de los contrastes. Los encargados de ofrecer ilustración tampoco se esmeraron demasiado, porque al final de la estancia continuamos con dudas acerca del cambio de nombre del suelo que pisábamos: Pekín.
Según explicaciones de la guía el vocabulario de occidente terminó adoptando la designación preferida por las autoridades chinas, aquella que defiende la forma oficial Beijing - capital del norte- en lugar de traducciones o apaños fonéticos adaptados a otras lenguas.
En la historia, y China la tiene milenaria, cuando llega la luz a una parte de la brújula la opuesta suele oscurecerse, pero por suerte para Nanking etimológicamente capital del sur-, esto no fue así. Incluso su grafía, antigua, contagiada de lo mismo, pasó a ser Nanjing.
De una manera u otra, con acento o sin él, Beijing o Pekín, se manifiesta como una metrópoli formidable que no disimula su enormidad.
Es en el propio aeropuerto cuando uno comienza a intuir su tamaño, al constatar el tiempo que tarda el avión, circulando a paso ligero, desde el momento en que aterriza hasta que llega a la terminal donde aligera su carga de viajeros.
Las autoridades no ponen las cosas fáciles a los recién llegados, y se esmeran en controlar declaraciones y documentos que aseguran no ingresar nada prohibido, que la identidad es la que se dice y el visado correcto.
Varios mostradores atendiendo filas largas de gente que se encuentran con agentes uniformados. Rostros severos en los funcionarios, que al final, después del último sello, suelen ser juzgados mediante un simple artilugio electrónico. Sonrisas o muecas al lado de un botón que evalúa el trato recibido en migraciones, un detalle que no arregla el caos ni las demoras que lastran a todos los aeropuertos del mundo.
Ya fuera, en territorio sin paredes, llega el momento de decidir lo que hay que ver. Nadie prescinde de las atracciones célebres, ya sea en la propia ciudad o en las afueras: la Plaza de Tiananmen, el Palacio de Verano, la Ciudad Prohibida, algún barrio hutong- característico y la Gran Muralla.
No es fácil encontrar un adjetivo que explique las dimensiones de Beijing. Nuestro hotel, escandalosamente bonito como la mayoría de los que se ofrecen al turismo occidental, se anunciaba en el centro. Al preguntar en recepción hacia donde había que caminar para llegar al casco viejo, el empleado, risueño, contestó que lo mejor sería tomar un taxi, y que 30 minutos después lo encontraríamos.
Los taxistas, con una destreza fuera de lo común, giran, cambian de sentido y avanzan a fuerza de bocinas, como si estuviesen compitiendo para llegar al lugar solicitado. Allí, al tiempo que señalan el precio en un reloj con números verdes, le regalan al pasajero una sonrisa. Cualquier carrera pagada en yuanes, por larga que sea, parece una broma más que una carga para el bolsillo. La única precaución para utilizar este medio de transporte es llevar escrito en caracteres chinos el sitio adonde se va y al que se pretende regresar, porque los conductores no hablan otro idioma que no sea el propio.
La Plaza de Tiananmen es un buen lugar donde comenzar las visitas. Se trata de un rectángulo inmenso que puede medirse en hectáreas, conseguido gracias a la megalomanía de políticos con gustos por las manifestaciones populares y los desfiles multitudinarios. Lo que hoy destaca como un gigantesco espacio de luz fue conseguido, en parte, demoliendo construcciones centenarias.
La Ciudad Prohibida, que conserva el tiempo entre sus muros, la limita por uno de sus lados, el que mira al norte. Lateralmente cumplen la misma función edificios más modernos, como el Museo de la Historia China y el Museo de la Revolución, edificios feos, construidos siguiendo el impulso de la arquitectura comunista.
La Plaza conserva el testimonio de tiempos pretéritos y en ella parece latir la presencia de guardias rojos vivando la revolución con estudiantes enfrentados a tanques, todos confundidos con símbolos que loan a Mao.
Un mausoleo, ornado con esculturas que muestran campesinos y militantes, destaca en el conjunto, al igual que el Monumento a los Héroes, obelisco de piedra con una inscripción: Los héroes del pueblo son inmortales.
Reflexiones como ésta, y otras pretendidamente profundas salidas de la pluma del Gran Conductor, se ofrecen a los gritos a cambio de pocas monedas: El Libro Rojo en español, sólo a cinco yuanes.
Vivir no consiste en respirar sino en obrar, o Leer demasiados libros es peligroso parece advertir Mao Zedong desde un cartel gigante, colgado del muro que separa la Plaza de la Ciudad Prohibida, justo debajo del balcón donde se proclamó la República Popular China en el año 1949.
Muchos años después el mundo parece pasar de largo esas sentencias, sin miedo, buscando la Puerta de la Paz Celestial, que da acceso a un mundo de privilegios y emperadores.
Daniel Molini
La capital de China es punto de encuentro, sobre todo en verano, de turistas que llegan de muchos rincones del país.
La Plaza de Tiananmen se colapsa de extranjeros, pero también de estudiantes que siguen a instructores que portan banderines. Éstos suelen ser, en colores diferentes, la prolongación de brazos que se agitan, agrupando bajo el sol a jóvenes dispuestos a escuchar.
Los chinos miran, aprenden, sonríen, ceden el paso a los foráneos, y suelen ser bastante disciplinados a la hora de gestionar los residuos que provocan viajes y sudores: botellas, papeles, envases o restos de alimentos.
El único problema es que son muchos, por eso la procesión en los espacios abiertos se convierte en marea cuando los sitios se estrechan, por ejemplo en la Puerta de la Paz Celestial, que da acceso a la Ciudad Prohibida por su flanco sur.
La estructura, un derroche de creatividad hecha madera, está dotada de un doble techo donde se entretienen animales fabulosos. Construida en el siglo XV soporta, además de dragones, unicornios y columnas, lemas y un retrato famoso del ex Presidente Mao Zedong.
La historia nunca fue un impedimento para la publicidad, por eso puede leerse, escritos en caracteres dorados: Viva la República Popular China y Viva la unidad de los pueblos del mundo".
Una vez dentro del recinto, el mismo que fuera patrimonio exclusivo de emperadores y privilegiados, el problema es elegir hacia donde no mirar, porque el conjunto derrocha arte, simetría, esfuerzo y belleza.
Tras la puerta se erigen templos, altares, puentes y parques, todos con nombres evocadores, como Templo de los Antepasados, de la Tranquilidad Terrenal, Hall de la Armonía o Palacio de la Gloria Literaria.
170.000 metros cuadrados una tercera parte abiertos al público- que custodian 15 millones de objetos y 8000 tesoros de valor incalculable. El Palacio Imperial ofrece cinco itinerarios para ser recorrido, en todos se encontrarán pinturas, cerámicas, tronos, caligrafías, joyas, bronces, relojes o animales de piedra.
La Puerta de Wu Men o Puerta del Meridiano, que aparece pronto, es conocida por los animales mitológicos que la decoran. Es una de las cuatro que tiene la Ciudad Prohibida, la primara que se construyó, en el siglo XV, durante la dinastía Ming.
Un siglo después, cuando eran los Qing quienes regían los destinos del imperio, fue rehabilitada. Es la mayor de todas las puertas y desde ella se adivinan los puentes que salvan la antigua corriente del río de Aguas Doradas, que corre calmo entre piedras talladas.
La entrada, como si estuviese arrodillada ante la jerarquía, tiene tres pasos. El central es para uso exclusivo del soberano, más amplia y ornamentada que las laterales, destinadas para la familia real -la que mira al oeste- o militares y civiles de alto copeta la del este-.
A su lado se alza una torre, provista de tambores y campanas que sonaban cuando se ofrecían sacrificios a los ancestros o a los dioses. Los tañidos se mezclaban con golpes de parches en las grandes ocasiones, por ejemplo para conmemorar victorias guerreras.
La tradición, el culto por las formas y los colores, el amor por las palabras está presente en todas partes. En el Zhong He Dian, o Hall de la Armonía, existe un trono estupendo, y detrás unas inscripciones cuya explicación ofrece una de las tarjetas de créditos más emblemáticas de la sociedad capitalista, demostrando que la rentabilidad no tiene convicciones.
Las citas pertenecen al Emperador Quienlong y expresan: El camino hacia el paraíso es profundo, misterioso y difícil. Sólo si establecemos un plan preciso y seguimos unidos la doctrina que necesitamos, podremos gobernar bien el país.
Satisfecho por el hallazgo, el monarca tuvo tiempo para seguir pensando: Cuando tratamos nuestros problemas adecuadamente y en armonía, sin apartarnos del camino recto, todas las cosas sobre la tierra florecen.
En realidad mucho no florecían, porque excepto en el jardín no existe en todo el palacio nada verde con vida, pues eso atentaba según el decir de los asesores- contra la seguridad, al ofrecer lugares donde podían ocultarse posibles enemigos
Una lápida espectacular, algo así como 200 toneladas de dragones, nubes y cielos, de 16 metros de ancho y 1,7 de espesor ofrece su superficie para ser admirada. No importaban los esfuerzos, tampoco los costos ni la utilidad, todo parece estar hecho a favor de exaltar la belleza. Lo mismo pasa en el jardín imperial. 130 metros de este a oeste y 90 de norte a sur, con pinos centenarios, cipreses que entrecruzan sus ramas, y wisterias donde se ensalza la piedra, los paisajes y la cerámica.
La Puerta de la Divina Proeza, que da al norte y antes llamada Puerta del Agua, está señalada con la palabra "Exit", pero todo el mundo se resiste a abandonar un lugar donde la creatividad fue capaz de fabricar tambores de piedra y hacerlos sonar, dragones sólidos a punto de elevarse y tallas de mármol capaces de emocionar.
En síntesis, más de 550 años de historia que conservan, a pesar de destrozos, ampliaciones y reconstrucciones, el diseño original, aquel que pensaron los poderosos para ser más felices, mientras los súbditos se sacrificaban para hacerlo posible.
Daniel Molini .
La mayoría de los operadores turísticos que ofrecen sus servicios en China dedican a su capital tres o cuatro días. De la misma forma, y sin mentir, podría afirmarse que ese tiempo es igual de suficiente que escaso. Son tantas las cosas que Pekín ofrece que es obligatorio cumplir el primer mandamiento del viajero: priorizar.
Sólo de esa manera se podrá llegar a ver el Palacio de Verano, participar como espectador en alguna función de la Ópera China, degustar el pato laqueado, visitar algún hutong o barrio característico, la Gran Muralla y las Trece Tumbas de la dinastía Ming.
El Palacio de Verano, situado a las afueras, sufrió muchas destrucciones y reconstrucciones a lo largo de su historia. Diseñado como residencia temporal durante la dinastía Qing, llegó a conocer el esplendor, recibiendo el nombre de Jardín de Aguas Rizadas.
Guerras e invasiones lo transformaron en cenizas a mediados del siglo XIX, siendo restaurado en 1888 por la emperatriz Ci Xi, quien no tuvo complejos a la hora de distraer recursos del estado para satisfacer sus propios sentidos.
Está erigido sobre la Colina de la Longevidad, y los visitantes pueden llegar caminando o a través del Lago Kunming, a bordo de lanchas disfrazadas de dragones.
El palacio está repleto de salas, pagodas, glorietas y monumentos. Destacan la Sala de la Bondad, el Jardín de la Armonía y la Virtud, una galería impresionante de madera, de más de 700 metros de largo, toda ella pintada con imágenes reveladoras de hechos míticos o históricos, y un Barco de Mármol, que a pesar de su solidez parece ligero y estar flotando.
El Tingliguan, que podría traducirse como Sala para escuchar a las Oropéndolas, era un teatro donde se representaban funciones musicales. Hoy se reciben en él a las autoridades internacionales y consta de un restaurante selecto. Su nombre delata que en la antigüedad se comparaba la voz de los cantantes con el trino de las aves, una fórmula poética de llamar al canto.
Puente de 17 Ojos, jardines dentro de otros jardines para hacerlos Armoniosos, isla y mucha arquitectura tradicional completan un enclave arrebatador e imprescindible.
Desde allí hasta el monte Badaling, donde se alza un sector de la Gran Muralla, hay sólo unas decenas de kilómetros. El camino se acorta rápidamente a través de vías rápidas, y se llega a un cartel espantoso, anclado en una montaña al estilo de Hollywood, que promociona: La Gran Muralla, una de las grandes maravillas del mundo
Los libros describen la beligerancia de los antiguos Reinos Combatientes, allá por los siglos VII y VI antes de Cristo, cuando los hunos y sus ataques, así como los de ciertos príncipes con ansias expansivas, hicieron necesaria la construcción de defensas.
En el siglo III a.C. cuando China se unificó gracias al primer emperador de la dinastía Qin, comenzaron a vincularse todas las murallas levantadas. Qin Shi Huang, pasó a la posteridad como iniciador de una obra que costó vidas, siglos y millones de campesinos forzados a construir.
La gran defensa atraviesa seis provincias. Más de 6000 kilómetros de piedras conformando muros, miradores, almenas, fortalezas y torres; dispuestas en lugares imposibles, entre precipicios y barrancos, a favor y en contra de la naturaleza. En la zona de Badaling la muralla tiene de 7 a 8 metros de altura y entre 5 y 6 de ancho en la base. Es difícil encontrar un resquicio donde no haya gente, ocupados todos en subir escalones, porque como dice un refrán local: No se consigue ser héroe hasta que asciende a la Gran Muralla.
Tras la excursión, ya de regreso a la ciudad, se puede pasar por las Trece Tumbas de la Dinastía Ming, mausoleo imperial dedicado a la estirpe que rigió China desde mediados del XIV hasta el siglo XVII. En el predio, enorme, donde se mezcla la vegetación con esculturas, están sepultados 13 de los 16 emperadores de la dinastía Ming.
Lo más bonito del recinto es el Camino Sagrado, que lo divide axialmente, adornado cada pocos metros con obras que representan animales fantásticos, todos distintos, todos fieros, rotundos, ideales para cumplir la función de custodiar la memoria de lo que allí se guarda.
Impensable marcharnos de Pekín sin haber recorrido antes un hutong, calle típica y antigua que enriquece a la parte vetusta de la ciudad.
El nombre, llegado desde Mongolia, significa callejón. Casi todos sin aceras, limitados por casas que se resisten a la piqueta y a la furia constructora de la China moderna.
Todas son antiguas, y conservan la disposición de patios y dormitorios ordenados según las preeminencias dentro de la familia, al socaire de costumbres centenarias. La habitación que dar al norte y el primer patio son para el jefe de la familia, el segundo para los huéspedes, al igual que el dormitorio que mira sur. El del este para el hijo mayor, y el del oeste para el hijo menor. El entorno parece salido de lecturas o películas, con luminarias que parecen luciérnagas, jaulas minúsculas para grillos, pajaritos, muchas flores y luz.
El señor Li, nuestro anfitrión, nos explicó cosas de su vida cotidiana, de las horas que canta la Torre del Tambor, o la Torre de La Campana, del valor que tiene para el barrio para los mayores, a diferencia de los jóvenes que lo abandonan porque prefieren vivir en pisos.
Con la sonrisa del agradecimiento en los labios nos marchamos, porque todavía nos queda la Ópera, la seda, la caligrafía, el Templo del Cielo. En realidad nos quedan muchas cosas , nos queda volver.
Daniel Molini .
Abandonamos en la capital de China las obras
y tesoros de la dinastía Ming y Qing, aunque una minúscula
parte se trasladó con nosotros alojada en la memoria.
Nuestro próximo destino, también pródigo
en riquezas, no quedaba muy lejos, apenas hora y poco de cómodo
vuelo.
En el avión nos acompañaba una nativa de
Xian, hablando de su pueblo, sus saberes y costumbres, mantenidas
más de mil años desde el primer emperador de la dinastía Tang,
Llegamos a destino pasadas las 18 horas, con
el objeto de demostrar que una tarde de curiosidad, en un grupo
motivado, puede dar mucho de sí. En nuestro caso, ambas
curiosidad y motivación- eran muchas, por eso nos
desplazamos desde el mismo aeropuerto hasta el centro, y de allí
a vivir un espectáculo de luces y colores en un teatro donde la
voz humana se exhibe con ostentación y los sonidos que escapan
de instrumentos antiquísimos conmocionan los sentidos.
El laureado flautista Gao Ming, empeñado en
imitar el pentagrama de la creación, transformó su trabajo en
un muestrario de trinos que remedaban mil aves virtuosas, que
parecían volar en el escenario, sin asustarse, ni siquiera
cuando estalló un aplauso que no cesaba.
Era la mismísima tradición la que se
mostraba al público. Cantos, bailes, escenografía y música
ejecutada y ofrecida de la misma forma en que se creó, en siglos
jóvenes, cuando Xian estaba impregnada de grandiosidad cultural.
A pesar de murallas, pagodas, templos y de
todo el arte que se expone en Xian, muchos visitantes que llegan
lo hacen convocados por un ejército, que acampa para la
posteridad a 35 kilómetros, en un lugar de la provincia de
Shaanxi.
Es allí donde se exhiben los célebres
guerreros de terracota, en instalaciones construidas ex profeso
en el lugar donde fueron hallados.
Todo comenzó en marzo de 1974, cuando unos
campesinos excavaban un pozo cerca del monte Li. El señor Yan,
protagonista del acontecimiento ya que era uno de esos labradores,
lo certifica firmando ejemplares del libro que narra los hechos
en una tienda anexa. Convertido en personaje famoso se
oculta detrás de un abanico para no salir en las fotos.
De pronto comenzaron a aparecer en el
hoyo restos de barro cocido. Las leyendas aseguraban
que en esa zona estaba enterrado el primer emperador de la China,
el mismo que 200 años antes de Cristo impulsó la Gran Muralla,
unificó el imperio, simplificó la escritura, adoptó un patrón
para pesos y medidas y dividió el país en provincias y
municipios: Qin Shi Huang, el hijo del cielo, o del infierno,
pues también masacró enemigos, los enterró vivos, quemó
libros, persiguió a los seguidores de Confucio y utilizó a 720.000
trabajadores esclavos para la construcción de su mausoleo.
Pocos imaginaban que aquella primera pieza
de terracota sería la avanzadilla de muchísimas más, que
fueron ensambladas con paciencia infinita para constituir una
muestra digna de pertenecer al Patrimonio de la Humanidad.
Las figuras, que ilustran la panoplia
militar de la época, fueron creadas a tamaño real, desde los
oficiales más eminentes hasta los últimos soldados. Bigotes,
barrigas y sombreros en jefes de aspecto amenazante, ropas más
austeras y delgadez en los subordinados; jóvenes unos, mayores
otros, todos con caras y expresiones diferentes.
Batallones de arqueros, lanceros y jinetes;
caballos, ruedas y carruajes, dispuestos en tres fosas, de las
cuales la mayor es la Número Uno, donde están formados más de
6000 guerreros, conservados durante centurias debajo de campos de
labranza.
La pedagogía ocupa un capítulo importante
en el museo, una película ilustra el prodigio de las figuras, el
modo en que fueron moldeadas, la forma en que se cocieron, el
tiempo que los artesanos demoraron en hacerlas, los motivos por
los que fueron instaladas bajo tierra, y las razones de su
destrucción y posterior abandono cuando en 206 a.C. el general
rebelde Xiang Yu saqueó la capital del imperio Qin y las fosas
fueron incendiadas
En la Fosa Número Dos, mucho menos
grandiosa, se puede apreciar el estado en que los arqueólogos
encontraron el monumento funerario. Miles de trocitos de torsos,
brazos, y cabezas esperan el momento de sumar volúmenes para
convertirse en cuerpos íntegros o armas. Esta sala es la última
que se abrió al público, y en ella trabajan expertos alemanes
colaborando en un proyecto que parece imposible: recuperar algo
de los colores originales verde, rojo y púrpura o evitar que
terminen desapareciendo los pocos que quedan.
En un hall bastante moderno, a modo de
antesala de este recinto, se exhiben guerreros protegidos detrás
de cristales, permitiendo a los visitantes mirar de cerca caras,
gestos, atuendos y armas que en un tiempo fueron arcilla.
Considerado por la propaganda oficial como
la Octava Maravilla del Mundo Antiguo, el museo ha recibido más
de 40 millones de visitantes en 20 años, que pueden ver solo una
ínfima parte del enorme mausoleo que cada día alumbra nuevos
tesoros.
De nuevo la propaganda oficial: Grande
fue la civilización que creó estos guerreros, pero también
grande la que hizo posible su restauración.
En Chongquing o Chongoing o Chungking,
según desde que latitud se escriba o lea el nombre de la ciudad,
tuvimos el primer contacto con el río Yangtze, que a
fuerza de ser sincero- no resultó tan impresionante como
esperábamos.
Las expectativas, cuando son muchas,
acostumbran traicionar y en este caso lo que se presentaba ante
nuestros ojos no se correspondía con la imagen grabada en la
imaginación, esculpida en clases de geografía, cuando la
escuela primaria nos enseña lo que algún día se podrá
ascender, caminar o navegar.
El Yangtze, sin ser el más ancho, ni el
más caudaloso, postergado en longitud por sus primos Nilo y
Amazonas, parecía el más exótico, cualidad que nuestra mente
de niño privilegiaba.
No obstante, y para ser justos, quizás el
problema no estuviese en el cauce o sus reflejos, sino en los
nuestros, cansados después de horas de viaje, primero en avión
desde Xian, luego en autobús hasta el jardín zoológico, donde
crecen y se dejan fotografiar una decena de osos pandas, y
finalmente andando sobre un muelle primitivo, al final del cual
esperaba el barco que nos ayudaría a remontarlo.
Ya tendría tiempo el río para demostrarnos
que nuestros prejuicios eran absurdos; tiempo y más de 2000
kilómetros de los 6397 que acumula, atravesando 11 provincias,
humedeciendo los nombres de 185 ciudades y posibilitando el riego
de más de 3 millones de hectáreas, casi el 25 por ciento de
todo los terrenos de cultivo de China.
Anclados en el muelle, frente a la gran
ciudad, no sabíamos que el nivel del agua en ese punto varía 30
metros según las estaciones. Nuestro observatorio no podía ser
mejor, a tiro de piedra de la tierra que nos había mostrado un
cicerone exultante, ejemplificando como lo que es grande puede
convertirse en grandísimo y lo grandísimo mutar a enorme.
Habitada por 6 millones de personas tiene a
su alrededor distritos suficientes como para albergar a 30
millones más, y de hecho lo hace, por algo China es el país
más populoso del mundo y Chongquin, que se pronuncia Chonchin,
una de sus ciudades más grande, convertida en una especie de
estado independiente, que sólo rinde cuentas al
gobierno central.
Las primeras referencias que escuchan los
visitantes tratan sobre niebla y montañas, glosadas por poetas y
reseñada por la gente común.
No hay que hacer ningún esfuerzo para
descubrirlas, a la niebla porque forma una sombrilla gigantesca
donde se mezclan humedad y contaminación, y a las montañas
porque son tantas que imposibilitan a los vecinos una práctica
común en el resto del territorio: desplazarse en bicicleta.
Con una historia milenaria la ciudad
alcanzó celebridad durante la Segunda Guerra Mundial, cuando fue
nombrada capital provisional de la China. Los japoneses la
dañaron seriamente, y sólo los inviernos largos y muy nublados
impidieron que los bombardeos que eran implacables-
terminaran por destruirla.
Las conflagraciones, revueltas y política
en general, con el tiempo suelen ser utilizadas como reclamos
históricos. De allí que las guías mencionen el lugar donde
estaba acantonada la escuadra americana de Los Tigres
Voladores durante la contienda, o el sitio en el que Mao
Zedong y Chiang Kai-Sek discutían la mejor forma en no
ponerse de acuerdo, para iniciar las luchas fratricidas que
librarían comunistas y nacionalistas.
Tras decenios de paz Chongquin se
transformó en un polo industrial formidable y, aunque parezca un
contrasentido, en destino turístico.
La culpa de esto último la tienen Las
Tres Gargantas del río Yangtze, un prodigio natural
situado a menos de un día de navegación a punto de desaparecer,
en el momento en que la gigantesca represa del mismo nombre
concluya el cometido para la que fue diseñada: anegar una
superficie estratosférica.
De allí nuestra presencia y la de muchos
turistas en la capital de la comida picante:
embarcar hacia las Tres
Gargantas antes de que las aguas las transformen en
recuerdos. Los nativos lo saben, y aprovechan para mostrar sus
glorias: zoológico, bambú, animales entrañables, y el modo de
convertir niebla y montañas en paisajes para llevar puesto,
gracias a artistas de la seda, la tinta y el papel.
En todas las calles lo viejo se entrevera
con lo nuevo y las ganas de bajar con la necesidad de subir. Los
puentes, pasarelas y escaleras están condenados a dibujar una
geometría inusual, vinculando trenes con obras en construcción
y casas a punto de ser demolidas, conformando un paisaje urbano
que parece salido de una mente febril. La temperatura contagia a
una actividad que no cesa, la industria y el comercio igualan a
trabajadores del extrarradio con campesinos que portan canastos
de mimbre, mientras los consumidores descansan en cuclillas tras
el ajetreo, en una posición imposible de sostener por un
occidental más de cinco minutos.
Situada en el centro de la China, a
Daniel Molini
176 kilómetros de río Yangtze, traducidos
en unas cuantas horas de navegación tranquila corriente abajo,
separan la capital Chongquin de otra referencia de la provincia:
Fengdu, conocida como la Ciudad de los Fantasmas.
La travesía constituye una experiencia
interesante, viendo discurrir el agua entre valles y montañas
que de pronto se hacen gargantas, dejando atrás bosques y mil
construcciones, antiguas, nuevas, bajas, altísimas, puentes
recién inaugurados, otros a punto de colapsar, fábricas y
usinas que surgen de la nada.
Es difícil abstraerse de la niebla y de los
vecinos de tráfico fluvial: barcos turísticos camuflados de
dragones, otros de pesca con velas artesanales y lanchones de
carga, todos iguales, que transportan carbón, mucho, tapados con
lonas cuyos bordes parecen encogidos, permitiendo ver el destino
de la materia prima: convertirse en humo.
La fama de la Ciudad de los
Fantasmas le viene de antiguo, concretamente de la
dinastía Han, cuando dos oficiales de familias imperiales se
recluyeron en la zona como monjes taoístas, quizás porque allí
el mito encontró las virtudes fundamentales: silencio, paz y
tranquilidad.
Más tarde ambos alcanzaron la inmortalidad
y unieron sus nombres Yin que significa infierno o submundo-
y Wang, -rey-, quedando bautizado el nuevo ser híbrido como Yin-Wang
o Rey del Infierno.
Durante la dinastía Tang se edificaron
templos y alzaron tallas y estatuas con el objeto de honrarlo
donde vivía, en la cima del monte Mingshan, uno de los pocos
puntos que va a quedar seco cuando el proyecto de
Este futuro planea en la ciudad nueva,
erigida en la ribera opuesta a la del Fengdu antiguo,
prácticamente desaparecido bajo la grandísima crecida que
supone el mayor proyecto hidroeléctrico del planeta.
Construido con urgencia, el centro alberga
miles de habitantes que parecen mirar con nostalgia lo que
perdieron, viviendo en edificios que a pesar de estar recién
habilitados lucen señas de abandono y secuelas de una mala
construcción.
Casi todos parecidos: varias plantas,
ventanas desnudas y en los bajos una especie de garaje o
depósito donde se almacenan objetos variopintos, desde sandías
y colchones hasta chatarra y comida.
Se nota la pobreza, también el origen
campesino de personas obligadas a transformarse en urbanitas,
desorientados entre turistas que generalmente multiplican con sus
exigencias las necesidades.
Muchísimos tesoros artísticos y culturales
han tenido que se cambiados de sitio ante el avance de las aguas,
otros quedaron desaparecidos para siempre.
Por suerte, hace un par de años apareció
una nueva atracción en forma de cueva natural, la misma que
convoca a visitantes que pasan como una exhalación entre los
nativos que esperan recibir algo a cambio de las chucherías que
anuncian en el idioma que hablan los gestos.
40 minutos de paisaje estupendo, de China
agreste, montañosa y rural, separan la nueva ciudad de Fengdu y
su muelle de ese ofrecimiento generoso de la naturaleza.
Descubiertas hace un par de años: la
Snow Jade Carve, es una enorme caverna labrada en las
entrañas de un monte. Allí las estalactitas y estalagmitas
dibujan formas inimaginables y otras que sugieren objetos.
El fenómeno geológico, al que se accede
desde el año 2003, tiene tres niveles que llegan a una
profundidad de 60 metros. El recorrido está lleno de luces,
corrientes de aguas, brillos y laberintos que confieren una
atmósfera singular, gracias a un blanco inmaculado que alterna
con ocres, verdes y azules. El visitante agradece el espectáculo,
porque de alguna manera amortiza o justifica el viaje
desde tan lejos.
Siglos de erosión consiguieron hacer de
calizas convencionales piedras con formas increíbles, mientras
los sedimentos tallan esculturas en especies de altares que
simulan ser de jade.
La propaganda de los responsables
turísticos aprovechan los atractivos nuevos y también aquellos
que les quedan: No existe otra ciudad en el mundo como
Fengdu, en la provincia de Chongquing. Todo aquel que la menciona
habla de fantasmas, de sus nacimientos, familias y prosperidad.
Incluida en el listado de los sitios chinos más destacados para
visitar está considerada la perla más brillante de la zona de
las Tres Gargantas.
Todo eso es lo que revela la versión
oficial, la real mezcla naturaleza con poco respeto hacia el
medio ambiente, ríos fabulosos y bosques de piedras
pervertidas por fábricas de cemento que quiebran el
horizonte con chimeneas, nubes negras y desechos.
No parece el entorno actual el mismo que
encontraban celebridades, hombres de letras y peregrinos, cuando
cantaban la mística y la atmósfera especial que envolvía a
todo el paraje, probablemente desaparecidas para siempre por
culpa del progreso.
Daniel Molini
Wushan y las
Tres Gargantas del Yangtze
Cuenta la historia que el poeta y patriota
Qu Yuan, tras su injusta caída en desgracia y el posterior
exilio impuesto por el rey, vagaba por la ribera del río Yangtze,
en la zona de las Tres Gargantas.
Cuando las aguas del río corren
limpias, lavo mi gorra; cuando bajan turbias, me lavo los pies"
cantaba antes del suicidio, amargado por la invasión de su
tierra y la suma de sus impotencias.
A pesar de que transcurrieron más de 2000
años de su muerte todavía se le recuerda en Qutang, Wu o Xiling,
que son los nombres que reciben los tres segmentos más célebres
del río Yangtze, allí donde el paisaje se transforma en
desfiladero y el agua transcurre entre montañas desgarradas: las
Tres Gargantas.
La primera de todas y la más corta -casi 8
kilómetros de largo - es Qutang, situada entre las provincias de
Sichuan y Hubei. Bastante estrecha alcanza alturas que superan
los 150 metros.
La segunda es Wu, con una longitud de 42
kilómetros, que concluye en el distrito de Wushan, justo en el
punto donde suelen comenzar la mayoría de las excursiones.
Situada en la confluencia del Yangtze con su
tributario Daning, la ciudad recibe a los visitantes, que llegan
con prisas por ver a un fenómeno natural a punto de desaparecer
bajo las aguas, como han desaparecido ya partes antiguas de la
cultura Wu, fósiles, y muchas viviendas.
Su nombre es
reconocido porque en una de las orillas se halla la montaña de
Wushan, alta como el cielo. Cuando el barco comienza
la navegación los viajeros parecen sumergirse en el paisaje,
como un elemento más de la escenografía que retrata la China
tradicional, donde la niebla y las nubes son protagonistas.
Agua y reflejos por debajo, grandes piedras
a los costados que renuevan sus volúmenes a cada metro,
vegetación y cielo constituyen la oferta principal para los
sentidos, que se complementan con algunos campos de cultivo,
cuevas transformadas en tumbas, inscripciones antiquísimas que
las señalan, y elementos que delatan la presencia humana en
algún rincón: redes de pesca y humo.
Algunos monos saltan en las orillas,
ignorantes de que su hábitat acabará, salvo las partes más
altas, bajo las aguas, cuando el proyecto hidroeléctrico más
grande del mundo firme el ya está listo, para lo que
falta muy poco.
A lo largo de un curso zigzagueante las
vistas compiten en belleza, que alcanza su esplendor en los
denominados 12 picos, nacidos según la tradición gracias a
dioses tan generosos como implacables.
Cuenta la leyenda que en tiempos muy remotos
existían doce dragones que desataban sus furias contra la
naturaleza, provocando desastres. Un día, la hija menor de la
Diosa Madre del Palacio del Cielo, convenció a sus hermanas (11),
que debían hacer algo. Y lo hicieron, primero derrotaron a los
furiosos, luego ayudaron a dragar el lecho del río para evitar
inundaciones, creando así las gargantas. Tanto les gustó
lo conseguido que ninguna quiso regresar al Palacio del Cielo,
por eso el dios supremo las castigó convirtiéndolas en doce
cimas, que custodian ambas orillas del río. El más alto se
llama el pico de la Diosa y evoca a Yaoji, aquella hija menor que
un día quiso multiplicar su trascendencia.
La tercera garganta es Xiling, la más
estrecha y larga, limitada por formaciones que imponen su
presencia quieta gracias a una cercanía que se podría tocar.
Desde ella se abren, a su vez, una serie de desfiladeros más
pequeños de nombres curiosos, que mezclan animales, armas y
regiones anatómicas.
Muchas vidas se perdieron por culpa de la
navegación en estas segmentos serpenteantes que suman más de 70
kilómetros, en donde las aguas se arremolinaban y las corriente
hacían necesaria la ayuda de remolcadores de carne y
hueso, quienes desde la costa arrastraban los navíos con cuerdas
atadas a sus cuerpos desnudos.
Cientos de siglos de costumbres, tradiciones
y hechos culturales pronto se convertirán en recuerdos
sumergidos, porque el cauce ya ha subido más de 70 metros,
ocultando la mitad inferior del cañón.
Tras el suicidio de Qu Yuan, nativo de esta
zona, la gente comenzó a tirar arroz al río, costumbre que
todavía se practica en determinados festivales, con el objeto de
que los peces sacien sus necesidades de alimentos sin tocar el
cuerpo del poeta, modelo de literato y patriota íntegro
convertido en figura nacional.
Aquel antecedente propició un homenaje
culinario: preparar el arroz y presentarlo envuelto en hojas de
bambú o atado entre dos medias cañas del mismo vegetal,
conformando un plato muy atractivo, que enseña sus entrañas
como si fuese un regalo, en el momento en que se le quitan las
cintas y los adornos.
Por culpa del dolor y la lejanía se
escribieron las mejores páginas de la zona de las Tres Gargantas,
allí donde la profundidad del desfiladero no permitía ver el
sol ni la luna más que en dos mágicos momentos, el medio día o
la media noche.
Mañana, desgraciadamente, lo único que
podrá verse es una especie de gran lago, y mucho más allá el
dique que lo fabricó.
Daniel Molini
Sandouping
y la Presa de las Tres Gargantas
Son tan impresionantes las cifras que se
manejan en torno al dique que la propaganda oficial no tiene
necesidad de camuflarlas, como hace con otros guarismos.
Quizás por esa razón, o porque los
informes se nutren de la misma fuente, los números con respecto
a esta infraestructura cantan en todos los idiomas siguiendo la
misma partitura, y su música es francamente estremecedora.
La obra, una muralla de concreto
impresionante, está situada en Sandouping, provincia de Hubei.
Su estructura le permite contener y almacenar billones de metros
cúbicos de agua, suficientes como para inundar 19 ciudades, 326
pueblos, 30000 hectáreas y desplazar de sus hogares a más de 1.000.000
de personas.
El curso del río, embalse arriba, está
terminando su cometido de anegar 600 kilómetros de laderas,
templos, casas, y siglos de cultura, en la zona de las Tres
Gargantas, una de las más bonitas y significativas del río
Yangtze.
Sólo el empuje de la necesidad, según el
decir de los gestores, hizo posible un sueño que parecía
irrealizable hace 20 años, transformando en realidad algo que no
pocos consideran una pesadilla por su efecto desconocido para el
medio ambiente.
Lo que sí se sabe es la barbaridad que
costó, millones y millones de dólares que van a permitir
controlar crecidas e inundaciones río abajo, así como la
navegación desde Chongquing o la capacidad de generar 20
megavatios de energía eléctrica, gracias a 26 turbinas
mastodónticas que podrían equipararse a 18 plantas nucleares.
Estas capacidades convierten a la
construcción en la segunda más importante de China tras la Gran
Muralla.
Iniciada en el año 1994 pesará, cuando
concluya dentro de escasos meses, el doble que la represa
brasileña de Itaupú, la más grande hasta este momento, y su
solidez permitirá soportar la energía liberada por una
explosión de 199.000 toneladas de TNT, o lo que es lo mismo, la
fuerza de un terremoto grado 7 de la escala Richter.
El complejo está instalado en el curso
inferior de las Tres Gargantas, en una parte del río dividido
por una isla. En el año 1997 se bloquearon 2/3 del curso y a
partir de ese momento el nivel de las aguas comenzó a ascender,
18 metros a finales de 1998, 52 metros en diciembre de 2003.
El tráfico de barcos se realiza a través
de esclusas y ascensores, estos últimos para los navíos más
pequeños. La diferencia de altura que deben salvar las
embarcaciones es tanta que son necesarios varios tramos para
atravesar las fronteras del dique.
El proyecto, muy promocionado por las
autoridades chinas, revela grandes hitos, como el señalado el
día 16 de junio de 2003, en que se permitió la navegación en
ambos sentidos a barcos de 10.000 toneladas, o el 24 del mismo
mes, cuando la primera turbina comenzó a generar energía
eléctrica.
Eso es lo positivo, lo otro, lo que no
figura en los catálogos, es que las obras dejaron sumergidos, en
torno a la montaña de Wu, lugares históricos y bellezas de gran
valor geológico.
En el centro del perímetro donde se
concentran los visitantes existe una placa de bronce agradeciendo
el esfuerzo y sacrificio de trabajadores, de gente desplazada de
sus orígenes, y de los habitantes originarios que potenciaron la
cultura y grandeza de las Tres Gargantas.
Lo firmó, el 15 de marzo de 2005, un
gobernante. Otros, como el mismísimo Mao, tan poderoso como poco
dotado para la lírica, lo habían precedido., consagrando con
palabras las bondades de esta zona del río y de sus pobladores.
Los turistas que llegan se asombran de las
magnitudes: 2335 metros de largo, 115 metros de ancho, 185 metros
de alto y un canal de esclusas de más de 6 kilómetros y 175
metros de profundidad.
La excavación removió tal cantidad de
tierra y piedra que si la expresáramos en un número asustaría
a fuerza de ceros, igual que la capacidad de almacenamiento de
agua o el peso del carbón que va a permitir ahorra la nueva
energía.
Los chinos no disimulan el orgullo cuando
describen los límites del complejo. Ese estado se torna en
soberbia cuando se hace información, la misma que se ofrece a
los curiosos con la supuesta intención de ilustrar.
El lugar elegido par la construcción
está en el centro de una gran superficie de granito, entre
Sandouping y Chiang, que mide 30 por 70 kilómetros. Si existiese
amenaza de guerra se abrirían todas las compuertas alcanzándose
rápidamente el nivel de seguridad. Además, la estructura
resistiría los ataques con armas convencionales y China es un
país que ama la paz.
Los párrafos continúan
tranquilizando pues ante eventualidades desgraciadas,
como un ataque nuclear, tendrían tiempo suficiente para afrontar
las consecuencias, ya estudiadas por el Ministro de Recursos
Hídricos. Además, presa abajo, existe un valle de 20
kilómetros que serviría como escalón para reducir la velocidad
del flujo.
El pasquín concluye: Pero lo mas
importante; nuestro país es una potencia nuclear de las grandes,
tenemos misiles, tecnología y múltiples cabezas apuntando a
posibles enemigos. Ellos evitarán atacar la presa.
Daniel Molini
De no ser por una escuelita de nombre poco
chino, patrocinada por una compañía naviera norteamericana que
se dedica a hacer cruceros por el río Yangtzé, probablemente
nunca hubiésemos llegado a Jingzhou.
Construida a pocos kilómetros de la urbe,
en un trozo de suburbio que se llama Guanyindang, el colegio se
visita casi obligadamente- durante las escalas que hacen
los barcos en sus travesías fluviales.
Uno, que en vez de leer las promociones
suele interesarse por los destinos, estaba dispuesto por una vez
a sacar punta a la propaganda: Paisajes, montañas, ríos,
tumbas antiguas, templos taoístas, pagodas, templos budistas y
mucha historia hacen de Jingzhou un punto turísticos atractivo.
Pero estaba visto que eso debía esperar,
porque la visita prevista por el operador era la escuela. Los
estadounidenses, avisados en origen del cometido
solidario de su compañía de bandera, llegaron a la
zona con bolígrafos, reglas, cuadernos y grapadoras, dispuestos
a sorprender a los niños con regalos a cambio de una
función que repiten cada vez que llega el
auspiciante, como si la solidaridad fuese un espectáculo.
Los pocos españoles que estábamos a bordo
no sabíamos nada del asunto y como tampoco coincidíamos con esa
forma de proteger a los débiles, nos negamos a participar.
Pero no fue fácil, antes tuvimos que firmar
un documento aceptando responsabilidades por nuestra osadía de
abandonar al grupo, asumiendo lo que nos pudiese ocurrir si nos
quedábamos solos en la ciudad.
Después de garabatear el papelucho de
marras y ver la sonrisa que se les dibujaba a unos cuantos
residentes al ver que nos alejábamos de los autobuses, supimos
que aquel sería un día de descubrimientos.
Contratamos a tres taxistas a fuerza de
gestos y silencios, imponiendo un solo límite: la hora del
regreso. Ellos fueron los encargados de mostrarnos los rincones
del pueblo, los bonitos y los feos, los nuevos y los viejos, los
famosos y los olvidados, y también aquellos que solo son
caminados por los nativos, como el mercado o una iglesia
católica donde Jesús crucificado sufre con semblante chino y
piel amarilla.
Los tres taxistas, siempre con el mismo
gesto amable que parecía preguntar ¿contentos?, se convirtieron
en tutores, esperándose cuando el tráfico se ponía espeso o
esperándonos cuando alguno de nosotros se demoraba, demostrando
a los desconfiados especialistas del imperio que todavía queda
gente buena en todas partes.
Poco más de medio día y una antigua
capital por descubrir. En las calles el caos se daba la mano con
la tradición: carros, coches, autobuses, peatones y el milagro
de las bocinas, poderosas y multiplicadas, que conseguían abrir
pequeños espacios por donde circular.
Nuestros guías tenían la brújula
sincronizada en la parte antigua, y hacia ella fuimos para ver la
Muralla, la Puerta del Este y el Parque.
Nos dejaron justo enfrente de una cartel que
explicaba lo que se abría ante nuestros ojos, el
magnífico Parque de Jingzhou, un espléndido ejemplo de la
cultura de los Tres Reinos, en que los estados Shu, Wu y Wei
lucharon por el control de China tras la caída de la dinastía
Han. El conjunto ofrece
Tiempo tendríamos para descubrir los
prodigios que aquella civilización hacía con el jade, la
cerámica o la seda, nuestros objetivos inmediatos eran la Puerta
del Este y la Torre del Reloj, Inhin y Binyang, enorme esta
última.
Precisamente desde este lugar se aprecia una
perspectiva única, espacios abiertos, verdes y cielo si miramos
hacia un lado; techos seculares, con el color que adquiere el
tiempo cuando se hace viejo si lo hacemos hacia el otro, poniendo
de acuerdo el paisaje con lo que aseguran los responsables del
gobierno que plantan letreros.
Si uno se abstiene de remilgos, y quiere
conocer de verdad como estallan los colores y los olores en la
cara de los occidentales, lo que se imponía tras el paseo por la
historia y los símbolos, era una visita al mercado, no a esos
abiertos a ojos admirados, sino adonde acude el pueblo a comprar
sus vituallas.
Nada para la humildad como pasar de objeto
observador a objeto observado, y provocar sonrisas por el
espectáculo de exotismo gratuito que se ofrece.
Si no hubiese mediado una escuelita se nos
habría perdido una ciudad donde se arremolinan 6 millones de
habitantes, donde se mezclan velas con luces de neón, techos que
se vuelan con puentes recién inaugurados, en síntesis, un
monumento de la contradicción, la misma que consigue turistas
para ver evolucionar a un curso escolar subvencionado por el
marketing.
Daniel Molini
Si uno mira cualquier mapa de China que
pinte con tonos distintos zonas fértiles, desiertos, montañas o
ríos, encontrará una hermosa mancha verde en la parte oriental,
que se extiende infatigable de norte a sur. Allí, casi en el
centro de la misma, se puede leer un nombre: Hunan.
El rótulo señala a una de las veintitantas
provincias del país, no muy grande para las dimensiones allí
acostumbradas, apenas 185.000 kilómetros cuadrados y
una población de 60 millones de habitantes, parámetros que
podrían acomplejar el de muchos estados con voz y voto en las
Naciones Unidas.
Pues bien, en el norte de dicha provincia,
casi en la frontera con Hubei, también teñida con los colores
verdes de arroz y azul de agua, aparece Yueyang, ciudad y puerto
sobre el río Yangtzé, cercana al lago Dongting, un enorme
espejo capaz de aumentar su superficie 10 veces en las épocas de
lluvias, gracias a los excedentes del gran río amarillo y otros
tributarios.
Hoy, con el control de las corrientes de la
gran Represa de las Tres Gargantas, las condiciones
hidrográficas están cambiando, pero el tamaño sigue siendo
gigantesco, tanto que su nombre contagia a las provincias
aledañas: Hubei y Hunan, etimológicamente Norte del
Lago y Sur del Lago.
Una leyenda en formato dragón habita el
fondo de ese mar dulce, del cual emerge Junshan, una isla cargada
de colinas donde se cultiva la variedad de té Silver Needle o
Aguja de Plata, con propiedades y sabores conocidos desde la
antigüedad.
La recolección de los brotes más tiernos
los únicos que se ajustan a los criterios de selección-se
efectúa en abril, y la cosecha puede pesarse en gramos pues las
hojitas son milimétricas.
La forma en que se prepara la infusión, y
todo el ceremonial hasta que aparece el color dorado con que se
tiñe el agua casi hirviendo al cabo de 3 minutos es una
experiencia interesante, lo mismo que constatar las hojas
flotando en posición vertical, remedando agujas que dan el
nombre al producto.
La Torre de Yueyang y el Pabellón son dos
referencias importantes, y ambos sirvieron como modelo de
inspiración a poetas y pintores.
Con una tradición de más de 2 mil años
ambos vieron transcurrir la historia a partir del período de los
Reinos Combatientes, cuando las invasiones entre los súbditos de
Ba y Chu eran la forma de resolver controversias.
Los caídos en las batallas fueron
enterrados en un lugar de privilegio, prácticamente el mismo
donde luego se emplazó el Pabellón, obra donde los contrastes
rojos y amarillos convierten techos o columnas en arte hecho
arquitectura.
Construido en madera, y con una superficie
de más de doscientos metros cuadrados, el Pabellón conserva
tres niveles, con aleros y voladizos que parecen diseñados para
salir planeando.
19 metros hacia arriba que asombran desde la
cota cero, gracias al soporte de cuatro pilares elaborados con
una precisión tal que hacen innecesarios clavos o cualquier otro
elemento metálico de fijación.
En el salón, conforme se ingresa al primer
piso, existe una muestra de tesoros arqueológicos y piezas de
valor. En la pared central del segundo piso cuelga un texto
escrito por el calígrafo Zhang Zhao sobre doce tablas de
sándalo. Se trata de 368 caracteres esculpidos que transcriben
una obra de Fan Zhongyan, literato de la dinastía Song, que
expresa entre otras cosas- consejos como los que un
presidente americano hizo célebre siglos después: No
pienses en lo que tu tierra puede hacer por ti sino en lo que tú
puedes hacer por tu tierra.
Al lado del pabellón principal está el
Quiosco del Ciruelo Divino, a la sombra de unos tilos preciosos.
Mientras los visitantes sacan fotos escuchan decires y
tradiciones que hablan de piedras, tallas, espiritualidad, y
sacerdotes taoístas, como Lu Dongbin, capaz de transformar las
virutas y astillas que generaban los carpinteros durante las
obras en peces que todavía hoy se pueden pescar en el lago.
Caminando hacia el este aparece la Torre,
una de las tres que servían para vigilar la parte sur del
Yangtzé, con antigüedad suficiente como para tutear a la
antigüedad.
Es una gloria viajar sin prisas desde el
río hacia las referencias o de las referencias hacia el río, a
través de caminos que atraviesan campos de cultivos que no se
agotan, verdadera despensa de la patria campesina que sobrevive
gracias a los regalos del arroz, té y trigo cuando los inviernos
lo permiten.
Yueyang, con más de cinco millones de
habitantes es la segunda ciudad de la provincia. La mayoría de
los que llegan, al ir o regresar de sus excursiones, pasan por
delante de sitios relacionados con la vida de Mao.
El Gran Timonel, personaje
célebre nativo en la zona, parece necesitar cualquier reseña
para que la gente mantenga su recuerdo. No obstante, y a pesar de
la omnipresencia, muchos preferirían empezar a olvidarlo.
Daniel Molini
La capital de la provincia de Hubei es
famosa por su museo arqueológico, que incluye una grandísima
colección de campanas de bronce y obras de arte encontradas en
la tumba del Marqués Zeng How Yi, quien hace 2400 años se
preparó para asumir la otra vida, la del más allá, como si
realmente fuese a volver a vivirla.
Es la ciudad más importante de una vasta
llanura, la de Jianghan, húmeda y fértil gracias a la
confluencia de los ríos Yangtzé y de su afluente Han.
Precisamente los cursos dividen a la ciudad en tres más
pequeñas: Wuchang, Hankou y Hanyang, siempre ligadas al agua,
siempre dependiendo de ella, para bien o para mal, porque no
pocas veces protagonizaron tragedias por culpa de inundaciones, a
punto hoy de ser controladas tras la construcción de la Presa de
las Tres Gargantas.
El área poblacional permite alojar a más
de 7 millones de habitantes, que convierten a la ciudad en uno de
los centros vitales del interior de la China.
Con más de 3000 años de historia se la
considera epicentro de la cultura Wu, que vio nacer y hacerse
grande a Confucio.
Antes de ser una sola metrópoli la capital
era Wuchang, significativa desde el punto de vista de episodios
contemporáneos, pues allí tuvo lugar en octubre de 1911 el
alzamiento revolucionario contra la dinastía Qing, hecho que
apresuró el fin del imperio y la proclamación de la República.
El dinamismo económico y la instalación de
muchas compañías extranjeras en las últimas décadas
convirtieron el área en una potencia económica, y su puerto,
declarado libre tras la Guerra del Opio en 1885, alcanzó cotas
de privilegio, siendo en este momento el segundo en registros y
movimientos de toda la China.
El Museo Histórico Provincial de Hubei,
fundado en 1953, tiene una colección de 7000 artículos
provenientes de la tumba mencionada en el encabezamiento, hallada
en el año 1978.